Elizabeth Sánchez Vegas*
Una conversación con Perkins Rocha
Hay nombres que no se escogen, que se revelan. Perkins viene del griego petros, piedra. Rocha significa acantilado, peñasco, la fuerza que resiste el mar desde hace siglos. Contreras es el que se planta enfrente. Piedra, roca, el que se planta enfrente. Como si el universo hubiera necesitado siglos para preparar las palabras exactas antes de ponerlas juntas en un hombre nacido en Caracas el 7 de noviembre de 1962, en un hogar sencillo, marcado por valores que hoy parecen antiguos solo porque se han vuelto urgentes.
Este domingo 31 de mayo de 2026, Perkins Rocha habló desde su arresto domiciliario en Caracas con la comunidad de Venezuela Late, y lo que dijo merece ser leído con la misma lentitud con que él lo pensó, muchas veces en la oscuridad de una celda en el Helicoide, durante 535 días. No es exageración. Es aritmética del dolor.
Hay algo que estremece en escuchar a un hombre que pasó casi año y medio privado de libertad, en condiciones higiénicamente insalubres, con angustia y con soledad, y que sin embargo, al recuperar el derecho de mirar por una ventana, lo primero que describe son las luces de las estrellas sobre el este de Caracas. No la oscuridad que lo precedió, sino la luz que la sigue. Eso es lo que ocurre cuando una persona ha decidido, en el lugar más hondo de sí misma, que el futuro importa más que el resentimiento.
Estuvo presente en el conteo del 28 de julio de 2024. Vio lo que ocurrió. Lo sostuvo frente al país y frente al poder. Un mes después lo detuvieron, y pasó 535 días en el Helicoide antes de volver a su casa con un grillete en el tobillo y cuatro funcionarios en la puerta. Y a pesar de todo eso, o quizás por eso mismo, habla con una serenidad que no es resignación, sino la convicción de que lo que viene puede ser mejor que lo que fue. Lo suyo no es un manifiesto de venganza ni un catálogo de agravios, aunque tendría razones sobradas para ambas cosas. Es algo más difícil: una hoja de ruta razonada hacia la reconstrucción de Venezuela, desde el principio que guió su vida jurídica: una nación no se levanta desde la fuerza, sino desde el derecho, la ética y las instituciones.
La tesis que articula esta noche es, al mismo tiempo, histórica y urgente. Lo que Venezuela está viviendo no es la caída de un gobierno sino el agotamiento de un régimen, y hay una diferencia enorme entre las dos cosas. Rocha lo llama el ancient régime, el viejo orden, con la misma precisión con que los historiadores nombraron lo que la revolución francesa dejó atrás. Y como ocurrió entonces, lo que viene no debería ser otra ruptura violenta sino una evolución, construida sobre lo mejor del pasado, incluyendo, dice con responsabilidad que no todos se atreverían a ejercer, algunos elementos valiosos de estos veintiocho años, porque en ellos también hubo resistencia ciudadana que no se puede negar ni debe desperdiciarse.
Para entender dónde está Venezuela hoy hace falta aceptar que el país atravesó tres hitos que Rocha describe como ciudadanos en su esencia más profunda. Las primarias de 2023, que resucitaron el ánimo cívico después del fracaso del interinato. Las elecciones del 28 de julio de 2024, donde ese ánimo se tradujo en voluntad política irrefutable frente al mundo. Y el 3 de enero de este año, que él interpreta no como una intervención externa sino como la consecuencia natural e inevitable de haber irrespetado esa soberanía, la lectura que el mundo hizo de una verdad que los venezolanos sostuvieron con su cuerpo, con su libertad y con su vida. Esos tres momentos forman una secuencia. No son accidentes. Son el arco de un pueblo que aprendió, que demostró y que finalmente cobró, no con armas sino con verdad.
Pero cobrar con verdad tiene un precio, y Rocha lo conoce con precisión de quien lo pagó. Dentro del Helicoide, mientras transcurrían los meses, algunos compañeros de celda llegaron a recriminarle que el grupo que él representaba había sido irresponsable, que había hecho un llamado político sin establecer los mecanismos para garantizar el reconocimiento del triunfo. Su respuesta, que repitió en diciembre de 2024, en Semana Santa de 2025 y en diciembre de 2025, fue siempre la misma: esto está en desarrollo. Los demócratas no reaccionamos como ustedes están pidiendo que reaccionemos. Luchamos con la verdad. Y exponemos nuestra vida como prueba y garantía de eso. Hay en esa respuesta una dignidad que no necesita ganar ningún argumento para imponerse.
