Venezuela será libre

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Venezuela será libre

Elizabeth Sánchez Vegas*                                                                                          

“Venezuela será libre: el mapa que trazó María Corina en Miami

En el escenario del American Business Forum en Miami, un foro pensado para hablar de inversiones terminó convertido en algo más: campo de estrategia de una guerra por la libertad. En la pantalla, una mujer que no puede caminar tranquila por su propio país; frente a ella, un auditorio que la escucha con la seriedad con la que se escucha a quien encabeza una causa nacional. María Corina Machado, Nobel de la Paz 2025, hablaba desde la clandestinidad y, con la firmeza serena que la caracteriza, iba trazando el día después de la narcodictadura.

Cuando Francis Suárez, alcalde de Miami, le preguntó qué significaba para ella el Premio Nobel de la Paz, pudo haberse refugiado en el yo. En cambio, desplazó el foco de inmediato: no era solo un honor personal, era un reconocimiento a la valentía de una nación que se plantó frente al peor régimen criminal de la región. En su respuesta cabían los valores que ha repetido por años y que ahora ya suenan a programa de Estado: dignidad, familia, trabajo, justicia, libertad y esa urgencia íntima y política de devolver a los hijos a su país y reunir otra vez a las familias rotas por el exilio. El Nobel, dijo, también pertenecía a quienes han confiado en Venezuela, la han acompañado desde adentro y desde afuera. Nada de culto a la personalidad: culto a una causa.

Cuando llegó el tema del fraude electoral, sus palabras se volvieron radiografía de la resistencia. Suárez recordó que ella “hizo lo imposible” al demostrar que las elecciones en Venezuela habían sido un engaño monumental. Ella respondió contando lo que muy pocos países han tenido que hacer para defender un voto: organizar más de un millón de voluntarios en todo el territorio, convertir un movimiento ciudadano en la estructura más robusta del país, contrabandear computadoras, escáneres e impresoras para romper el cerco tecnológico del régimen y montar una red paralela de transmisión de actas. En menos de 24 horas, el país y el mundo pudieron ver la victoria real, abrumadora, que el sistema trató de ocultar. Ellos tenían el aparato del miedo, explicó; del lado ciudadano estaba la verdad, y la hicieron visible.

El giro más contundente llegó cuando le preguntaron por la estrategia de Donald Trump: designar a los carteles como organizaciones terroristas transnacionales, duplicar la recompensa por Nicolás Maduro, desplegar fuerzas militares en el Caribe. María Corina zanjó cualquier ambigüedad: Maduro no es un jefe de Estado legítimo, es el jefe de una estructura narcoterrorista que declaró la guerra al pueblo venezolano y a las democracias de la región. Esa maquinaria se alimenta del tráfico de drogas, del contrabando de armas, del lavado de dinero y de la trata de personas. La operación en curso, dijo, apunta al corazón financiero de esa red y protege a millones de personas, desde venezolanos hasta ciudadanos estadounidenses y latinoamericanos. Maduro inició esta guerra; el presidente Trump la va a terminar.

Cuando la conversación se movió hacia China, Rusia e Irán, dejó de ser un análisis y se convirtió en advertencia estratégica. Venezuela, explicó, se transformó en cuartel general de los adversarios de Estados Unidos y de sus redes criminales. Irán usa el territorio venezolano como satélite en el corazón del continente: allí se entrenan fuerzas de la Guardia Revolucionaria, se construyen drones armados, se lavan fondos de organizaciones como Hezbolá y se reparten pasaportes venezolanos que circulan por la región y el mundo. Rusia aporta armas, inteligencia, tecnología y agentes operando en suelo venezolano. China, pionera en los grandes préstamos, obtuvo algo aún más sensible: acceso privilegiado al estudio de los recursos minerales del país, desde el oro hasta las tierras raras. Esa información estratégica, recordó, hoy está en manos de Pekín. No habló de amenazas abstractas, habló de operaciones concretas a tres horas de avión de Florida y de una transición que no solo cambiará a Venezuela por dentro, sino que desmantelará esa plataforma hostil y la convertirá en el aliado más firme de las democracias occidentales.

Suárez la llevó entonces a un escenario hipotético: ¿qué haría si Maduro la llamara para reconocer la derrota y pactar una transición? Ella recordó que esa puerta ya se abrió una vez y fue cerrada de un portazo por el régimen. Tras la victoria arrasadora, le ofrecieron negociar una salida ordenada, y la respuesta fue una represión sin precedentes: casas marcadas, desaparecidos, torturas, más de 170 presos políticos, muchos de ellos compañeros de lucha. Aun así, dejó claro que la transición llegará, con o sin Maduro, y detalló dos tiempos. Las primeras 100 horas: tomar el control elemental del Estado, asegurar la protección de la población, resguardar las fronteras y liberar a todos los presos políticos. Los primeros 100 días: volcar todos los esfuerzos en atender a la gente, garantizar combustible, seguridad y medicinas, y empezar a poner orden en una economía devastada. Con una clave: todo será público. “La transparencia es la esencia de la confianza”, afirmó, mirando de frente a los empresarios que la escuchaban en sala y a los inversores que, tarde o temprano, tendrán que decidir si apuestan por la reconstrucción de Venezuela.

