
Alfonso Monsalve Solórzano
Petro está desesperado porque está perdiendo a Colombia. Pero eso no significa que no haga nada o que lo que realice sea despreciable. Al contrario, una bestia herida puede ser muy peligrosa y el país debe estar preparado para su arremetida final, porque puede ser muy lesiva. Con este hecho y esta advertencia en mente, debemos analizar lo que ocurre y, de ahí, deducir qué hacer para sacarlo definitivamente del poder en 2026, o, antes, si nos pone en una situación crítica de colapso inminente, dentro de la constitución y la ley.
Dicho eso, hoy me concentraré en el asunto de la propaganda. Petro avanza y acelera su plan de desestabilizar a Colombia y generar el caos para imponer su “proyecto” antidemocrático en el 2026, en su estrategia de basar su campaña en producir el más radical sentimiento antiimperialismo contra Estados Unidos entre los colombianos.
Esta semana que terminó hizo cuatro movimientos estratégicos.
El primero, fue en su discurso ante la ONU, donde mostró, otra vez, su disfraz ideológico, ese con el que justifica su alianza con el narcotráfico nacional, venezolano y global: su “lucha” contra el capitalismo. Se declaró comunista, para más señas, trotskista, cuando criticó que Stalin se hubiese decidido por la revolución en un estado, la Unión Soviética, en lugar de expandir la revolución global (en términos de Petro), cuando negoció en Yalta, con Churchill y Roosevelt (febrero de 1945); y Potsdam, con Churchill y Truman (finales de julio y comienzos de agosto del mismo año) la división de Europa, al final de la Segunda Guerra Mundial: “Ya no da más. Y ya no da más porque el mismo capital se volvió global, no estatal. El socialismo de Stalin debió de volverse global y no estatal, pero Stalin no tenía las entendederas para ello y creyó más en la tribu y condenó una revolución mundial” (segmento del discurso de Petro ante ese organismo).
El segundo, es provocar a Trump. A quien percibe como su enemigo estratégico más importante y para ello usó, en esta ocasión, parte de su intervención ante la ONU y la realizada en las calles de Nueva York, en las que no sólo insultó a Trump y a los Estados Unidos, sino que intervino de forma grosera en los asuntos internos de ese país instando a la desobediencia de los militares a los mandos, lo que provocó el muy buscado por él, retiro de su visa. También habló de crear un ejército de voluntarios para liberar a Gaza -y hasta se ofreció a ir-; defendió a su amigo Maduro y al Tren de Aragua, etc. Durante este viaje parecía estar en un estado de euforia maníaca, pero no hay tal: su conducta obedece a una estrategia cuidadosamente calculada, como veremos enseguida:
El tercero es que, a la vez que arengaba a Colombia -el recinto de la ONU vacío y en un mitin de radicales en las calles de Nueva York, que no entendían lo que decía, no son eco para hablar al mundo, pero sí a los electores colombianos y a las autoridades norteamericanas, sus dos públicos objetivo- , imponía mediante conferencia virtual, el candidato que con su bendición ganará la consulta interna del Pacto Histórico: Iván Cepeda, marxista de formación y tradición, “compañero de lucha” que se ha acercado fuertemente a Petro, porque toda la izquierda radical comparte el culto a la cocaína y a la minería ilegal, para que, en teoría, siga el proceso de “socialización” de Colombia. No importa la cercanía de Cepeda con las corrientes estalinistas más ortodoxas del país, las mismas que aplaudieron el asesinato de Trotski ordenado por el genocida soviético, porque, ya hecha la “revolución” venezolana, Petro y Cepeda quieren la “revolución”, pero no el socialismo en Colombia.
Afirmo esto por la sencilla razón de que este demostró su inviabilidad histórica con el fin del socialismo en la Unión Soviética, en 1990, y con la transformación de la China continental en un estado capitalista con una dictadura monopartidista. Pero también por las negociaciones de Santos con las FARC y las de la Paz Total de este gobierno. Y Petro y Cepeda son conscientes de esto.
