Álvaro Isaza Upegui
Medellín, junio 1 de 2026
Doctor Abelardo de la Espriella:
Los resultados de la primera vuelta presidencial le han otorgado una victoria indiscutible y lo han convertido en el principal protagonista de esta etapa decisiva para el futuro del país. Como ciudadano y como abogado, respeto la voluntad popular expresada en las urnas, aunque debo comenzar por una confesión sincera: no voté por usted. Mi voto fue por Paloma Valencia.
No lo hice porque discrepo de muchas de sus posiciones y, especialmente, porque durante los últimos meses he observado con preocupación un estilo de confrontación que con frecuencia ha convertido al contradictor en enemigo y a la diferencia de opinión en motivo de descalificación. En una democracia, la firmeza es una virtud; la intolerancia frente a la crítica, no.
Le escribo porque considero que Colombia necesita un presidente, no un combatiente permanente. Y porque quienes aspiran a gobernar una nación de cincuenta millones de personas deben comprender que el país es mucho más amplio que el círculo de sus simpatizantes, seguidores o asesores más cercanos.
Me preocupa particularmente el comportamiento de muchas de las personas que actúan en su nombre en las redes sociales. Las llamadas «bodegas» digitales han convertido el debate público en un escenario de insultos, engaños, estigmatización y agresividad. Quien discrepa es atacado; quien cuestiona es ridiculizado; quien piensa diferente es tratado como enemigo. Ese ambiente puede servir para ganar aplausos entre convencidos, pero resulta incompatible con la construcción de consensos nacionales que necesita Colombia para que usted logre llegar a la Casa de Nariño.
También observo el riesgo que el éxito electoral lo conduzca a usted a escuchar únicamente las voces de la adulación. La historia demuestra que los líderes comienzan a equivocarse cuando dejan de oír las opiniones incómodas y terminan rodeados exclusivamente de quienes les dicen lo que desean escuchar. Ningún gobernante es infalible. Ningún proyecto político posee el monopolio de la verdad. Ningún país progresa cuando el disenso se interpreta como traición.
Por eso le pido que aproveche estas tres semanas previas a la segunda vuelta para moderar el lenguaje, bajar el tono de la confrontación y enviar un mensaje de serenidad institucional. Los colombianos necesitamos escuchar propuestas más que agravios, argumentos más que descalificaciones y liderazgo más que polarización.
Permítame decirle algo adicional. Si hay una figura de su campaña que inspira confianza incluso entre quienes no compartimos plenamente su proyecto político, es la de su vicepresidente José Manuel Restrepo. Su trayectoria, su preparación académica, su respeto por las instituciones y su capacidad de diálogo constituyen activos valiosos para cualquier gobierno. Escuchar más a quienes representan la moderación y menos a quienes viven de la confrontación sería una señal positiva para millones de colombianos que aún observamos su candidatura con muchas reservas.
Hay además una afirmación que extraño porque usted como abogado lo debería saber, y que me produjo una profunda inquietud. En una entrevista televisiva, su señora esposa dijo que si no resultaba elegido Presidente de la República,- y usted a su lado guardo silencio-se marcharían a vivir al exterior porque ya tienen una vida resuelta y no necesitan de la política para realizar sus proyectos personales.
Respeto plenamente las decisiones privadas de cualquier ciudadano. Sin embargo, encuentro una evidente contradicción entre ese mensaje y el discurso de quien se presenta ante los colombianos como el líder llamado a rescatar el país, transformar la vida política nacional y encabezar una causa histórica de reconstrucción institucional.
Quien afirma que Colombia atraviesa una crisis tan profunda que exige un apoyo patriótico de sus mejores ciudadanos no puede transmitir, al mismo tiempo, la idea de que una derrota electoral sería motivo suficiente para abandonar el escenario público nacional. Los verdaderos líderes democráticos no sirven a la República únicamente desde el poder. También la sirven desde la oposición, desde el control político y desde la defensa de sus ideas cuando las urnas no les son favorables.
