
Carolina Restrepo Cañavera*
“Petro, el chafarote
Hay personas que, cuando no pueden brillar por la inteligencia, intentan destacarse por el estruendo. Gustavo Petro es uno de ellos.
Un chafarote, en el sentido más exacto del término: no solo por lo grotesco, lo escandaloso y lo innecesariamente ruidoso, sino porque se siente grande solo cuando es vulgar. Solo ahí parece encontrar poder: en el doble sentido ramplón, en la burla sin clase, en el guiño de esquina, en la palabra gruesa que simula profundidad.
Lo triste no es solo verlo así, degradado en público, sin filtro ni pudor, sino ver a otros aplaudirlo. Como si esa chabacanería fuera ingenio. Como si la grosería fuera rebeldía. Como si el resentimiento fuera criterio.
Todo lo que no entiende, lo degrada. Todo lo que lo supera, lo ridiculiza. Todo lo que exige rigor, lo aburre. Petro es la reacción rabiosa de alguien que nunca se sintió suficiente, y que ahora intenta vengarse del país que no lo ovacionó a tiempo.
Decía Luis Gidal que, si el corazón estuviera en la cabeza y el cerebro en el pecho, pensaríamos con amor y amaríamos con sabiduría. Pero Petro invirtió esa frase aún más: él piensa con las vísceras y ama con el odio. No hay belleza en lo que admira, ni altura en lo que propone. Solo acomplejamiento disfrazado de ruptura. Solo burla, solo ruido.
Lo trágico es que un país necesitado de ideas haya terminado seducido por el estruendo.
Porque hay épocas en que la inteligencia calla, y es entonces cuando el chafarote se siente rey.” (Septiembre 17)
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“Petro: una copia atrasada de Allende
En política, los espejos deformados producen tragedias repetidas. Gustavo Petro se presenta como un innovador, pero en realidad repite, cincuenta y cinco años después y en versión empobrecida, el guion de Salvador Allende.
El programa de la Unidad Popular en Chile (1970) no es un texto histórico muerto. Es, en la práctica, el manual de referencia que Petro parece hojear cada vez que improvisa un anuncio: poder popular como atajo institucional, reforma agraria acelerada, estatización de banca y energía, y denuncia permanente contra el “imperialismo financiero” en escenarios internacionales. Allende lo escribió con tinta de época; Petro lo recita con las mismas frases, solo que cambiando cobre por petróleo y campesinos por “economía popular”.
El parecido no es casual. Allende habló de reemplazar el presidencialismo por una Asamblea del Pueblo, con revocatoria de mandatos y control directo de la economía. Petro, sin decirlo abiertamente, sueña con algo parecido: cabildos abiertos, un “poder constituyente permanente” y la erosión deliberada del Congreso como contrapeso. Es la misma ruta de debilitamiento institucional disfrazada de democracia participativa.
Allende nacionalizó cobre, banca, transporte, telecomunicaciones y comercio exterior. Petro quisiera hacer lo mismo, pero en clave de transición energética: transformar a Ecopetrol en un monopolio verde, crear banca pública dominante, controlar precios de energía y abrir la puerta a un estatismo creciente en sectores estratégicos. La diferencia no está en la idea, sino en la capacidad de ejecución: Chile lo intentó y se desplomó; Colombia aún resiste, a pesar de la insistencia presidencial.
Incluso en lo internacional, Petro no innova: repite el discurso de Allende en la ONU, clamando contra un orden financiero injusto, acusando a las potencias del Norte de expolio, y buscando presentarse como la voz moral de los países pequeños. El libreto es el mismo, solo que ahora acompañado de frases sobre cambio climático.
La historia, sin embargo, no se copia sin consecuencias. Chile pagó con sangre el experimento fallido. Petro, en cambio, juega en un país con instituciones más fuertes, medios de comunicación menos complacientes y una sociedad civil menos ingenua. Esa es nuestra única garantía de que el espejo no se convierta en calco.
Petro no es un visionario. Es un Allende atrasado, sin cobre, sin épica y sin destino heroico. Su gobierno es un reflejo borroso de un libreto ya probado y fracasado. Y Colombia no puede permitirse repetir, más de medio siglo tarde, una tragedia que ya está escrita en los manuales de la historia.” (Septiembre 19)
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Carolina Restrepo Cañavera
@carorestrepocan
La Corte le devuelve la libertad. La apelación podría devolverle la justicia.
Por Carolina Restrepo Cañavera
El 18 de septiembre de 2025, la Corte Suprema de Justicia confirmó en sala mayoritaria un hecho que debería estremecer a Colombia: al expresidente Álvaro Uribe Vélez se le privó de la libertad de forma ilegal. No fue una inferencia política. No fue una interpretación caprichosa. Lo dijo la máxima autoridad judicial en materia penal y de garantías constitucionales. Y lo dijo con claridad: la medida de prisión domiciliaria impuesta el primero de agosto carecía de una motivación real. No bastaba con citar razones genéricas. Había que justificar con rigor, y no se hizo.
La sentencia de tutela no discute la condena , eso le corresponde a la apelación penal, pero desmonta uno de los pilares más delicados del fallo de primera instancia: la decisión de ordenar la privación inmediata de la libertad. La Corte fue contundente: aunque el juez enunció varias razones, estas eran “aseveraciones reiterativas, desprovistas de fundamentos”. Y agregó una frase demoledora: “Una cosa es explicar. Otra, justificar.” Lo que se hizo con Uribe fue lo primero. Pero lo que exige la Constitución, es lo segundo.
La Corte reitera lo que ha sostenido desde 2023: la restricción de la libertad tras una sentencia condenatoria no es automática. Requiere una motivación clara, concreta y ajustada a parámetros de razonabilidad y proporcionalidad. Nada de eso ocurrió. Lo que ocurrió fue un acto de poder revestido de solemnidad, pero vacío de sustento. Y cuando el poder se ejerce sin justificación suficiente, se transforma en arbitrariedad. Eso, en cualquier otro caso, se llamaría abuso.
Este fallo no es menor. Deja al descubierto que el juez que condenó a Uribe incurrió en una violación de derechos fundamentales al imponer una medida sin argumentación seria. ¿Cómo confiar en la solidez de un fallo condenatorio si ni siquiera se explicó por qué había que detener al acusado en ese momento? ¿Cómo defender la legitimidad de una sentencia cuando ya fue desvirtuada en uno de sus elementos centrales por el más alto tribunal penal del país?
Uribe está en libertad porque la justicia constitucional reconoció que el derecho lo amparaba. Pero la apelación aún no ha dicho la última palabra sobre el fondo del caso, sobre los hechos, las pruebas, las contradicciones y las omisiones. Lo que está en juego ahora no es solo su libertad física, sino su nombre, su legado, su verdad.
Y, en un plano más profundo, lo que está en juego es la confianza en que la justicia no se use como instrumento de vendetta política. Porque si un juez puede condenar al expresidente más importante de las últimas décadas sin explicar por qué lo encierra, entonces ninguno de nosotros está a salvo.
Este fallo es un punto de inflexión. La Corte le ha devuelto la libertad.
La apelación tiene ahora la oportunidad de devolverle la justicia.
12:10 p. m. · 19 sept. 2025
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