
Carolina Restrepo Cañavera
“Populismo jurídico: el caso De la Espriella y el contrato Gripen
Puede que Abelardo de la Espriella sea penalista.
Pero clase de contratos, al menos en teoría, sí la debió haber visto.
Ayer publicó en X una solicitud formal dirigida a Estados Unidos para que imponga un “veto temporal” a la compra de 17 aviones Gripen por parte de Colombia, argumentando que estas incluyen motores fabricados por General Electric. En su carta digital, solicita que el contrato quede congelado hasta que asuma el nuevo gobierno en 2026 y se revise su conveniencia “con el acompañamiento del Departamento de Guerra de los Estados Unidos”.
No hay forma elegante de decirlo: esto es absurdo jurídico vestido de heroísmo digital.
Y lo más grave no es que lo diga.
Lo grave es que haya quienes lo aplaudan.
El derecho no funciona así.
El contrato internacional entre Colombia y Suecia, firmado para la adquisición de los Gripen, no puede ser suspendido por un tercero que no es parte del acuerdo. Ni el Doctor De la Espriella, ni el Departamento de Defensa de EE. UU., ni ningún espectador político de turno.
Las relaciones contractuales no se rigen por indignación ideológica. Se rigen por consentimiento, objeto, contraprestación y cláusulas expresas. Y en este caso, Estados Unidos no es parte contratante.
¿Que el contrato involucra componentes norteamericanos? Sí. ¿Qué puede requerir licencias de exportación o aprobaciones? También. Pero nada de eso le otorga a un abogado colombiano la legitimidad para pedir que se suspenda un contrato soberano, firmado entre dos Estados, desde la tribuna de las redes sociales.
Esto no es derecho. Es populismo jurídico.
El populismo jurídico es el uso distorsionado del lenguaje legal para agitar emociones, manipular audiencias o proyectar autoridad donde no hay competencia.
Es cuando el abogado deja de ser intérprete de la ley y se convierte en personaje de sí mismo.
Cuando ya no argumenta, sino declama.
Cuando reemplaza la norma por la narrativa.
Y ese populismo es tanto más peligroso cuando viene de quienes sí estudiaron Derecho, porque saben exactamente qué están desfigurando.
Lo más revelador de esta escena no es el trino en sí, sino el aplauso automático de quienes, por rabia contra el gobierno, pierden el sentido de lo básico.
Y esto hay que decirlo con claridad: criticar al poder es necesario.
Pero manipular el derecho para hacerlo, no.
No todo el que se pone la toga representa la legalidad.
No todo el que cita artículos defiende la justicia.
Y no todo el que habla de soberanía tiene idea de lo que implica un contrato internacional.
Lo de ayer no fue una opinión. Fue una solicitud a potencias extranjeras para intervenir un contrato entre Colombia y Suecia, con argumentos sin sustento, sin legitimidad, sin competencia y sin pudor.
Y si esa es la manera en que algunos piensan hacer campaña, conviene dejar esto claro desde ya: los países no se gobiernan desde el show, ni se construyen a punta de aplausos.
Se gobiernan con instituciones, con técnica y con respeto por el derecho.
Y eso, precisamente eso, fue lo que ayer se perdió.” (Noviembre 18)
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“¿Qué es esta mediocridad?
Desde que publiqué mi columna desmontando el disparate jurídico de pedirle a Estados Unidos la suspensión de un contrato internacional entre Colombia y Suecia, la reacción no se hizo esperar. Y no me refiero al debate serio, que sería bienvenido. Me refiero a otra cosa. A esa oleada de comentarios donde la ignorancia, el fanatismo y el populismo jurídico se mezclan en una sola frase:
“¿Y usted qué tiene que ver ahí?”
Y esa pregunta, aunque torpe, es reveladora. Porque pone al descubierto algo mucho más profundo: el nivel de mediocridad en el que ha caído el debate público. Gente que no conoce el contrato, que no ha leído una cláusula, que no entiende cómo funciona la soberanía jurídica, pero que grita con furia si alguien les interrumpe el coro. Como si hablar con solvencia técnica fuera un delito. Como si no tuvieras derecho a opinar si no formas parte de la manada.
Lo que molesta no es que uno piense. Lo que molesta es que lo haga bien.
Molesta que no pertenezca a ningún bando.
Molesta que no esté comprada.
Molesta que hable con autoridad sin pedir permiso.
Molesta que lo que uno diga no se pueda refutar… y entonces solo les queda intentar descalificarte.
La estrategia es vieja: te acusan de defender al gobierno, aunque no lo hayas hecho, te mandan esquemas de aviones y banderitas como si eso resolviera un debate jurídico, te gritan traidora, tibia o vendida. Pero nunca entran al fondo. Nunca discuten el argumento. Nunca responden con derecho. Solo con rabia.
Y eso no es solo patético. Es peligroso.
Porque es exactamente así como el populismo jurídico se instala: cuando se normaliza que los gritos sustituyan a las razones, que el show reemplace al contrato, que la sospecha mate al conocimiento.
Yo escribí lo que escribí porque puedo, porque sé, y porque quiero que este país deje de ser rehén de discursos huecos envueltos en bandera. Porque lo que se firmó entre Colombia y Suecia y que el gobierno tendrá que mostrar, como debe, no se invalida por trinos ni se congela por capricho.
Y decirlo no me convierte en aliada de nadie.
Me convierte en abogada.
Y en ciudadana.
Así que no me pregunten más qué tengo que ver.
Tengo todo que ver.
Porque esto también es mío.
Y no se los pienso dejar.” (Noviembre 18)
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* Publicado en su cuenta de X (@carorestrepocan).
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