La ruleta electoral

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La ruleta electoral

Ernesto Macías Tovar                                                                                           

Hay un desfile de vanidades: personajes que quieren figurar, probar suerte o montar su propio emprendimiento político temporal.

Tras el Frente Nacional, cuando la convivencia en el poder desdibujó las líneas doctrinales de liberales y conservadores, comenzó en Colombia un deterioro progresivo de la identidad ideológica. Aquella fórmula bipartidista, que en medio del pacto de gobernabilidad terminó en una connivencia electorera, dejó un legado inequívoco: la dilución de fronteras entre colectividades que hasta entonces presumían de convicciones sólidas.

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A ello se sumó el giro político de la Constitución del 91, con su noción de “democracia participativa”. Lo que buscaba ampliar la representación terminó convertido en un laboratorio desbordado de partidos y movimientos. Y la figura del “grupo significativo de ciudadanos” se transformó pronto en un atajo para la proliferación de microempresas electorales sin sustancia programática.

El Consejo Nacional Electoral, permisivo hasta la indulgencia, completó la faena: repartió personerías jurídicas a diestra y siniestra hasta llegar a 35 “partidos”. El resultado: las ambiciones personales sepultaron cualquier vestigio de ideología. La política se volvió un bazar donde lo que menos importa es el pensamiento.

Hoy es difícil delimitar con claridad qué es derecha, qué es centro y qué es izquierda. No tanto por la evolución natural de las ideas, sino por la puerta giratoria de políticos que transitan sin rubor de un extremo al otro según la conveniencia coyuntural. Un dirigente puede proclamarse hoy derechista; mañana, de centro, y pasado mañana, progresista; se volvió normal. Los ejemplos abundan.

El centro, antes concebido como una corriente con matices propios, terminó convertido en refugio cómodo para quienes buscan escapar del desgaste de su sector. Y para facilitar la mudanza, se multiplicaron las etiquetas: extrema derecha, derecha, centroderecha, centro, centroizquierda y extrema izquierda. Una paleta interminable de tonos que, en la práctica, dicen poco y confunden mucho.

Falta, y mucho, un liderazgo estructuralmente sólido, con experiencia en el manejo del Estado, temple político y

la credibilidad para garantizar estabilidad en el peor momento de la Patria.

Ante semejante maraña, frente a las encuestas, buena parte de la ciudadanía opta por lo más simple: irse a los extremos. Claro ejemplo es el registro actual, donde aparecen encabezando las preferencias Iván Cepeda –extrema izquierda– y Abelardo de la Espriella –extrema derecha–. El potencial elector, cansado del maquillaje discursivo y del oportunismo camaleónico, se inclina por mensajes duros, coherentes o no, pero complacientes en la coyuntura.

Algunos opinan que la proliferación de aspirantes presidenciales –más de cien– es prueba de la vitalidad democrática del país. Es un argumento ingenuo. Lo que hay, más bien, es un desfile de vanidades: personajes que quieren figurar, probar suerte en la ruleta electoral o montar su propio emprendimiento político temporal. Falta, y mucho, un liderazgo estructuralmente sólido, con experiencia en el manejo del Estado, temple político y la credibilidad para garantizar estabilidad en el peor momento de la patria.

En la oposición, el debate no debería centrarse en escoger entre extrema derecha, derecha o centroderecha. La nación exige identificar a quien pueda sacar al país del socavón; no por promesas de campaña –prometer es gratis–, sino por lo que acredite su trayectoria. El título de estadista no se compra ni se improvisa.

Cuesta entender que decenas de precandidatos opositores se mantengan. Mientras en la izquierda Petro los alineó –aunque algunos quedarán por fuera– y los que se ubican en el centro tantean fórmulas de unidad, en la derecha el panorama es anárquico: todos dicen querer unirse, cada uno a su conveniencia. Pareciera que el país les importa poco. Lo responsable es que la mayoría den un paso al costado; cada uno sabe lo que no tiene. Y los pocos que queden, vayan a consulta en marzo.

Lo advirtió en estas páginas el exvicepresidente Germán Vargas Lleras al señalar que “por el espejismo de ganar”, muchos se niegan a construir un mecanismo serio y efectivo, y que esa mezquindad solo conduce a entregarle la elección al petrismo. Y su frase final lo dice todo: “El país no merece este nivel de irresponsabilidad”.

24.11.2025

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