
Carlos Salas Silva
Una operación quirúrgica ocurrida en la madrugada del 3 de enero trajo un alivio inmenso a muchos y la indignación de unos pocos. Un tumor maligno fue extirpado y pasa hoy a patología, justo cuando comienza la audiencia en la corte de Nueva York. Aunque su malignidad ya es conocida, ese tumor guarda en su interior mucho que revelar, para desgracia de sus compinches, especialmente de aquellos que han pretendido pasar de agache durante el reinado de terror del criminal que ha sido extraído de manera magistral, con una precisión quirúrgica pocas veces vista, en lo que ya se califica como la operación militar más importante desde la Segunda Guerra Mundial.
Pareciera que el director de este operativo cinematográfico hubiera seguido un guion que se deleita en la espera, la tensión, las sorpresas y un desenlace que juega con la idea de posibles finales. Otra forma de ver —y de intentar entender— la trama es asumir que Donald Trump anhela pasar a la historia, y que lo está logrando a punta de persistencia y sagacidad. Resulta apasionante seguir el rumbo de los acontecimientos, con sus tiempos muertos y sus desenlaces precipitados cuando llega la hora, como ocurrió con la llegada lenta y segura del descomunal equipo militar al mar Caribe y los golpes certeros a las lanchas cargadas con toneladas de cocaína, que han llevado a la casi total desaparición del tráfico marítimo de esta droga asesina.
Como era de esperarse, han surgido voces que reclaman derechos humanos y soberanía de las naciones. A pesar de conocer de memoria sus letanías, no dejan de ser ridículas para quienes aplaudimos acciones efectivas que hacen más por la democracia que todo el blablablá de una izquierda acomodaticia y de una derechita cobarde, ambas cómplices de quienes han llevado al desastre a la región desde la conformación del Foro de São Paulo.
Las cosas se han puesto muy interesantes en un momento que algunos califican como el comienzo del fin de la pesadilla. Se ha tomado un tiempo que, contado en apenas meses, resulta insignificante si se compara con las décadas del horror comunista que han asolado la región y, de manera especial, a la joya de la corona que siempre ha sido Colombia.
El destino comienza a jugar a nuestro favor. Hemos tenido que pagar un precio muy alto con la llegada al poder del nefasto Petro, pero el tiempo empieza a mostrarnos que ese costo es poco en comparación con el que han pagado Cuba, Venezuela o Nicaragua. Que el cáncer haya sido extirpado a tiempo y que la quimioterapia que viene —con la que se aniquilará y se “destripará” a la mafia criminal— nos permita abrir un camino hacia el progreso que significará riqueza y oportunidades, y con ello el fin de una pobreza que solo trae sumisión.
A aquellos que se rasgan las vestiduras ante la imagen de Maduro y su mujer encadenados les digo que sus lágrimas de cocodrilo no conmueven a nadie. La fiesta se les acabó. Lo que viene para ellos es una justicia implacable que solo bajo la batuta de Trump podrá aplicarse con todo rigor. Y a quienes consideran que la intromisión de Estados Unidos es un acto imperialista les digo que están muy equivocados, que la visión antiyanqui de los años sesenta quedó en un pasado que no queremos repetir. Ya son pocos los que se tragan ese discurso que, por más que se camufle de nacionalista, no deja de mostrar su verdadero significado: el mismo con el que se han venido justificando las mayores atrocidades.
Por muy espectacular que sea lo que estamos presenciando, está lejos de ser un simple espectáculo. Es una realidad que nos confronta con la tolerancia que el mundo ha tenido frente a sátrapas como Maduro. Es un punto de inflexión. El tumor ha sido extirpado; ahora comienza un proceso que requiere atención y cuidado para lograr terminar, de una vez por todas, con los actores de la violencia del narcoterrorismo y con los gobiernos corruptos arrodillados ante ellos.
La posibilidad histórica que se nos presenta no puede quedar en manos de tibios. No es momento para neutralidades ni para posiciones cómodas cuando existe la posibilidad de romper el ciclo de terror y sumisión que ha marcado a generaciones enteras. Es una oportunidad histórica que no se puede desperdiciar.
Por eso, el candidato que no entienda lo que está ocurriendo, que no asuma sin rodeos de qué lado de la historia quiere estar, no está capacitado para dirigir la nación en los decisivos cuatro años del próximo mandato presidencial. No es tiempo de tibios ni de calculadores. La quimioterapia está en marcha. Y esta vez, a diferencia de otras, iremos hasta el final como bien lo dice María Corina.
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