
Martin Eduardo Botero*
“El presidente y el olvido: cuando el verdugo pretende dar clases de historia
Cuarenta años después del holocausto del Palacio de Justicia, el presidente Gustavo Petro eligió el silencio donde debía haber respeto, y la negación donde debía haber duelo.
Su mensaje, disfrazado de argumento forense, fue una herida abierta en la memoria de un país que todavía llora a sus jueces.
El 6 de noviembre de 1985 no fue una fecha política: fue un cataclismo moral.
Ese día, once magistrados de la Corte Suprema de Justicia fueron masacrados por el fuego cruzado que provocó una acción terrorista planeada, ejecutada y defendida por el grupo insurgente M-19, al cual el hoy presidente perteneció.
Fue una masacre contra la justicia misma, contra la palabra, contra el derecho.
El crimen no fue solo físico: fue simbólico. Se intentó destruir el templo de la ley.
Y, sin embargo, en el aniversario del horror, Petro decidió hablar de “balas de diferente marca”, como si la tragedia pudiera dividirse entre calibres, o la culpa, entre peritos.
El presidente no habló de responsabilidad, sino de exculpación técnica.
Pero los crímenes de lesa humanidad no se absuelven con peritajes: se enfrentan con verdad y arrepentimiento.
El Derecho Internacional Humanitario lo establece con claridad: quien inicia una acción armada contra instituciones civiles es responsable de todas las consecuencias previsibles de su acto, aun si no disparó el último tiro.
El M-19 tomó rehenes, sitió la Corte, y desencadenó el infierno.
Ese hecho basta para configurar un crimen contra el Estado de Derecho.
La palabra presidencial debía haber servido para sanar; se usó para reabrir la herida.
Porque no hay mayor insolencia que la del victimario que pretende dar clases de historia a las víctimas.
Y porque una República no puede tener por presidente a quien relativiza la barbarie que decapitó su justicia.
Colombia no necesita un gobernante que se justifique: necesita un hombre que sepa pedir perdón.
La justicia que ardió en el Palacio no puede resucitar, pero su memoria sigue siendo el cimiento moral de nuestra democracia.
Olvidarla es traicionarla.
Negarla es continuar el crimen.
Hoy, como hace cuarenta años, la patria clama por decencia, por dignidad y por verdad.
Y ante el intento de reescribir la historia, la respuesta debe ser una sola:
los magistrados no murieron por error; murieron por defender la justicia.
Amen.” (Noviembre 6)
(Cita de Gustavo Petro, @petrogustavo, de noviembre 6: “El informe científico forense hecho por la justicia colombiana sobre los cadáveres de los magistrados asesinados en el Palacio de Justicia o fuera de él, y dado que las armas usadas por el M19 eran de marca diferente a las usadas por el estado, determinó que ninguna bala x.com/elespectador/s…”)
* Publicado en su cuenta de X (@boteroitaly).
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