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Trump no puede ayudar a Putin a triunfar en Ucrania Destacado

Eduardo Mackenzie                                                                      

No puedo admitir que Putin logre triunfar en Ucrania gracias a Donald Trump. Putin y las fuerzas armadas de Rusia, iniciadoras de la guerra de agresión a Ucrania, han sufrido un enorme desgaste económico y militar gracias a la resistencia heroica del gobierno y del pueblo ucraniano. Hace dos días, Putin festejaba con sus generales como si él hubiera logrado el fin de los combates y ganado la guerra contra Ucrania.

Kiev, al impedir durante estos tres años (trece en realidad desde el comienzo de la guerra en el Donbass) la destrucción de la nación ucraniana y la reabsorción de ese inmenso territorio se convirtió, de hecho, en defensor de Europa contra la barbarie rusa y en una esperanza de liberación del pueblo ruso de una tiranía criminal. Como lo dijo Borys Tarasyuk, el representante de Ucrania ante el Consejo de Europa: “Ucrania está luchando no sólo por su supervivencia, sino también por el futuro de Europa, por los derechos humanos, la democracia y el Estado de derecho”.

Las declaraciones del 21 de febrero del presidente Donald Trump en las que intenta sacar de las negociaciones de paz a Europa y a Zelenski reprochándole al presidente de Ucrania no haber hecho “lo suficiente” para “ponerle fin a la guerra”, como si ésta hubiera sido preparada y lanzada por Ucrania y no por Rusia, es insoportable y deja a Trump en una posición de sometimiento a la doctrina Putin sobre su guerra a Ucrania y a los países que apoyan militar y diplomáticamente a Ucrania.

Ese día, en entrevista con Brian Kilmeade, de Fox News, Trump no fue capaz de decir que Putin había negado la existencia de Ucrania como país independiente y desatado la guerra injustificable contra Ucrania y ser el responsable de las masivas matanzas y destrucciones contra la población y a las infraestructuras de ese país.

Trump puso en el mismo plano a Putin, a Zelensky y a Joe Biden. Dijo que los dos últimos no habían comunicado bien con Putin para que éste suspendiera sus planes de invasión. Trump reiteró que ellos dos “podrían haber disuadido a Putin tan fácilmente, pero no sabían hablar […]”. El adjetivo “fácilmente” revela que Trump, a pesar de su gran inteligencia, analiza el caso Putin de manera inquietante.

Soy de los que vieron con entusiasmo la segunda elección de Trump.  No obstante, su postura frente a Ucrania me causa escalofríos. Trump ha incurrido en un error inmenso, que él debería corregir, ojalá pronto, si no quiere hundir definitivamente a su propio país, Estados Unidos, y a Europa, en una vasta y colosal crisis en donde rusos y chinos, en alianza tenaz contra los valores e instituciones de occidente, ganarán la hegemonía en los cinco continentes por mucho tiempo.

Si Rusia sale triunfadora gracias a las presiones anti-Ucrania de Trump --lo que implica que podrá contar con la reanudación del comercio y de las exportaciones tecnológicas de Estados Unidos, y controlar el enorme territorio y el aparato militar actual de Ucrania, dotado de armas occidentales--, Putin podría reafirmarse en su cargo, rearmarse y readquirir la superioridad militar sobre China, como hasta comienzos de los años 1980. Y magnificar sus apetitos revanchistas contra Europa. En consecuencia, los peligros para el Viejo Continente se extenderían a la América Latina: las dictaduras comunistas de Cuba, Venezuela, Nicaragua y el Brasil de Lula, serán reforzadas y las débiles democracias del vecindario caerán, una a una, bajo la férula de ese eje del mal. Sin hablar de la suerte que correrán los focos de tensión de hoy en Taiwán, en Filipinas, en el Océano Pacífico y en África.

Un indicio de lo que podría ser una línea trumpista ante las tiranías de Latinoamérica es observable desde ya. Durante la visita reciente de Richard Grenell, enviado especial de Trump para Venezuela, Grenell se reunió con Nicolás Maduro el 31 de enero y pudo regresar a Washington con los seis norteamericanos que Caracas retenía. Granell dijo que Maduro le presentó una serie de exigencias a cambio de esa liberación pero que él, Grenell, no le había cedido en nada.

Es cierto, Venezuela aceptó que Estados Unidos deporte a los inmigrantes ilegales, especialmente a los miembros de la banda criminal el Tren de Aragua, y pagar los gastos de viaje de los deportados. Sin embargo, el presidente venezolano electo, Edmundo González Urrutia, sigue en el exilio y Maduro sigue en el poder. Lógico. Grenell le había asegurado a Maduro que “el presidente Trump tiene poco interés en trabajar en cambios de regímenes en el mundo”.

Si bien aplaudo y suscribo cada frase del discurso en Múnich de JD Vance sobre la libertad de expresión y la soberanía de los pueblos, no puedo decir lo mismo de la doctrina Trump sobre Ucrania. De hecho, esas declaraciones absurdas y brutales sobre Zelensky “no electo”, y sobre cómo alcanzar la paz con Rusia, son una repetición de las fórmulas del líder ruso y crean, de hecho, un eje diabólico, por ahora virtual.

Esta discusión concierne además al destino del continente latinoamericano. Ya una vez la administración americana de Kennedy, progresista, demócrata, decidida a firmar rápidamente un acuerdo con Kruschev durante la crisis de los misiles rusos en Cuba, dejó sola a Latinoamérica frente a la subversión soviética. Washington exigió en esas horas de pánico el retiro de las armas nucleares rusas a cambio de la promesa de no intervenir militarmente contra el régimen de Castro. El Kremlin firmó eso y sacó sus propias conclusiones: que había ahora una especie de tolerancia de Estados Unidos frente a las guerrillas comunistas latinoamericanas controladas directa o indirectamente por el Kremlin. Así, éstas surgieron como hongos letales en cada país de Latinoamérica, excepto en México.  Unos países optaron por apelar a golpes militares, otros, como Colombia, se defendieron sin romper el orden democrático y haciéndole frente y desgastando durante más de 50 años, cuatro o cinco guerrillas comunistas bien organizadas, las cuales no llegaron al poder por la vía militar pero lograron minar y arruinar el paisaje político colombiano (lo vemos sobre todo hoy en el atroz gobierno marxista de Gustavo Petro). Y Colombia evolucionó hacia la peor forma: un sistema de impunidad institucional que beneficia a los carteles mexicanos en Colombia y de Venezuela y a las narcoguerrillas colombianas.

Me temo que lo que anuncia Trump respecto de Ucrania, basado en intereses nacionalistas y económicos a corto plazo, no en los valores políticos y morales que siempre han sido los de Estados Unidos, será también el modelo de lo que piensa hacer en América Latina: una forma de statu quo a condición de que las detestables dictaduras marxistas exporten los recursos naturales que les dicte la administración Trump.

No cuestiono aquí las declaraciones de Trump sobre Panamá y su denuncia muy justa de la influencia excesiva y amenazante de China sobre el gobierno de Panamá y en la Zona del Canal, y la construcción de dos puertos innecesarios que pueden ser utilizados para bloquear el canal-. Esa política destinada a eliminar esa amenaza me parece acertada.

Por lo demás, estimo que la menor concesión doctrinal que los latinoamericanos hagamos a la postura de Trump sobre Ucrania equivale a una ruptura de valores y a un paso que tendrá efectos nefastos inmediatos sobre las libertades de nuestro continente y de Europa.

Publicado en Columnistas Nacionales

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