Presumo que usted conoce que la Constitución Política, en su artículo 112,1 reconoce al candidato presidencial que ocupe el segundo lugar el derecho a una curul en el Senado de la República. Esa disposición no fue concebida como un premio de consolación, sino como un instrumento para fortalecer la democracia y garantizar que millones de ciudadanos sigan teniendo representación política aun cuando su candidato no alcance la Presidencia.
Por ello, si usted verdaderamente considera que el destino de Colombia está en juego, espero que manifieste de manera inequívoca su disposición a honrar ese mandato
1 En Colombia, ese derecho está consagrado directamente en la Constitución Política, específicamente en el artículo 112, dentro del capítulo denominado “Estatuto de la Oposición”. La disposición fue incorporada mediante el Acto Legislativo 2 de 2015, que añadió los incisos correspondientes al artículo 112.
El texto constitucional señala: “El candidato que le siga en votos a quien la autoridad electoral declare elegido en el cargo de Presidente y Vicepresidente de la República (…) tendrá el derecho personal a ocupar una curul en el Senado…” La misma norma establece que:
• El candidato presidencial que ocupe el segundo lugar obtiene una curul en el Senado de la República.
• La fórmula vicepresidencial que ocupe el segundo lugar obtiene una curul en la Cámara de Representantes.
• Estas curules son adicionales a las ordinarias previstas para el Congreso.
La finalidad de esta reforma fue fortalecer el papel institucional de la oposición y garantizar representación política a quienes obtienen una votación significativa, aunque no resulten elegidos para la Presidencia. La propia Corte Constitucional ha reconocido que esta figura hace parte del desarrollo del Estatuto de la Oposición previsto en el artículo 112 de la Carta constitucional en caso de no resultar elegido. Porque quien aspira a conducir la Nación debe estar dispuesto a servirla tanto desde la Casa de Nariño como desde una curul en el Senado. Lo contrario transmitiría la desafortunada impresión que el compromiso con Colombia depende solo del triunfo personal y no, como lo pregona, de una convicción profunda de servicio público.
La primera vuelta le dio la victoria. La segunda puede darle la Presidencia. Pero gobernar exige algo más difícil que ganar elecciones: unir una nación extremamente dividida como la deja el gobierno de Petro. Por eso me atrevo a escribirle. Porque estoy convencido de que, si usted no modera su lenguaje, no toma distancia de quienes promueven la agresión desde sus redes sociales y no demuestra una auténtica disposición a escuchar a quienes discrepan de usted, difícilmente podrá alcanzar la confianza de una mayoría nacional. Y si fracasa en ese propósito, Colombia corre el riesgo de continuar transitando por el camino de la polarización y la confrontación que tanto daño le ha causado a nuestras instituciones y a nuestra democracia.
Muchos colombianos, entre los cuales me encuentro, estamos convencidos que el progresismo representado por el gobierno del presidente Petro no es el camino que necesita el país. La experiencia de estos años ha dejado profundas preocupaciones en materia institucional, económica y social. Sin embargo, también debo decirle con franqueza que para muchos ciudadanos que compartimos esa conclusión no resulta fácil otorgarle nuestro voto mientras persistan las expresiones de hostilidad, los ataques a quienes piensan diferente y la sensación de que la crítica es recibida como una afrenta personal.
Permítame expresarle también otra preocupación sobre algunos de los mensajes que han acompañado su campaña. En distintos momentos usted ha procurado transmitir la idea que representa una alternativa distante de la política tradicional y de los acuerdos entre partidos. Sin embargo, la realidad institucional de Colombia es mucho más compleja que los mensajes de campaña.
La política colombiana no se fortalece cuando se divide artificialmente a los ciudadanos entre «los de siempre» y «los nunca». Esa narrativa puede resultar eficaz para movilizar emociones, pero empobrece el debate democrático y desconoce una realidad elemental: Colombia no se construyó exclusivamente gracias a unos ni se arruinó exclusivamente por culpa de otros.
