
Carolina Restrepo Cañavera*
“Confieso que leo a Petro.
Y lo leo porque, cuando empieza a sentirse intelectual, me divierte.
Me divierte verlo convencido de que está escribiendo la historia en tiempo real, como si fuera una nota al pie de Lenin corregida por Hegel y proyectada hacia las estrellas.
Pero el problema no es su erudición de sobremesa.
El problema es la trampa.
Petro intenta hacer algo muy astuto: redefine “populismo” desde una discusión del siglo XIX en Rusia para concluir que él no es populista.
Cita a Lenin contra los narodnikis, menciona a Stalin, los kulaks, Kronstadt, la colectivización, la hambruna… y termina diciendo que no pretende construir socialismo en Colombia, que el socialismo nacería dentro del capitalismo desarrollado, casi como una evolución espiritual de la humanidad hacia la energía limpia y el diálogo entre civilizaciones.
Suena profundo.
No lo es.
Primero: el populismo no es una categoría leninista. Es una categoría política contemporánea que describe un estilo de liderazgo basado en la construcción de un “pueblo” moralmente puro enfrentado a unas “élites” corruptas, con concentración personalista del poder y desprecio por los contrapesos institucionales.
Eso no lo inventó Lenin. Lo estudian Laclau, Mudde, Weyland y prácticamente toda la teoría política moderna.
Y bajo esa definición, la vigente, el populismo no se mide por si el cree o no que el socialismo nace del capitalismo desarrollado.
Se mide por cómo ejerce el poder, cómo habla del adversario, cómo tensiona las instituciones, cómo convierte la política en un plebiscito permanente entre “el pueblo” y “los enemigos del pueblo”.
Ahí no hay Hegel que lo salve.
Segundo: Petro intenta diferenciar propiedad estatal de propiedad social, como si el problema histórico hubiese sido simplemente una confusión conceptual de Stalin. No. El problema no fue semántico. Fue de incentivos, de poder concentrado y de ausencia de límites institucionales.
No fue un error teórico: fue un sistema sin frenos.
Tercero: afirma que no pretende construir socialismo en Colombia. Sin embargo, su narrativa constante divide entre “ricos acaparadores” y “pueblo explotado”, entre “capital depredador” y “economía para la vida”, entre “neoliberales” y “demócratas verdaderos”.
Eso no es un debate académico.
Eso es construcción política identitaria.
Y eso, precisamente, es populismo.
Cuarto: termina elevando la discusión a la “hermandad humana” y a llevar la vida a las estrellas. Es una metáfora bonita. Pero gobernar no es escribir manifiestos cósmicos. Gobernar es ejecutar presupuesto, estabilizar deuda, respetar reglas fiscales, fortalecer seguridad jurídica y producir resultados medibles.
Ahí es donde la poesía se estrella contra la contabilidad.
Porque mientras habla de energía limpia e intelecto general de la humanidad, Colombia paga uno de los mayores costos de endeudamiento entre emergentes, la inversión privada cae y la incertidumbre regulatoria espanta capital.
Eso no lo resuelve el pensamiento colectivo del universo.
Lo resuelve la confianza institucional.
Petro puede citar a Lenin, a Hegel, a Trotski o a quien quiera.
Pero el populismo no se define por la bibliografía que menciona, sino por la manera como se gobierna.
Y ahí, la discusión no es filosófica.
Es práctica.
Y en la práctica, cuando el discurso construye enemigos morales internos, debilita contrapesos y convierte cada crítica en conspiración, estamos ante el manual clásico del populismo contemporáneo.
Puede llamarlo como quiera.
La historia no se reescribe con citas.
Se mide con resultados.” (Febrero 21)
(Cita de Gustavo Petro, @petrogustavo, de febrero 21: “El opinador de “el Colombiano” debe entender antes que nada, ¿qué es populismo?
El término lo leí por primera vez en un texto de Lenin que luchaba contra los populistas rusos, Stalin después los fusiló
La discusión era interesante. Los populistas decían que se podía pasar al…”)
* Publicado en su cuenta de X (@carorestrepocan).
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