En Colombia, como en Fuenteovejuna, todos a una. La izquierda radical ligada al narcotráfico no representa al proletariado, ni a los campesinos pobres, ni a la pequeña burguesía, sino que es una clase capitalista emergente, una élite, petroburguesía y la GAOburguesía, que ha construido su fortuna con dineros sucios del narcotráfico y la minería ilegal y ahora quiere controlar definitivamente el país. El tráfico de drogas es el dios de este capitalismo disidente, porque los “revolucionarios” se enriquecen a nombre de la revolución, y saben que aquel no es precisamente una chispa que encienda la pradera mundial de la rebelión. Lo que sí pueden lograr es la conversión de nuestro país en un estado forajido para construir, de hecho, o formalmente, una Gran Colombia Narcobolivariana con la boliburguesía de Venezuela, que le dé más posibilidades de sobrevivir a las sanciones y las acciones de todo tipo que necesariamente llegarán del norte durante el gobierno de Trump.
Así las cosas, todos los recursos del estado estarán a su servicio; un presupuesto inflado para someter a los esclavos de los subsidios; la amenaza, el saboteo y la promoción cada vez mayor de la violencia contra la oposición.
Pero está tomando una relevancia extraordinaria la estrategia comunicacional de Petro. La tarea de ellos es ganarse la mente de la gente, siguiendo a sus maestros del nazismo y del comunismo. Para ello han contratado un experto americano – mexicano altamente cuestionado, al que le han entregado plenos poderes en ese campo.
Ya somos testigos de esa estrategia: las intervenciones de Petro en New York son un ejemplo, magnificadas hasta e delirio por los canales digitales de todas las agencias del estado y las bodegas petristas y el uso de la televisión privada para transmitir sus discursos “geniales”.
Las bodegas y el abuso de la televisión privada para los fines aviesos de Petro, así como la contratación de pauta publicitaria engañosa en ellas y en la radio privada, las estamos padeciendo desde hace tiempo. El manejo de las bodegas con cientos de bodegueros pagos al servicio del “patrón” y expertos en el hostigamiento, la amenaza y la calumnia de los que se le oponen, vienen de atrás, al igual que la conversión de la televisión pública en el canal del culto a la personalidad.
Pero ahora de modo creciente, y como nunca antes habíamos visto, estaremos sometidos a un bombardeo mediático en el que usarán mucho más la televisión privada y pública y seremos sometidos a una propaganda masiva y cuidadosamente planificada para ahogar a los colombianos con las bodegas con centenares de bodegueros pagos con recursos públicos; pero ahora, reforzados, con los medios y redes digitales de todas las entidades del estado y el aumento de la pauta puestos a rendir culto la personalidad de Petro, a impulsar a Cepeda; a vociferar contra el “imperialismo norteamericano” y a masacrar la honra y perseguir a todos los opositores, políticos, congresistas, jueces, y de organismos de control. Un abuso sin precedentes que no podemos ignorar. Saturarnos de falsa información constante y repetida para que parezca verdadera a favor de Petro y su candidato y de discursos de odio contra los Estados Unidos, los colombianos de la oposición, es su objetivo.
Soy consciente de que hay otros frentes, que no se deben dejar de lado, pero este de la información para ganar la mente de la gente, será decisivo. Contener y neutralizar esa ofensiva comunicacional será difícil para la oposición, pero algo hay que hacer; y no soló desde los medios formales, sino, muy especialmente, de las redes sociales, que son las que más ven los jóvenes y aquellos que auscultan nuestra realidad con un cierto nivel de inmediatez. Ya sé que hoy los partidos manejan esas redes, pero comparados con la actividad masiva y unificada que despliegan los contradictores, es ínfima. También soy consciente de que se avanza en acuerdos políticos sobre candidaturas y programas, pero debería haber un mecanismo que unificara el esfuerzo comunicacional, especialmente en redes, dotándolas con los recursos suficientes para que funcionen y usando el lenguaje que le llega a ese público. El problema de las bodegas es no tenerlas, si se manejan con verdad y transparencia. Porque una batalla que no podemos evitar. Si la perdemos…
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