Cuando le pidieron que explicara el impacto de la transición, ya no habló solo en términos de seguridad o macroeconomía. Dijo que será el mayor legado para las próximas generaciones y empezó por lo más doloroso: un país con el 80 % de su población bajo la línea de pobreza, donde los niños van a clases dos veces por semana, a pesar de tener las mayores reservas de petróleo del mundo. Frente a ese contraste obsceno, ella ofrece un giro radical: convertir el miedo en esperanza, la pobreza en oportunidad y la diáspora en fuerza de retorno. Venezuela, prometió, se transformará en escudo de seguridad en el centro del continente, desmantelando carteles, redes criminales y estructuras terroristas que hoy operan desde su territorio. Pero también será un gigantesco campo de oportunidades: habla de una ventana de inversión de 1,7 billones de dólares en hidrocarburos, minería, infraestructura y energía; de 17 GW de potencial energético; de un país que no solo vende combustibles, sino que se integra a la tecnología, la inteligencia artificial y las cadenas globales de valor. Al mismo tiempo, abre la puerta al turismo con cientos de kilómetros de costa caribeña esperando desarrollo serio, y anuncia un amplio programa de privatizaciones con garantías de seguridad jurídica. Venezuela dejará de ser un Estado criminal para convertirse en frontera de innovación y riqueza.

Una y otra vez estira el mapa más allá de sus fronteras. La causa venezolana, repite, es también la causa cubana y nicaragüense. La liberación de Venezuela traerá consigo la de Cuba y Nicaragua, y por primera vez en la historia, el continente americano podrá declararse libre de comunismo, dictaduras y narcoterrorismo. No es un eslogan regionalista: es un mensaje a los gobiernos que todavía dudan, y a las sociedades que miran a Venezuela como un problema ajeno. Lo que ocurre, o no ocurre, en Caracas se sentirá en La Habana, en Managua, en Miami, en Ciudad de México, en Bogotá, en todo el hemisferio.

Al hablar de Brasil, México y Colombia, su tono cambia de la denuncia al diseño de alianzas. Brasil, dice, es pieza clave para la región, y la relación que propone va más allá del comercio: inversión, migración, defensa compartida del Estado de derecho. Con México, el vínculo es un desafío compartido: desmantelar los carteles y el corredor de drogas que cruza ambos países. Con Colombia, la ecuación es directa: ese país no tendrá paz duradera hasta que Venezuela sea libre. La frontera común, hoy convertida en zona franca para grupos armados, deberá transformarse en un espacio bajo control estatal y cooperación real. Y en medio de ese análisis, se toma el tiempo para agradecer a la sociedad colombiana por haber recibido a millones de venezolanos, darles casa, trabajo, comunidad. Ese gesto, subraya, ha tejido una unión aún más profunda entre ambos pueblos.

Hay una cifra que atraviesa cada una de sus respuestas como un luto silencioso: un tercio del país se fue. Cerca de nueve millones de venezolanos, muchos de ellos viviendo en Florida. A ellos les habla con una mezcla de gratitud y promesa. Agradece a la comunidad de Florida, maestros, dueños de negocios, periodistas, líderes políticos, por abrir escuelas, empresas y hogares. Nombra aliados por su nombre y apellido y les regala una frase que pesa más que cualquier placa: este Nobel también es de ustedes. Ustedes son parte de la historia de victoria que se está escribiendo, y la historia recordará lo que hicieron por la libertad y la justicia.

Al final, cuando el auditorio ruge y ella no puede escuchar los aplausos por un problema técnico, Francis Suárez se convierte en traductor de emociones: le repite que la están vitoreando, que el público está de pie. Ella sonríe, agradece y vuelve a la línea que la persigue desde hace años y hoy suena menos a sueño y más a agenda: Venezuela será libre. Algún día, dice, se abrazarán en “mi maravilloso país” y esta diáspora dejará de ser solo exilio para convertirse en algo distinto, luminoso y difícil de explicar en una sola palabra: una generación que se fue para volver con más fuerza, a reconstruir una tierra que dejó de ser botín de una mafia para convertirse, por fin, en lo que su nombre siempre prometió: una verdadera tierra de gracia.” (Noviembre 5)

* Publicado en su cuenta de X (@elhabito).

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