El déficit no es progresista

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El déficit no es progresista

Carolina Restrepo Cañavera*                                                                                                    

“Hay momentos en la historia en que los países deben decidir si quieren aplausos o estabilidad. No pueden tener ambos.

En 1980, el Reino Unido enfrentaba inflación desbordada, sindicatos capturando la política pública y un Estado que gastaba más de lo que podía sostener. Margaret Thatcher no ganó popularidad prometiendo más gasto. Hizo algo mucho más impopular: impuso disciplina fiscal.

No fue un debate ideológico. Fue una decisión contable.

Hoy, Colombia enfrenta un dilema similar, aunque en un contexto distinto. El gasto del Gobierno Nacional pasó de $315 billones en 2022 a cerca de $422 billones en 2025. Más de $100 billones adicionales en tres años. Y, sin embargo, el déficit sigue rondando los $114 billones anuales.

Eso no es progresismo.

Eso es desorden.

Cuando el gasto crece más rápido que los ingresos, el Estado tiene tres caminos: subir impuestos, endeudarse o emitir. En cualquiera de los tres, la cuenta la paga el ciudadano. No el gobierno. No el ministro. No el presidente.

El ciudadano.

Y hay algo más preocupante: el aumento no se concentra en inversión productiva. Crece el funcionamiento. Crecen los intereses. La inversión cae. Es decir, el Estado se vuelve más costoso, pero no necesariamente más eficaz.

Un Estado grande no es automáticamente un Estado fuerte.

Un Estado caro no es automáticamente un Estado justo.

La experiencia internacional muestra algo elemental: las economías que se estabilizan no lo hacen ampliando indefinidamente el gasto, sino controlándolo. No se trata de desmontar el Estado, sino de ordenarlo. No se trata de abandonar lo social, sino de financiarlo con sostenibilidad.

El déficit permanente no es una política social. Es una transferencia intergeneracional de deuda. Cada peso que hoy se financia con crédito es un peso que mañana no estará disponible para salud, educación o seguridad.

Y cuando la deuda aumenta, también lo hace el costo de servirla. Los intereses compiten con la inversión pública. El presupuesto deja de ser una herramienta de desarrollo y se convierte en una camisa de fuerza.

Eso no es teoría económica. Es aritmética.

Colombia necesita algo profundamente impopular pero profundamente responsable: disciplina fiscal. Evaluar el gasto, eliminar duplicidades, reducir rigideces, priorizar inversión y no funcionamiento. Proteger al sector productivo en lugar de asfixiarlo con más carga tributaria cuando el problema está en la calidad del gasto.

No se trata de importar modelos extranjeros ni de repetir recetas de los años ochenta. Se trata de entender un principio básico: ningún país se vuelve más justo siendo fiscalmente irresponsable.

El déficit no es una postura política. Es una cifra.

Y las cifras, tarde o temprano, cobran.

Cuidar el bolsillo no es una consigna electoral. Es una condición de estabilidad democrática. Porque cuando las cuentas públicas se desordenan, el margen de libertad económica se reduce, la inversión se frena y la clase media termina financiando errores que no cometió.

La verdadera responsabilidad no está en prometer más. Está en garantizar que lo que se promete se pueda pagar.

Y eso exige algo que hoy escasea: disciplina.” (Febrero 24)

* Publicado en su cuenta de X (@carorestrepocan).

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