Alexander Cambero
La nieve apenas acariciaba sinuosamente las calzadas adyacentes al Kremlin. Cielo gris como en una estampida sideral de nubes alineadas al comienzo del invierno ruso. Los ciudadanos discurrían entre gruesos abrigos que dejaron los percheros para enfundarse en pieles moscovitas. La plaza roja, como en una puesta en escena. En el bulevar Tverskoy, en donde se cobija una mansión de cuatro pisos de arte barroco con el célebre café Pushkin como epicentro, no se imaginaban que, mientras tomaban las primeras tazas de chocolate, a mil quinientos kilómetros de ahí los picos se estrellaban contra las losas para derribar el muro de Berlín.
Dos pueblos que en realidad eran uno y que fueron abruptamente separados por la argucia de las superpotencias decidían acabar con el horror y poder estrechar después de décadas de sometimiento las manos de sus hermanos. El fervor atravesó la pared, cayéndose entre la ilusión y la esperanza de verse libres. Era acabar con el lagarto prehistórico del comunismo internacional. En ese tiempo, Vladimir Putin era agente de la KGB en Dresde. De pronto, la gente rodeó el edificio para acabar con aquel tenebroso equipo de espías. Putin llamó a Moscú para solicitar ayuda, pero nadie respondió. Fue así como rápidamente comprendió que todo había cambiado. Semanas después, la bandera de la URSS era arriada entre dejos de melancolía. Las quince repúblicas que componían el país se independizaron. Era la muerte de su socialismo de cortinas de hierro y el horror helando las venas inocentes. Bajo el cielo moscovita se izó la bandera rusa. Mijaíl Gorbachov había renunciado, apareciendo Boris Yeltsin en la escena protagónica. La derrota histórica marcó su recorrido.
Los años desvanecieron la impronta de la vetusta Revolución de Octubre. Se fue momificando su interés para quedar como el cuerpo embalsamado de Vladimir Ilich Lenin a los pies de la muralla del Kremlin. Quien perdió la Guerra Fría con Estados Unidos tuvo que comprender que su influencia sufrió un infarto al miocardio de la geopolítica universal. Quizás su pérdida más dolorosa fue Ucrania. Entre las aguas del río Dniéper y las catacumbas de Kiev se originó el idioma ruso hace cinco mil años. Sus bendecidos valles llenaron las canastas soviéticas. El coraje de ese pueblo, harto de Moscú y su brutal sometimiento, es algo que no esperaban. Esa resistencia heroica colmada de dignidad es algo que sobrepasa al arsenal militar ruso en el Báltico.
Lo ocurrido en Venezuela con Nicolás Maduro era algo que presagiaban. Los informes secretos que presentaba el canciller Sergei Lavrov sobre la precaria situación del gobierno apuntaban en esa dirección. El haberse robado las elecciones presidenciales detonó una bomba que estalló en el escenario mundial. Ya Rusia había ido tomando sus previsiones. Las últimas visitas del preso en Nueva York fueron sumamente incómodas. Lo recibieron funcionarios de tercera categoría. Sus exigencias solicitando auxilio y financiamiento chocaban con su voracidad para malgastarlo de manera violenta. La inteligencia rusa conocía cada detalle; aquello era un barco a la deriva a punto de zozobrar. Por eso el desenlace del 3 de enero no los sorprendió. “Está bien que te inviten, pero es mejor permanecer en casa”, suelen decir para no tomar partido. Y así, con una frialdad tan marcada como sus estepas siberianas, se han mantenido observando el desfallecer de la revolución tropical que encarnó un romántico Hugo Chávez, del cual hacían ácidos chistes en privado.
Entre Donald Trump y Vladimir Putin existe una muy buena sintonía. El hoy presidente norteamericano fue uno de los primeros en invertir en Rusia en plena crisis económica. Igualmente, ha jugado un papel de mediador ante Ucrania. Quien viene presionando al gobierno que preside Volodimir Oleksándrovich Zelenski para que acepte el alto el fuego y el acuerdo de paz que favorece en sus veintiocho puntos enormemente a Moscú es el primer mandatario estadounidense. Como expresidente, guardó silencio ante la extraña muerte del principal opositor del gobierno de Putin, Alexei Navalny, envenenado en una cárcel. Esa relación de amor-odio no se erosionará por Nicolás Maduro. El presidente ruso no se cortará las venas por el usurpador, ni se rasgará las vestiduras; menos hará una tortuosa peregrinación a La Meca por el prisionero número 00734-506. Ellos saben que la dictadura venezolana está condenada a morir. Que cuando se haga una nueva elección, la derrota del régimen será aún más aplastante. Por supuesto, escriben comunicados condenando el hecho. Es el juego para cubrir formas diplomáticas. La realidad es que no toman partido. Seguirán auspiciando el turismo en Margarita. Alguna labor de inteligencia en menor escala, pero siguiendo el lineamiento de Moscú de marcar distancia.
