
Luis Guillermo Vélez Á.*
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(1) “La prohibición de la tauromaquia: ataque intolerante a la libertad económica y la propiedad privada.
La libertad es el derecho de hacer ciertas cosas y de oponerse a la imposición de otras. El límite está marcado por el derecho recíproco de los demás y no por la valoración ética o estética que ellos hagan de la forma en que cada cual ejerce los suyos.
La libertad religiosa, la libertad de expresión, la libertad educativa, la libertad de prensa, la libertad sexual y la libertad económica serían imposibles si las valoraciones éticas o estéticas de los demás pudieran admitirse como fundamento para imponer restricciones legales a su ejercicio. La sociedad no sería viable y el conflicto sería permanente pues desaparecería la tolerancia que es la base de la concordia ciudadana.
La ley contra la tauromaquia y su ratificación por la Corte Constitucional están basadas en las valoraciones éticas y estéticas de quienes odian la tauromaquia, es decir, en su intolerancia.
Hay varias cosas aberrantes en todo esto:
1. Los toros de lidia, los gallos finos, los novillos, etc. no son naturaleza libre, son propiedad de algunas personas. Al impedirles a sus propietarios darle su empleo económico legítimo, la ley los está expropiando sin indemnización alguna.
2. Los antitaurinos y los animalistas pretenden que sus preferencias particulares se conviertan en “preferencia social” por la fuerza de la ley. En nada eso se diferencia de la pretensión de la religión única “fuera de la cual no hay salvación” que justificó y justifica la persecución de las minorías religiosas.
3. Los antitaurinos y los animalistas tienen todo el derecho de promover sus preferencias mediante la propaganda y el boicot. Aceptar que puedan hacerlo mediante la imposición de la ley, lleva a aceptar que también puedan hacerlo mediante la violencia, como desde hace tiempo es su costumbre en las plazas de toros.” (Septiembre 6)
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“La nueva tributaria de Petro o la última sacudida del árbol
Es tan aberrante e inoportuna la nueva reforma tributaria de Petro que no la defiende ni FEDESARROLLO que ha avalado todas las de las de las últimas décadas con el argumento de que la presión fiscal no alcanza todavía los niveles de la OCDE y que son necesarias para establecer la “justicia social”. También se extraña la voz de Uprimny y de los cincuenta economistas y abogados que lo acompañaron en la demanda del Estatuto Tributario que les parecía aberrante en tiempos de Duque.
No voy a referirme puntualmente al articulado de la nueva tributaria de Petro. Baste con decir que es la más fiscalista y alcabalera de todas las que se han propuesto en la historia y que de ser aprobada postraría la economía mucho más de lo que hizo la de Ocampo.
La democracia, en especial la de sufragio universal, es un sistema extremadamente riesgoso porque la gente poco ilustrada puede ser fácilmente seducida por las fantasías de los demagogos. Desde Aristóteles, pasando por Stuart Mill y culminando con el gran Ortega y Gasset, ese riesgo ha sido advertido por todos los filósofos políticos. América Latina ilustra dramáticamente esos riesgos con múltiples experiencias
La de los chilenos que, en 1970, eligieron a Allende, cuando tenían un PIB per cápita entre los más altos del continente y que triplicaba el de los colombianos de la época. La de los cubanos, que celebraron a Castro y sus guerrilleros en su entrada triunfal en La Habana el 8 de enero de 1959, cuando tenían el ingreso más alto y eran los más alfabetizados y sanos de América Latina. Similar situación la de los venezolanos que plebiscitaron a Chávez, cuando la caída del precio del petróleo hizo inviable el inmenso aparato asistencialista; la de los chilenos que votaron por Boric, rechazando un marco constitucional que las trajo progreso y estabilidad; la de los uruguayos que eligieron un guerrillero tupamaro responsable de múltiples crímenes, en la época dorada en que su país era reconocido como la Suiza de Latinoamérica y, la más notable, la de los argentinos que llevan décadas votando por gobernantes empeñados en acabar con los logros del capitalismo liberal que llevó a su país a ser uno de los más ricos del mundo a principios del siglo XX.
El capitalismo es un sistema tan maravilloso que funciona, aunque incluso muchos de quienes debieran – empresarios, economistas, políticos, etc. – no comprendan cómo lo hace y muchos de los que se benefician de sus frutos se obstinen en destruirlo. En América Latina, el capitalismo liberal es una especie del árbol silvestre sometido a violentas sacudidas, a lluvias de pedradas y a incesantes golpes de varas por parte de quienes quieren hacer caer sus frutos, creyendo que el árbol fructifica a causa de las sacudidas y no a pesar de ellas.
Petro y su Pacto sintetizan de forma exacerbada las ideas de los sacudidores del árbol: la teoría de la dependencia, el proteccionismo cepalino, el agrarismo, el indigenismo, el imperialismo y la leyenda negra. Esto es lo que se encuentra sintetizado en Las venas abiertas de América Latina, el ensayo sociológico más influyente del continente el siglo pasado. Pero también está en la obra y la acción Raúl Prébisch, Henrique Cardoso y, por supuesto, Carlos Lleras Restrepo.
El árbol se sacude con la acción de un estado fuertemente intervencionista con elevados impuestos, tributación progresiva, propiedad gubernamental, reformismo agrario, asistencialismo, proteccionismo y regulación de la actividad económica. Aunque desde los años treinta estas son prácticas corrientes en Colombia, con Petro afloran de manera superlativa los resultados inevitables a los que conducen: clientelismo, burocratización y corrupción desaforadas y, sobre todo, autoritarismo y supresión de la libertad. ¿Aprenderemos?” (Septiembre 3)
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* Publicados en su cuenta de X (@LuisGuillermoVl).
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