
Carolina Restrepo Cañavera
“Cada vez que alguien cuestiona un alza desbordada al salario mínimo, aparece el coro moralista a gritar: “¡Díganos usted cuánto gana!”. Como si el problema fuera quién lo dice y no lo que está diciendo. Como si advertir los efectos nocivos de una medida populista te convirtiera en enemigo del pueblo.
No. Basta de esta manipulación ruin.
Quien alza la voz frente a una decisión fiscal o laboral mal hecha no lo hace por egoísmo. Lo hace porque sabe que cuando se sube el salario mínimo por encima de lo que puede sostener la economía, los primeros en pagar el precio son los más vulnerables.
Las pequeñas empresas quiebran.
La contratación se frena.
La informalidad se dispara.
Y miles de jóvenes, madres cabeza de hogar y trabajadores sin experiencia se quedan por fuera del mercado laboral.
¿Y sabe qué es lo más grave? Que ellos lo saben. No es ignorancia: es cálculo.
Saben que esa narrativa simplista, “los ricos no quieren que los pobres ganen más”, enciende la rabia, genera aplausos baratos y alimenta su imagen de redentores. Pero detrás de ese discurso lo que hay es el uso más bajo del dolor ajeno: instrumentalizar el hambre para ganar poder.
Esto no es defensa de los trabajadores.
Esto es utilizar a la gente como carne de cañón.
Un verdadero defensor del ingreso digno no prometería lo que termina destruyendo empleo. Un verdadero líder no juega con el sustento de millones para sostener su relato heroico.
Esto no es ignorancia.
Esto es populismo.
Esto es mala leche.
Esto es miserableza.” (Enero 2)
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“La ideología es cómoda cuando el Excel no aprieta. Desde un escritorio o una tarima, cualquiera puede construir una utopía. Pero las empresas no se sostienen con consignas. Ni la productividad sube por decreto.
El problema no es que se quiera mejorar el ingreso. El problema es no entender o fingir no entender, que cuando sube el salario mínimo por encima de la productividad, no se está ayudando a los trabajadores: está dejando a miles por fuera del mercado laboral.
Los efectos ya los conocemos. Los vive cada pequeña empresa que no puede contratar. Cada joven al que no le dan la oportunidad. Cada madre cabeza de hogar que termina en la informalidad.
Y sí: hay sectores intensivos en mano de obra. Y sí: hay ramas donde el impacto es mayor. Pero decir que eso se compensa mágicamente porque aumenta la “demanda agregada” o porque los “empresarios no subirían los precios” es, francamente, una burla a la inteligencia de este país.
Los empresarios no son entidades de beneficencia. Son agentes económicos que responden a costos, riesgos y márgenes. Si vender más implica perder más, no venderán. Y si contratar más implica quebrarse, no contratarán.
La sustitución de importaciones ya fue ensayada en América Latina. Fracasó. Porque sin competencia, no hubo productividad. Y porque no basta con producir: hay que producir bien, barato y con escala. El mundo no está esperando a Colombia para comprarle motos eléctricas.
Y el sueño de que el Estado subsidie todo con tasas blandas, sin inflación ni déficit, es exactamente eso: un sueño.
Lo peor no es el error económico. Es la perversidad moral: disfrazar el populismo de compasión, usar al hambre como argumento, y al trabajador como escudo humano. Eso no es dialéctica.
Eso es demagogia.
Y de la peor.” (Enero 2)
(Cita de Gustavo Petro, @petrogustavo, de enero 1: “Has explicado bien el impacto en los precios en las ramas productivas y de servicios intensivas en fuerza de trabajo. Lo dije ayer a partir de las categorías relación técnica del capital con el trabajo en un proceso productivo, o el de la economía política: el capital constante x.com/jorpppp/status…”)
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* Publicados en su cuenta de X (@carorestrepocan).
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