El régimen, en su lectura, no evolucionó. Mutó. La palabra es deliberada. Como el ADN desordenado que, ante un estímulo radiactivo, se convierte en algo amorfo, el régimen cambió sin crecer, se transformó sin mejorar, y hoy lo que queda es una estructura que ya perdió su cabeza, pero todavía sostiene sus reflejos. Y esos reflejos, aunque erráticos, tienen músculo. Desde su ventana en el este de Caracas, Rocha puede ver las aeronaves que entran a La Carlota. Esa tarde, antes de la conversación, entró uno muy particular: grande, verde oliva, silencioso, sin bandera venezolana. Un zancudo enorme, lo describió, con la misma calma con que un médico describe un síntoma que ya ha diagnosticado. El tutelaje militar existe. No se ve todos los días, pero existe, y cuando quiere hacerse notar, se nota.
Ese tutelaje es, paradójicamente, parte de la ecuación que hace posible la transición. Porque cambia las condiciones del juego. Lo que viene no es el mismo país que el 28 de julio, y ese cambio abre posibilidades que antes no existían. No le asusta, dice, quiénes estén al frente del CNE, porque estarán tutelados. Lo que importa es que el proceso se dé en condiciones distintas, con ocho meses de preparación mínima, con las garantías que María Corina Machado ha descrito como no negociables, y con la conciencia de que es posible que este año mismo haya elecciones presidenciales. No como utopía, sino como la única salida que tiene sentido para todos los involucrados, incluidos quienes hoy ocupan el poder indebidamente. Porque el mejor destino político que les queda, dice Rocha con una generosidad que sorprende en alguien que acaba de salir de su celda, es exponerse a un escrutinio ciudadano y dejar que el país decida. Participar de esa apertura es lo único que les puede garantizar un espacio, aunque sea pequeño, en la Venezuela que viene. Ya vendrá la justicia, dice, y pondrá los puntos sobre las íes. Pero eso llegará cuando haya libertad, no antes.
Sobre la negociación, que es una palabra que en Venezuela abre heridas, fue categórico en lo que sí y en lo que no. Lo que se negocia no son principios. No es quién tiene razón. Se negocia el cómo y el cuándo. Cómo se produce la salida ordenada, cuándo se celebran las elecciones, cómo se reintegran al espacio político los que estuvieron inhabilitados y excluidos, cómo se garantiza que la voluntad popular que se expresó el 28 de julio tenga representación proporcional en lo que viene. No hay en esa negociación ninguna concesión sobre la verdad. Solo una decisión práctica sobre el camino menos costoso para llegar al mismo destino: la libertad.
Y quien debe conducir esa negociación, dice sin titubear, es María Corina Machado. Porque la ha sufrido, porque la ha padecido, porque desde el comienzo nunca se negó a ella, sino que la fue preparando con paciencia y con claridad. La negociación final llegó. Y el momento en que ella pise territorio venezolano será el catalizador de todo lo demás. No una consecuencia del proceso sino su detonante.
La distinción que establece entre alianza y unidad es uno de los aportes conceptuales más lúcidos de la noche. Lo que ocurrió en el Manifiesto de Panamá, que él llama el vademécum, la carta de navegación del proceso, no fue una fusión de identidades ni un matrimonio ideológico. Fue una alianza, que es algo diferente y en muchos sentidos más honesto. La unidad supone compartir la misma visión de vida. La alianza supone la honestidad suficiente para reconocer que no se comparte todo, pero sí la dirección, y la confianza suficiente para caminar juntos hasta un punto acordado. Lo ilustra con 1958, con Betancourt, Caldera y Gustavo Machado, con Fabricio Ojeda, cinco hombres de visiones filosóficas opuestas que encontraron en la alianza el instrumento para desplazar la bota de Pérez Jiménez. No los unía la coincidencia sino la honestidad y la palabra. Hasta aquí vamos juntos, y de aquí en adelante cada quien toma su rumbo. Eso fue el Pacto de Punto Fijo en su dimensión más real. Y eso, dice, es Panamá hoy.
Lo que también salió de Panamá fue una distribución de tareas. Cada quien sabe qué le toca hacer ahora. Y en ese reparto hay una variable que Rocha protege con cuidado, que goza del visto bueno, dice, del tutelaje, porque permite identificar quiénes son los actores comprometidos con la institucionalidad, y eso es información valiosa para quien quiera invertir en Venezuela y ayudar a salir del marasmo. No era, aclara, una propuesta antipatriótica admitir que solos no podíamos. Era una propuesta realista. Nadie quiere que su familiar pase por una quimioterapia. Pero a veces la quimioterapia es necesaria para poder vivir. El 3 de enero fue eso: una quimioterapia política que nadie provocó por gusto, que fue la consecuencia directa de que el régimen desconoció lo que el pueblo decidió el 28 de julio, y que ahora hay que reconducir, como un buen judoca que no detiene la fuerza que tiene enfrente, sino que la redirige hacia el destino que conviene.
