Eduardo Mackenzie
Horas después de su entrevista con Donald Trump, el presidente Gustavo Petro se creyó libre de volver a sus obsesiones antiamericanas y a su juego preferido, bien conocido, de brindar un perfil ideológico que él solo tiene en apariencia.
Gustavo Petro es, por ejemplo, el representante de la “civilización” y de la lucha contra la “barbarie”. Estados Unidos y su gobierno encarnan “la barbarie”. Tal fue la caricatura que él trató de inculcar tranquilamente a los estudiantes estupefactos que acudieron a su improvisada charla en la Universidad de Georgetown.
En ese campus, Petro denunció un pretendido auge de la “barbarie” en el continente. Esa “barbarie”, según él, no es encarnada por Nicolás Maduro, ni por los regímenes hambreadores y belicosos de Cuba, Nicaragua, sino por la decisión de Trump de atacar el bastión militar donde Maduro y su esposa se escondían, para capturarlos y ponerle fin a 26 años de destrucción social y de hambre que padecen 32 millones de venezolanos.
El término “barbarie” le cae a la perfección a lo que Petro propicia en Colombia, con su política de favorecer, con el pretexto de la paz, el crecimiento exponencial de los narco-cultivos y la exportación de cocaína, sin hablar del refuerzo de la violencia de los carteles narco, de la ruina del sistema de salud, de la desmoralización del Ejército, del encarecimiento de la vida, del aumento de impuestos y de reducir la competitividad de los bienes que exporta Colombia. Petro traslada a otros tal cúmulo de traiciones y presenta ese caos como modelo de “civilización”.
Durante su entrevista en la Casa Blanca, Petro no se atrevió a lanzarle reproches a Donald Trump. Todo lo contrario, consciente de su situación crepuscular, Petro “se disolvió como una pastilla de Alka-Seltzer en un vaso de agua”, según la frase de Jaime Bayly.
Es difícil saber cuáles fueron los términos exactos de la discusión entre los dos presidentes pues los gobiernos respectivos no dieron detalles. Lo cierto es que pocas horas antes de esa reunión, Bogotá anunció que el jefe narco Andrés Felipe Marín Silva, alias Pipe Tuluá, había sido enviado a Texas donde lo esperaba un juez. Hasta ese momento, Trump había acusado a Petro de no combatir el narcotráfico e incluso de ser un líder en la producción de cocaína. Petro rechazó tales acusaciones.
Durante las casi dos horas que pasó con Trump, Petro fingió acatar las recomendaciones de éste: combatir el narcoterrorismo, restaurar las fuerzas armadas y no alterar las elecciones de 2026 en Colombia.
Trump dijo que ambos están trabajando en un acuerdo y en “algunas otras cosas también, incluyendo sanciones”.
“Tuvimos una reunión muy buena”, resumió al final en presidente estadounidense. Ante la pregunta de si trabajaría con Petro para combatir a los grupos guerrilleros y a las organizaciones narco-terroristas en Venezuela, Trump repuso: “Bueno, quieren que lo haga, y lo haremos”, pero advirtió que su administración está “trabajando muy bien” con el nuevo liderazgo venezolano. Petro y Trump se reunirán de nuevo el 3 de febrero para discutir sobre los esfuerzos conjuntos contra el narcotráfico.
Más tarde, Gustavo Petro, anunció en X que su gobierno no volverá a utilizar las cifras de la ONU sobre la producción de cocaína en Colombia, alegando que son exageradas, como decir que esa producción subió un 50% entre 2022 y 2023. El prefiere las cifras de la Policía Nacional. Esta pretende, contra toda evidencia, que dicha producción bajó un 56% en los últimos tres años. Así fue como Petro intentó demostrar que la Casa Blanca había sido injusta al descertificar a Colombia, en septiembre, por no luchar contra ese flagelo.
Al día siguiente de ese encuentro, Petro se fue de nuevo lanza en ristre contra Estados Unidos y la OEA por no haber ésta detenido “los misiles de Trump en Caracas” y en el mar Caribe. Según Petro, Caracas se convirtió en “la primera ciudad latinoamericana en toda la historia mundial en ser bombardeada”. Petro omitió detalles para no tener que discutir las causas de otros hechos de guerra: Panamá fue bombardeada el 20 de diciembre de 1989 para sacar al coronel Manuel Noriega, dictador narco que se había enquistado en el poder, y que accedió, a cambio de millones de dólares del cartel de Medellín, convertir a Panamá en una escala protegida para la exportación de cocaína hacia Estados Unidos.
Hudson Austin –agente de La Habana, con Maurice Bishop–, había militarizado la isla caribeña Granada donde tropas especiales cubanas construían un enorme aeropuerto para que los soviéticos masificaran el envío de armas a las guerrillas centroamericanas. Esa dictadura fue atacada y depuesta en 1983 por los marines por orden del presidente Ronald Reagan, con ayuda de tropas de Jamaica y Barbados.
En 1982, Port Stanley, capital de las islas Falkland, fue objeto de una incursión militar de Gran Bretaña, ordenada por Margareth Thatcher, para sacar a los soldados de la dictadura argentina que pretendían apoderarse de ese archipiélago, posesión británica desde1833. Ninguno de esos tres casos, como el de Caracas, fue un caso de barbarie.
¿Cómo es posible entonces que el candidato Iván Cepeda, que comparte esas ideas y se propone continuar el desastre colectivista de Petro, aparezca de la noche a la mañana como el campeón de la opinión pública? Según las encuestadoras, Cepeda aplasta a los 21 candidatos que dicen querer sacar al país del horror forjado por Petro. ¿Quién puede creer eso? Durante 16 años, el parlamentario del PCC, un partido que perdió su personería jurídica por falta de electores en 1998 y sólo la recuperó 23 años después, no propuso ni un proyecto de ley. Despilfarró su mandato negociando en cárceles con delincuentes para que dieran falsos testimonios contra el expresidente Alvaro Uribe. ¿Y él sería el primero o segundo en las intenciones de voto? ¿Quién puede creer que las oficinas de encuestas, alentadas por la falta de controles judiciales, están haciendo un trabajo correcto?
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