Bajo la etiqueta de «los de siempre» se pretende desacreditar de manera indiscriminada a personas que han dedicado décadas al servicio público, muchas de ellas con trayectorias honorables, preparación y genuino compromiso con las instituciones democráticas. Y bajo la consigna de «los nunca» se corre el riesgo de presentar como virtud suficiente la simple condición de ser nuevos o distintos, como si la falta de experiencia fuera en sí misma una garantía de buen gobierno. Eso se llama simplemente polarización y no debe continuar en el próximo gobierno.
Ningún presidente puede gobernar eficazmente ignorando al Congreso de la República. La Constitución de 1991 diseñó un sistema de pesos y contrapesos en el que el poder ejecutivo
y el poder legislativo están llamados a interactuar, dialogar y construir acuerdos. Pretender gobernar de espaldas al Congreso no es una muestra de independencia; es una fórmula segura para la parálisis institucional y el conflicto permanente. Más aún cuando sectores cercanos al actual gobierno conservaron una representación significativa en el Legislativo. Basta recordar que en las últimas elecciones parlamentarias del 8 de marzo el Pacto Histórico obtuvo la bancada más numerosa en el Senado y una presencia muy importante en la Cámara de Representantes. Esa realidad política no desaparecerá por su voluntad ni por el resultado de una elección.
Por supuesto, los acuerdos políticos no deben confundirse con la burocracia, el clientelismo o el reparto indebido del Estado. Pero tampoco puede desconocerse que las grandes reformas nacionales exigen mayorías democráticas y consensos políticos. Así funciona toda democracia seria y estable.
Por ello, si llega a la Presidencia, espero que ejerza un liderazgo firme pero respetuoso de las instituciones, consciente de que gobernar implica persuadir, concertar y construir acuerdos dentro del marco constitucional. Los presidentes pasan; las instituciones permanecen. Y Colombia necesita hoy más que nunca un jefe de Estado, despojado de todo ego, que entienda que la fortaleza de la democracia no reside en la concentración del poder, sino en el respeto a los límites que la propia democracia impone.
Usted tiene hoy la oportunidad de trascender el «anti-petrismo» para convertirse en un factor de reconciliación. Sin embargo, para generar confianza en quienes aún tenemos reservas, debe demostrar que es capaz de escuchar voces incómodas, rectificar cuando sea necesario y gobernar para el conjunto de la Nación, no solo para el círculo de la adulación.
Colombia no resiste más polarización. Está en sus manos demostrar si su proyecto es una apuesta por el futuro del país o simplemente un ejercicio de triunfo personal. Esa es su gran responsabilidad con el país
Si usted aspira a gobernar para todos los colombianos y no únicamente para quienes hoy respaldan su candidatura, tendrá que aceptar que algunas de sus promesas deberán ser replanteadas, moderadas o incluso descartadas en función del interés general, de las restricciones constitucionales, de la realidad actual del Estado y de la necesidad de construir consensos democráticos.
Gobernar no consiste en imponer integralmente un programa de campaña, sino en armonizar aspiraciones legítimas con las complejidades de una sociedad plural y diversa. Los grandes estadistas son aquellos que comprenden que la victoria electoral les otorga autoridad para dirigir el país, pero no una licencia para ignorar a quienes piensan distinto ni para desconocer las limitaciones institucionales que protegen nuestra democracia.
Por eso, más que convencer a sus seguidores, el desafío que tiene por delante es generar confianza entre quienes aún tenemos reservas frente a su candidatura. Y esa confianza no se construye con descalificaciones ni con estridencias, sino con prudencia, respeto, serenidad y auténtica vocación de unidad nacional.
Todavía está a tiempo de demostrar que puede hacerlo en beneficio de todos los colombianos.
Yo quiero que Cepeda no llegue a ser el Presidente de nuestro país.
Con respeto,
Álvaro Isaza Upegui