“No hay cielos abiertos para narcotraficantes”

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“No hay cielos abiertos para narcotraficantes”

Elizabeth Sánchez Vegas*                                                                              

“No hay cielos abiertos para narcotraficantes”

Cuando @Almagro_OEA2015 corre la cerca de lo permitido en nombre de la seguridad.

En el X aniversario de IDEA, Luis Almagro, exsecretario general de la OEA (2015–2025) y hoy director del Observatorio para la Democracia del Instituto Casla, soltó una frase que no es solo un buen titular, sino un movimiento de placas tectónicas en el lenguaje de la región. Consultado sobre los bombardeos a presuntas lanchas de narcotraficantes, respondió que no los cuestiona porque “no hay libertad de navegación ni cielos abiertos para los narcotraficantes”. Y remató: “hay que preservar la seguridad en la región” y no es viable conceder facilidades de movimiento a grupos criminales cuando se imponen condiciones estrictas al resto.

Que lo diga Almagro importa, y no suena descabellado si uno sigue el hilo: mientras los Estados aprietan controles a ciudadanos, empresas, vuelos comerciales y cargas legales, no tiene ningún sentido dejarle mar y cielo despejados a las redes que financian dictaduras, compran lealtades y vacían instituciones. En el fondo, su frase toca algo que ya es evidente: el narco dejó hace rato de ser “delincuencia común” para convertirse en una estructura de poder que se mueve por el territorio y el espacio aéreo como si fueran de su propiedad. Tratarlo como amenaza estratégica y no como simple crimen organizado no es una exageración retórica; es ponerle nombre a lo que, de hecho, ya está ocurriendo.

Pero el peso de sus palabras no es solo técnico, es político. Durante diez años, Almagro fue el rostro más visible del sistema interamericano: vio de cerca cómo se consolidaban narco-dictaduras, cómo se vaciaban democracias por dentro y cómo la diplomacia maquillaba, una y otra vez, la penetración del crimen organizado en el Estado. Que ahora diga, sin matices, que los narcos no tienen “libertad de navegación” funciona, de facto, como un aval político para que los gobiernos del hemisferio se sientan con más respaldo a la hora de usar la fuerza contra esas redes. No es un académico opinando en abstracto; es el exjefe de la OEA corriendo la línea de lo que se considera aceptable.

¿Es válido lo que plantea? En su núcleo, sí. Es legítimo afirmar que quien se dedica a traficar droga, financiar violencia y sostener regímenes criminales no puede reclamar los mismos “derechos de circulación” que un actor lícito. El derecho internacional jamás se pensó para proteger la logística del narco. La coherencia que Almagro reclama es clara: si el mundo se blinda, no puede seguir regalándole aire y mar a las mafias.

Sobre su figura, la discusión no es nueva: Almagro lleva años enfrentándose a los regímenes de Venezuela, Nicaragua y Cuba, y eso le ha ganado tanto apoyos fervorosos como críticas feroces. Sus palabras pesan porque no vienen de un halcón cualquiera, sino de quien durante diez años fue árbitro del tablero hemisférico y hoy se planta, sin rodeos, del lado de quienes exigen una respuesta mucho más firme frente a la alianza entre crimen organizado y poder político. Si la región decide tomarse en serio esa lógica de “cielos cerrados para los narcos”, el verdadero desafío será aplicarla sin hipocresías y sin convertir la bandera de la seguridad en coartada para nuevos abusos. Estos años dejaron algo brutalmente claro: cuando el narco se instala como estructura de poder, ya no está en juego un cargamento más o un cargamento menos, sino quién manda de verdad: si los ciudadanos con su voto o las mafias con sus lanchas y sus dólares sucios. De eso se trata al final: de decidir si este continente lo van a gobernar las democracias… o los carteles.” (Noviembre 12)

* Publicado en su cuenta de X (@elhabito).

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