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Carlos Salas Silva                                                                                    

Me excuso por utilizar una muy bella palabra para titular una reflexión que va a caracterizarse por ser banal y nada poética como es tan frecuente si de lo que se trata es de temas políticos y más aún electorales. Vislumbres se refiere en una visión difusa de múltiples señales que apuntan a un posible desenlace sin certeza absoluta lo que sugiere una expectativa incierta, algo que se asoma pero que todavía no se define del todo. Dicho en el lenguaje político podría decirse que son señales, pistas, síntomas. Pero como quiero conservar cierta romántica visión de los procesos electorales -ni mis muchos años acompañados de continuas decepciones me han llevado al escepticismo total- persisto en llamar vislumbres lo que apenas se hace visible en un turbio paisaje politiquero, por demás, constituido por personajes con pocos méritos que absurdamente se consideran a la altura del compromiso de dirigir los destinos de decenas de millones de sus compatriotas como si fuese un juego de azar.

Por ahí escuché que hay cuarenta y siete precandidatos a la presidencia que competirán en menos de un año en las elecciones. Podrían, así mismo, ser cincuenta y siete u ochenta y siete o el número que sea, que después del mediocre, pretencioso y perverso que mal nos gobierna, cualquier pelafustán se sentiría muy horondo en el trono que, si Dios quiere, quedará disponible desde el 7 de agosto del año entrante, lo que es una eternidad o un instante.

Ya nos veremos escuchando el discurso de posesión con el que siempre se delatan aquellos que tuvieron la fortuna de ser los elegidos no solo por el pueblo sino también por la corrupta clase política, la corrupta registraduría y por las mafias criminales. Lo anterior no se vislumbra siendo tan visible que enceguece. Lo que vislumbro es una luz de esperanza que no tiene mayor sustento porque si me ponen a escoger entre los precandidatos no me quedo con ninguno.

Ya se está haciendo tarde para que aparezca el que hasta ahora es tan solo un fantasma para mí como para muchos compatriotas que guardamos la fe en que Colombia, un país que ha sobrevivido a tanto infortunio ya tenga el derecho de hacerse grande. Si el mismo Trump se postuló a la presidencia con el lema de hacer grande a América de nuevo, siendo su país grande en sí mismo y si lo comparamos con el nuestro, inmenso, gigantesco ¿por qué nos negamos esa posibilidad contando con tantos recursos en todos los campos? ¿Qué tara venimos arrastrando desde hace décadas que nos inhabilita a la grandeza? No necesitamos ser grande entre los grandes, con solo que seamos grandes entre los pequeños me sentiría feliz.

Hablar como Bukele es hablar con grandeza ¿se puede derrotar al crimen? Claro que sí. O como Milei ¿se puede tener una economía sólida luego de años de quiebra continua? Claro que sí. Ellos han puesto la barra alta y no será con un presidente elegido entre candidatos de poca monta que vamos a superarla. Para ser grandes se necesita un líder con una visión de grandeza. Ya estamos curados de aquellos que prometen que el crimen no paga y no pone espejo retrovisor sabiendo muy bien que su antecesor se había robado toda una bonanza petrolera, lo que son muchos miles de millones de dólares, o de quienes convirtieron acuerdos de paz en una maquinaria de lavado de activos monumental. Y qué decir de aquellos que comprometen al país a procesos que terminan fortaleciendo a los narcoterroristas. Quienes se han atrevido a proponer su nombre como candidatos tienen una inmensa responsabilidad que pareciera importarles poco. Como jugando a la ruleta colocan su ficha. Siendo tan difícil ganar con y treinta y ocho números, del 1 al 36 más el 0 y el 00 ¿cómo será si son cuarenta y siete con tendencia a subir?

¿Qué se vislumbra en el horizonte? Hasta ahora una sombra muy difusa.

Publicado en Columnistas Nacionales

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