Tierra de Gracia: Alma o Yacimiento

Tierra de Gracia: Alma o Yacimiento

Elizabeth Sánchez Vegas*

Desde las venas abiertas de esta Tierra de Gracia late una furia contenida y ancestral. Aquí el petróleo negro se entreteje con vetas de oro que aún prometen futuro, ríos de coltán que alimentan las tecnologías del mundo, diamantes que brillan en coronas ajenas y montañas de hierro y bauxita que podrían levantar imperios enteros. Pero durante demasiado tiempo el mundo solo ha mirado lo que brilla bajo el suelo y ha pisoteado sin piedad lo que respira, sueña y sufre sobre él.

Llegó la hora de poner primero al venezolano y luego al negocio, no al revés, porque ya es tiempo de mirar al hijo de esta tierra no como un apéndice prescindible del subsuelo, sino como la verdadera riqueza que brota de ella, maltratada y bendita a la vez. Durante décadas el mundo entero, con ojos glotones y alma de contable frío, ha repetido la letanía hipócrita de que Venezuela es petróleo, mientras millones de almas han sido reducidas a cifras en balances contables, estadísticas de migración olvidadas y titulares fugaces.

La historia humana revela sin piedad, en sus páginas más oscuras, el mismo pecado repetido hasta el hastío: el hombre convertido en mero recurso. Los romanos veían a los esclavos como “instrumentum vocale”, herramientas que hablaban, pero no sentían. Los conquistadores españoles miraban el oro de los Andes sin ver los rostros de los incas que morían bajo el látigo. Los colonos ingleses contaban cabezas de esclavos africanos como barriles de ron. Y hoy, en pleno siglo XXI, el mundo sigue haciendo exactamente lo mismo con Venezuela, contando barriles de petróleo, toneladas de oro, kilos de coltán y diamantes antes de contar a los niños que duermen con hambre, a las madres que cruzan siete fronteras con un bebé que ya casi no llora, y a los ancianos que mueren solos porque sus hijos se fueron buscando el pan que aquí ya no había.

Esta inversión profana del orden natural, esta herejía abominable contra la esencia misma de la existencia, no es un mero error político ni un accidente fortuito de la historia: es el fruto más envenenado de las ansias de poder insaciables que devoran con idéntica voracidad desde dentro, en aquellos que han convertido la gobernanza en una obsesión ciega por controlar las llaves del subsuelo y desde fuera, en potencias, corporaciones transnacionales y fuerzas globales que contemplan nuestro territorio como un inmenso botín codiciado al servicio de sus ambiciones de dominio eterno.

Porque en el orden eterno del universo, donde el Creador colocó al espíritu humano como la corona radiante y mayordoma sagrada de toda la creación, y entregó sus tesoros como don generoso para multiplicar la vida y hacer fluir abundancia verdadera hacia todos, Venezuela se alza hoy como el espejo vivo de una transgresión espiritual que ha durado demasiado. La sabiduría ancestral y la revelación más elevada nos enseñan que ningún mineral, ningún barril, ninguna veta posee valor verdadero si antes no se restaura el pacto cósmico: el ser humano como fin último, imagen y semejanza de lo eterno, y las riquezas del subsuelo como instrumento humilde a su servicio. Cuando ese orden se invierte, cuando las ansias de poder colocan el subsuelo por delante del rostro humano, se rompe el equilibrio sagrado y la abundancia se convierte en vacío.

Llegó la hora de restaurar ese orden desde sus raíces más profundas, como un despertar espiritual y trascendente que devuelva al venezolano su lugar central en la creación. Y en este momento exacto de la historia, cuando María Corina Machado, hija fiel de esta Tierra de Gracia, ha surgido con la fuerza serena de una madre que ama y defiende a sus hijos, Venezuela tiene por fin la oportunidad histórica de cumplir ese mandato divino que nunca debió ser postergado.

Solo entonces, cuando el alma del pueblo vuelva a ocupar el lugar que por derecho eterno le corresponde, las riquezas que duermen en nuestro suelo dejarán de ser causa de codicia y se transformarán en instrumento sagrado de bendición compartida. Ese es el llamado que brota hoy desde el fondo más sagrado de nuestra existencia: devolver al venezolano su corona eterna, porque solo desde allí podrá surgir la verdadera riqueza que nunca se agota, la que se multiplica cuando se comparte, la que hará posible que un país entero se convierta en paraíso y que ese paraíso se ofrezca al mundo como testimonio vivo de que esta Tierra de Gracia siempre tuvo, tiene y tendrá para todos.” (Marzo 14)

* Publicado en su cuenta de X (@elhabito).