La pregunta incómoda llega inevitablemente. De su causa, cuatro personas tienen amnistía completa, tres están libres con régimen de presentación, y él, solo él, permanece en arresto domiciliario con grillete y vigilancia permanente. ¿Es una ficha de negociación? No sé, responde, con una honestidad que descoloca precisamente porque no la adorna. A veces amanece pensando que su libertad plena será la señal de que el proceso está listo para arrancar. Otras veces piensa que lo que él representa es peligroso en este momento específico: la voz de un jurista que puede nombrar el vacío institucional con precisión técnica, que puede describir lo que hay hoy en Venezuela como una hipocresía institucional donde el tutor hace carantoñas a la tutelada, donde emisarios de quien tiene a su jefe preso en Brooklyn se abrazan con esa tutelada como si no supieran todos lo que está pasando. Ese juego de truco, dice con ironía, no puede durar mucho. Las caretas caen. Siempre caen.
Lo que sí sabe con certeza es que en los últimos meses el grillete no le impidió ir recalibrando su voz, saliendo del silencio de a poco, midiendo las palabras, elevando el diagnóstico con cuidado, pero sin claudicar. Lo que describe como la recuperación lenta de los espacios políticos cercenados. No negados, aclara, cercenados. La diferencia es importante: lo negado no existió nunca, lo cercenado existió y fue amputado, y eso significa que puede volver a crecer.
La convocatoria que hace a quienes lo escuchan desde afuera, la clase media intelectual que él describe como la clase líder en toda situación social y política, es tan exigente como esperanzadora. Si esa clase no tiene claro el camino, el trabajo de María Corina será más largo y más difícil. La tarea no es la protesta ni el enfrentamiento. Es elevar la conciencia ciudadana. Llevar el verbo a la calle, que hoy es la universidad, el pasillo del tribunal, el hogar, la cuadra, el medio de comunicación. Externalizar el reclamo de cambio. Crear el clima que permita que las condiciones de seguridad para el regreso de María Corina Machado y Edmundo González Urrutia al territorio nacional sean recibidas con beneplácito. Esas condiciones, dice, se están construyendo. Ya hay presencia en el terreno de quienes garantizarán la seguridad cuando llegue el momento. Ese momento se percibirá, es muy difícil de ocultar, y cuando ocurra será el último eslabón de una cadena que ya empezó a moverse.
Ese clima no es una abstracción. Perkins Rocha lo vio encarnado en los comanditos, esas células ciudadanas que organizaban barrios sin que nadie les pagara; en quien llevaba un sándwich o un café a quien pasaba la noche cargando datos en una computadora; en esa pregunta íntima, ¿por qué hago esto si ni siquiera me pagan? y en una respuesta que no era un slogan, sino una imagen: la de un hijo que mañana pueda estudiar lo que le dé la gana, sin uniformarse, sin militarizarse, simplemente libre. Cuando el interés trasciende lo material y se vuelve espiritual, altruista, virtuoso, eso ya no es política ordinaria. Es un pueblo que encontró su dignidad.
La conversación termina donde siempre termina la historia venezolana cuando la cuentan quienes la vivieron desde adentro: en el futuro. En lo que todavía no ocurrió pero que ya se puede sentir moverse. El regreso de María Corina. El regreso de Edmundo. Las elecciones. La institucionalización. La justicia que llegará cuando haya libertad, no antes. Y entre junio y julio de este año, predice Rocha, el termómetro que el tutelaje introducirá en el cuerpo social del país va a confirmar lo que ya todos saben: que sin un proceso político que devuelva la legitimidad a las autoridades, esto va a explotar. Y que unas elecciones son lo único que puede evitarlo.
Lo dice desde una ventana con estrellas. Con un grillete en el tobillo. Con cuatro funcionarios en la puerta. Y con la misma convicción con que escribió, hace treinta y cinco años, que Venezuela tenía derecho a un país.
Perkins Rocha. Piedra. Roca. El que se planta enfrente. El universo no se equivocó con ese nombre.
* Publicado en su cuenta de X (@elhabito) el 31 de mayo de 2026.