Grotesco

María Clara Posada Caicedo noviembre 8, 2026

Por María Clara Posada Caicedo

Ninguna ayuda concede derechos sobre el cuerpo de una mujer. Ningún subsidio concede derechos sobre el voto de un ciudadano.

Más allá de la curiosidad, el morbo o el escándalo que despiertan los videos sobre la vida íntima de Gustavo Petro, hay una cuestión mucho más profunda. No se trata de juzgar las preferencias sexuales de un expresidente, sino de establecer si detrás de determinadas relaciones hubo aprovechamiento de la vulnerabilidad económica y social de las mujeres involucradas. Una cosa es la intimidad consentida y otra utilizar el poder para condicionar la libertad ajena.

Las controversias de Petro han alimentado durante años el debate sobre la distancia entre sus discursos y sus actos. Las recientes denuncias plantean un interrogante grave. ¿Puede quien proclama su compromiso con los pobres utilizar la pobreza como instrumento de dominación personal? La pregunta revela una contradicción moral. Quien se presenta como defensor de los desvalidos, denuncia privilegios y promete emancipación, pero aprovecha la necesidad ajena para obtener beneficios personales, desvirtúa aquello que predica. La solidaridad deja de ser convicción para convertirse en representación pública que encubre relaciones de subordinación. Pierre Bourdieu estudió cómo la dominación puede esconderse bajo la apariencia de generosidad. El favor crea deuda, la deuda produce gratitud y esta puede transformarse en sometimiento. Evan Stark, sociólogo estadounidense, desarrolló el concepto de control coercitivo, que no requiere violencia física y puede construirse mediante el control de recursos, oportunidades y condiciones materiales de independencia.

Pero acá aparece algo que me ronda desde que observo el comportamiento político y personal de Petro. ¿Qué diferencia conceptual existe entre utilizar la necesidad económica de una mujer para condicionar su autonomía y utilizar la dependencia de sectores vulnerables para obtener obediencia electoral? Aunque son situaciones distintas, pueden responder a una lógica semejante. En un caso, la dependencia se convierte en instrumento para obtener disponibilidad corporal. En el otro, para obtener disponibilidad política. En ambos, la libertad del beneficiario deja de ser el propósito de la ayuda y se convierte en amenaza para quien la administra. Por eso Petro repetía que el problema de los pobres que dejan de ser pobres es que “ya no votan por nosotros”. Eso, queridos lectores, es toda una declaración de intenciones. Es la perversión de la solidaridad. Quien verdaderamente ayuda busca que el otro deje de necesitarlo. Quien instrumentaliza la pobreza necesita que esa dependencia permanezca. Una mujer autónoma puede rechazar cualquier pretensión sobre su intimidad. Un ciudadano económicamente independiente puede votar sin sentirse obligado con quien le proporcionó beneficio. La emancipación destruye esa relación de subordinación. Petro sabe que una mujer independiente y empoderada posiblemente no se acercaría a él, así como sabe que un ciudadano autónomo no votaría por aquello que él defiende. Necesita la dependencia tanto en su vida pública como privada.

El clientelismo, presente en distintas ideologías, comienza cuando el gobernante deja de reconocer derechos y pretende administrar gratitudes. Martha Nussbaum estudió la instrumentalización de las personas cuando dejan de ser reconocidas como fines en sí mismas. Si se demostrara que contratos o nombramientos oficiales fueron utilizados para condicionar relaciones íntimas, estaríamos ante una degradación simultánea de la dignidad personal y de la función pública. El problema no es la intimidad, sino la posibilidad de convertir el Estado en instrumento de dominación, haciendo de la necesidad económica una cadena de sometimiento y abuso. La pobreza no puede ser simultáneamente la causa invocada ante las multitudes y la debilidad explotada en privado. Ninguna ayuda concede derechos sobre el cuerpo de una mujer. Ningún subsidio concede derechos sobre el voto de un ciudadano. La verdadera solidaridad no busca personas agradecidas y sometidas, sino seres humanos libres, incluso para rechazar a quien alguna vez los ayudó. Eso Petro nunca lo entenderá. A él le gusta que dependan de él para obtener placer político o placer corporal. Excúsenme, pero ¡grotesco!

https://www.elcolombiano.com/, 7 de noviembre de 2026.