Luis Guillermo Vélez A.
En las próximas elecciones presidenciales no se decide meramente quién administrará mejor el Estado. Se decide entre continuar expandiendo su dominio sobre la economía y la vida de las personas o tratar de contener – y ojalá revertir – esa expansión.
El gran mérito del gobierno de Petro y del proyecto continuista de Cepeda es haber hecho que los ciudadanos tomen conciencia de la marcha hacia el socialismo totalitario emprendida desde hace décadas, casi sin percatarse, por la sociedad colombiana. A ello ha estado orientada la acción de la mayoría de los políticos y la prédica de economistas, intelectuales y periodistas obsesionados por alcanzar el espejismo de la “justicia social” y el fetiche de la igualdad de ingresos mediante la intervención de un gobierno que todo lo sabe, que todo lo reglamenta, que todo lo distribuye.
A principios de los años 90 Colombia tenía un gasto público relativamente pequeño, una carga tributaria moderada y una deuda pública manejable, alrededor de 20% del PIB. El estatismo y el asistencialismo desatados por la Constitución de 1991 nos han llevado a un endeudamiento que excede ya el 60% del PIB, resultante de un gasto público desaforado que no ha podido ser financiado con las más de quince reformas tributarias aprobadas desde entonces y que elevaron la carga fiscal del gobierno nacional de menos de 8% a más de 18% del PIB.
El desastroso gobierno de Petro – que fue apoyado por muchos economistas, políticos, periodistas, intelectuales y toda clase de gentes de buena fe – es fruto de ese proceso y el de Iván Cepeda sería de su culminación catastrófica pues, como advirtió Mises, no hay camino intermedio o tercera vía entre capitalismo y socialismo.
¿Por qué sí Abelardo?
Un gobierno de Abelardo de la Espriella representa la oportunidad de romper con el estatismo inveterado y de reconocer plenamente que la riqueza no la producen los decretos gubernamentales sino millones de ciudadanos libres tomando decisiones libres y cambiando libremente sus servicios productivos unos con otros. Abelardo reivindica sin complejos que la seguridad y el orden son condición previa de la libertad y que la función principal de un gobierno no es dirigir la sociedad hacia un fin definido autoritariamente sino establecer y garantizar reglas de conducta de carácter general para que las personas busquen su felicidad como cada quien la entienda.
¿Por qué no Cepeda?
Un gobierno de Cepeda llevaría a la consolidación del proyecto neocomunista del socialismo del Siglo XXI iniciado por Petro. El neocomunismo, después del fracaso del socialismo real, ya no pretende el control de los medios de producción sino el control de los resultados de la producción mediante una tributación asfixiante sobre la economía legal y la tolerancia y connivencia con las economías ilegales. Este proyecto es incompatible con la libertad económica y la democracia liberal y lleva paulatinamente a la destrucción de la economía y la pauperización de la población, como lo muestra la amarga experiencia de la Venezuela de Chávez y Maduro.