El laberinto de Nicolás Maduro es el de la orfandad. Fue traicionado por sus colaboradores. Sus supuestos amigos de poderosos tentáculos, como China y Rusia, optaron por desligarse en esta coyuntura. Esperan el devenir de los acontecimientos para asumir posturas. Los tiempos de la bandera venezolana en alegre compañía de la enseña de la Federación Rusa han muerto. El ceño fruncido del canciller Sergei Lavrov seguirá haciendo su papel de aliado en los foros internacionales. Su trabajo no pasará de allí. No existirá una llamada al Jefe de Estado Mayor General Valeri Guarásimov para que mueva al buque de guerra más importante de ellos, como lo es el Almirante Nakhimov, para venir al Caribe para mostrar sus afilados dientes bélicos en defensa de la dictadura venezolana. Menos sus aviones, Sukhoi SU-57 con capacidad de vuelo de hasta 2000 kilómetros por hora. Quienes se encuentran en la base aérea de Dyzomgi, en el lejano oeste ruso, a doscientos ochenta kilómetros de la frontera con China. El régimen en solitario atraviesa su propio desierto. Su futuro es la inanición absoluta. La piel del oso ruso no se quemará para complacer a una revolución atascada en el lodazal de su propia incapacidad.
@alecambero
https://www.elnacional.com/2026/04/rusia-tambien-guardo-silencio
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(2) Brasil: un gigante entre dos opciones.
Alexander Cambero
Su fútbol es el mágico danzar de una pelota en los pies de los hábiles ejecutantes. Es el carnaval con el desenfado espectacular de sus morenas fosforescentes en el descorche de la pasión infinita. Es tan inmensa su proporción geográfica que gobernarla es una tarea ciclópea. Es la nación más grande de Sudamérica y la quinta del mundo. Con una superficie de 8,5 millones de kilómetros, ocupa el 47% del territorio del subcontinente, lo cual hace que limite con casi todos los países de su región, con la excepción de Chile y Ecuador. Tiene una población de doscientos quince millones de habitantes. Siendo el séptimo país más poblado. De sopetón nos encontramos con datos muy interesantes. Roraima está más cerca de la frontera sur de Canadá (aprox. 3,600 – 4,200 km) que del punto más al sur de su propio país (más de 4,300 km). El 22 de abril del año 1500, un navegante lusitano de nombre Pedro Álvarez Cabral observó las costas del actual estado de Bahía, reclamando para la corona portuguesa estos territorios basándose en el Tratado de Tordesillas, que fue un acuerdo firmado el 7 de junio de 1494 en donde los reinos de Castilla y Portugal podían hacer suyas las zonas de influencia, navegación y conquista del Atlántico y el Nuevo Mundo de acuerdo a quien descubriera. Un escenario complejo en la bitácora del colonialista. Fue así como el misterio se acomodó en sus complejidades.
Brasil está en plena ebullición electoral. El proceso de este año se ha convertido en una batalla con un resultado incierto. Hace aproximadamente unos dos meses, era un hecho lo de la victoria de manera holgada de Lula frente al talentoso Senador Flavio Bolsonaro. Paulatinamente, las posiciones se han aproximado hasta la actualidad, que prácticamente se presenta un empate técnico. El actual primer mandatario brasileño es un mítico líder surgido del mundo sindical. La eterna historia del joven pobre que buscó fortuna lejos de su entorno familiar para alcanzar mejores oportunidades en una gran ciudad se cumple con este ya octogenario protagonista en el gigante amazónico desde hace cuarenta años. Tres veces presidente con respaldos realmente impresionantes. Según datos suministrados por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), su primera experiencia de gobierno logró sacar de la pobreza extrema a cincuenta y dos millones de familias. Eso no ocurrió jamás en ninguna otra parte del globo terráqueo. Lamentablemente, su liderazgo divinizado por la inmensa mayoría de los brasileños no se percató de la colosal corrupción que se desató. Su gestión hizo que, en el Brasil profundo, junto a sus ídolos futbolísticos, se colara Lula como una especie de mega estrella. Cuando la idolatría penetra el caparazón espiritual de la gente, es muy fácil que el predestinado goce de la anuencia y el perdón automático. Puede gobernar a sus anchas teniendo el respaldo mayoritario de quien culpa de las fallas a los adversarios. A pesar de ello, estuvo preso durante más de quinientos días en una cárcel de Curitiba. Se le acusó de corrupción administrativa y lavado de dinero. Fueron momentos que mantuvieron en vilo la vida política del país. La grieta divisional entre los dos bandos en disputa se ensanchó de una manera muy determinante. Un octogenario líder con seis candidaturas presidenciales, tres de ellas victoriosas, aspira a un nuevo periodo