
Alexander Cambero
Un edificio sin aspavientos no hace brillar las pupilas del desenfadado transeúnte. El Centro de Detención Metropolitano se ubica en el 80 29th Street, Brooklyn, Nueva York 11232, Estados Unidos. Tiene una gran historia en el viejo sistema carcelario norteamericano. En sus celdas han purgado penas una serie de lúgubres personajes que con sus operaciones atentaron contra la sociedad.
Los fríos ladrillos fueron testigos de la llegada del reo Nicolás Maduro, acusado de múltiples delitos. Fue extraído de su refugio en Fuerte Tiuna en una acción militar impecable por parte de los Estados Unidos. Alto y de contextura gruesa, caminó entre la custodia que lo llevaba hasta su celda. Un área sin un cartel que diga presidente, ni siquiera el nombre del preso. Pasó de ser la figura preponderante con la frecuente aparición en el debate mediático a tener que responder a una numerología que llevan en el reporte del día. ¡Oh, morid, vanagloria de la vida en manos de la saeta de la muerte…! ´´Toda la gloria del mundo cabe en un grano de maíz´´ esbozaba como una clarinada José Martí, mientras viabilizaba la patria en su corazón.
¡Un hombre que fue de manera arbitraria el presidente del país reducido a un espacio de menos de cuatro metros! Aquel mandatario que voló por los cinco continentes con la membresía de una revolución en el poder, ahora con las alas cortas que hacen inútiles los recónditos deseos de emprender la huida. Por la acción tijerística de un eficaz sistema de justicia.
En el año 2018 viajó hasta Estambul para visitar el famosísimo restaurante Salt Bae del célebre chef turco Nusret Gokce. Disfrutó de los platillos, cada uno con un precio de quinientos dólares. Un insulto para toda una nación con los peores salarios del hemisferio. Vestía con ropas de acreditadas casas de moda francesas. Sacó un buen habano para después apurar un vino italiano Parini Montepulciano D’Abruzzo de una cosecha exclusiva. Mientras tantos miles de venezolanos rebuscaban en la basura el último vestigio de un hueso de pollo que se les escapó a los perros. El golpe de la realidad del hoy preso número 00734-506 es que recibe su ración diaria de alimentos a través de una rejilla. Ya no hay pompa ni platillos carísimos, tampoco es un ganador del premio Michelin a la excelencia gastronómica quien le cocina. Es simplemente una dieta general elaborada por humildes rancheras de Coahuila.
El insomne preso con los ojos fijos en el techo, no hay estrellas que mirar con la luminosidad del universo infinito. Un fuerte hormigón sostiene una estructura construida para servir de custodia. El pequeño recinto cuenta con una cama de hierro y un colchón nada cómodo. Una mesa para colocar libros que será de las cosas más inútiles en esta celda. Un texto debe ser para él, como la oración para el demonio, un enemigo que lo hace huir de manera despavorida, solo que es tan limitado el espacio que tendrá que sentarse en un rincón. Un uniforme nada particular. Ya no hay Gucci como sello de distinción. El Texas Correctional Industries (TCI) es el encargado de elaborar la indumentaria para los reos de este centro penitenciario desde 1994. Aquellos zapatos adorados de la acreditada firma de Salvatore Ferragamo ya no caben en los pies de un procesado en un mundo sórdido de iguales. Solo se acomodan unas anchas chanclas de goma compradas por lotes de manera anual en Williamsburg. Ahora tiene que lavar su propia ropa interior en la celda. Cada lunes recibe el detergente destinado para tal fin. Es el destierro cuando la desgracia tiene burbujas de jabón entre las manos que enjuagan con estrépito las piezas íntimas. Saber que quienes lo hacían en sus diferentes escondites en Caracas decidieron no regresar para evitar complicaciones. Ni siquiera para cobrar por su sigiloso trabajo se asomaron. Y por supuesto un inodoro de acero inoxidable que tiene que limpiar a diario. Seguramente, cuando estruja las paredes del excusado para dejarlo sin rastros, deberá recordar sus burlas para con muchos venezolanos que trabajaban como aseadores de baños en los Estados Unidos. Aquellos lo concebían como parte de un trabajo digno. Nicolás Maduro, obligado por las circunstancias de estar preso por múltiples delitos, tiene que hacerlo. Una prueba durísima cuando se confunden los roles en la vida.
La luz de día está disponible por tan solo media hora. Caminar para aprovechar cada segundo convertido en pasos lentos de quejumbrosa letanía. ¿Quién sería el Judas que mojó el pan en el plato? Del séquito secreto que disfrutaba de las bondades secuestradas al vulnerar la voluntad popular debe haber surgido quien trajo a los gringos en el fatídico 3 de enero, pensará el hombre tras las rejas neoyorquinas. Dos guardianes con radios en la cintura y armas con silenciador lo observan con meridiana precisión. Suena la alarma y ya no hay himno nacional y marchas militares. Es caminar con fuertes cadenas en los tobillos rumbo a la celda.
A pesar de su cruel destino, tendrá la posibilidad de un juicio justo. El que reiteradamente les negó a los presos políticos. Con abogados no impuestos, tampoco con elementos de dudosa capacidad profesional. La justicia hará su parte cumpliéndose el debido proceso, ese que se irrespetó por años en casos amañados, cargados de venganza, sin sustentación jurídica. Como el búmeran, aquel artefacto creado por antiquísimas culturas aborígenes australianas, que tiene la capacidad de devolverse para regresar a su lugar de lanzamiento. Todos terminamos pagándolo, sea bueno o malo.
Todavía quedan muchos capítulos en esta historia. Un país está cerca de lograr su libertad. Romper las cadenas que nos ataron a la desgracia y el miedo. Otros seguirán arrastrando los grilletes en los tobillos mientras los días caen como las hojas de otoño. Los años serán el horizonte de hormigón con poca luz y media hora para imaginar que se camina por un sendero que no sea la cárcel.
@alecambero
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