ante la falta de un liderazgo de su sector que aglutine la heredad de su pensamiento. La gesta de un antiguo obrero metalúrgico nacido en Pernambuco, tierra de rebeliones históricas, lo vio nacer hasta que, después de un esfuerzo incesante, llegó hasta la primera magistratura. La fortaleza en el mundo sindical y los sectores populares beneficiados de sus programas sociales son parte de sus fortalezas. Además, esa implantación de Brasil en el orbe a través de su liderazgo internacional, lo catapulta como una especie de impronta de la nación. Nadie puede olvidar cómo consiguió que su nación organizara el Mundial de Fútbol en el 2014 y, dos años después, los Juegos Olímpicos en Río de Janeiro. Fue de antología cuando Lula logró conmover a la mayoría de los países del mundo de la viabilidad de su nación como organizadora del evento. En el 2009 alcanzó que se le diera la sede a Brasil de los Juegos Olímpicos. En una pizarra ubicó todas las sedes que había tenido el evento a través de la historia. Con inteligencia colocó el mapa de Sudamérica donde nunca se habían realizado, haciendo énfasis en el hecho. Lo cumbre del asunto es que el español Juan Antonio Samarach, expresidente del Comité Olímpico Internacional, gravemente enfermo, los quería en Madrid, como una especie de despedida. Lula logró quebrar lo que habían orquestado con la contundencia de sus argumentos. Allí su figura como guía resplandeció en el escenario universal. Sin embargo, todo no es miel con hojuelas en su último baile. El senador Flavio Bolsonaro viene creciendo a pasos agigantados. Cuando su padre lo escogió desde su reclusorio como el abanderado, pocos creían que podía tener una opción real. Su discurso, menos radical, hizo posible que muchos sectores moderados del centro se corrieran hasta una derecha menos fundamentalista. Su estilo propositivo y no exclusivamente cuestionador de la figura de Lula viene surtiendo efecto, inteligentemente, muestra el sarcófago, con la momia para que la exhiban como parte de su historia, mientras el futuro apunta en su dirección. Suma los contrarios tradicionales de Lula con una nueva generación que desea un Brasil con otros nombres. Y logrando un elemento estratégico decisivo que viene siendo un dispositivo devastador. Que no es otro que el respaldo de las iglesias protestantes. En el país más católico del mundo viene dándose un fenómeno religioso impresionante. Ya casi el 30 % de la población es evangélica. Diariamente se fundan en Brasil diecisiete iglesias en las favelas. Son dueños de medios de comunicación cada día más influyentes. Cuentan con más de cien diputados en el parlamento. Ese giro en la inclinación religiosa brasileña viene favoreciendo a Flavio Bolsonaro. Su influencia en esta área no es exclusivamente con estos grupos, seguramente mirándose en el ejemplo del actual gobernador del Estado de Río de Janeiro, Claudio Castro, quien preside desde hace veinte años el movimiento de Renovación Carismática de Brasil, logrando acuerdos más allá de su visión doctrinaria. El mandatario regional realiza muchísimas actividades sociales en donde católicos y protestantes trabajan de manera armónica. Esa yunta perfecta entre dogmas contrapuestos, pero que luchan por un fin común, es un concepto que ha brindado estupendos resultados. La baja de la tasa de criminalidad con números asombrosos es parte de esta política. Es la visión de un nuevo Brasil con mayor dosis de integralidad. Bolsonaro no es el tradicional militante de derecha sin una conexión efectiva con los sectores populares. Ya el liderazgo de Lula en ese mundo de los desposeídos, en donde su dominio lo ejerció desde las entrañas de la orfandad, tiene un competidor. La llamada Bolsa Familia llega a cuarenta millones de hogares pobres. Es una carta de presentación de Lula con un mensaje cautivante que llega a la mesa de la dificultad. Lo que no contaba el oficialismo es con la presencia protestante y carismática en los mismos escenarios. Paradójicamente, cada uno llega al mismo target con armas distintas. Lula lo hace desde la cobertura momentánea de una necesidad económica. Bolsonaro se aparece a través de las predicaciones en los numerosos servicios religiosos. Una batalla entre dos opciones delimitadas por visiones diferentes. La penuria orgánica atrincherada en el mesianismo populista. La otra viene acompañada de lo espiritual. Primero, confiesan a Cristo como Salvador personal. Luego colocan la necesidad de gozar de un gobierno que les garantice igualdad de oportunidades. Un nuevo Brasil a la altura de su grandeza. Es allí, de la mano del devoto, que se exhibe a Flavio Bolsonaro en el epicentro del tsunami político. Como podemos inferir, es una lucha sumamente pareja e interesante.
@alecambero
