
Carolina Restrepo Cañavera*
“LEY DE FINANCIAMIENTO
Lo prometieron como justicia social. Lo radicaron como recaudo desesperado.
El Gobierno presentó al Congreso su nueva ley de financiamiento. Lo anunció como un acto de justicia social, pero lo que radicó es otra cosa: un mecanismo desesperado de recaudo que castiga a los mismos contribuyentes de siempre y que rompe la brújula fiscal del país.
Aquí cinco verdades que el discurso oficial no quiere que usted vea:
1. La clase media como cajero automático
Desde ingresos de $4,7 millones mensuales ya se empieza a pagar más retención. Se repite la misma historia: mientras el eslogan habla de “megaricos”, la realidad es que el grueso de la carga cae sobre la clase media formal, la única que no puede esconderse en la informalidad ni en la evasión.
2. Empresas castigadas, no premiadas
El sector financiero tendrá una tarifa del 50 % en renta, y los sectores de petróleo y carbón pagarán sobretasas adicionales. El mensaje es claro: producir y generar empleo en Colombia se castiga. Mientras otros países atraen capital reduciendo cargas, aquí lo expulsamos con impuestos confiscatorios.
3. El IVA invisible llega a la bomba
La gasolina y el ACPM tendrán IVA del 10 % desde 2026 y del 19 % a partir de 2027–2028. Es el impuesto más regresivo y el más difícil de evadir. Hoy ya lo sufre cualquier familia en el mercado; mañana también lo sentirá en cada tanqueada.
4. Patrimonio y ahorro bajo asedio
Desde patrimonios de $1.700 millones se pagará impuesto, con tarifas que llegan al 5 %. Es un hachazo al ahorro y a la inversión productiva, justo lo que el país necesita para crecer.
5. Herencias y donaciones sin escudo familiar
Las herencias y donaciones también quedan atrapadas en el radar fiscal. La tarifa del 15 % a las ganancias ocasionales, con exenciones cada vez más estrechas, significa que incluso el patrimonio familiar que se transmite entre generaciones será gravado con severidad. El Estado mete la mano en la herencia de los hijos.
En Conclusión, la llamada “justicia social” no aparece en el articulado. Lo que se ve es recaudo desesperado, gasto sin control y ruptura de la regla fiscal. El Gobierno pretende disfrazar como redistribución lo que en realidad es castigo al que produce y premio al clientelismo.
Lo prometieron como justicia social. Lo radicaron como más impuestos para quienes ya cumplen.” (Septiembre 1)
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“El mito oficial
El Gobierno radicó su ley de financiamiento con un relato simple y seductor: “que paguen los ricos para financiar a los pobres”. Ese es el mito oficial.
La narrativa dice que esta es una reforma progresiva, que los “megaricos” cargarán con el peso de la solidaridad y que, por primera vez, la justicia tributaria se hará realidad. Prometen que la clase media no será tocada, que los trabajadores no sentirán la diferencia y que las empresas productivas no serán castigadas. En el papel, es el cuento perfecto: redistribuir la riqueza sin afectar al ciudadano común.
El mito oficial es poderoso porque apela al deseo genuino de equidad. Pero también es tramposo: se levanta sobre una promesa que nunca se cumple. Cada gobierno lo repite, cada reforma lo vende, y cada vez la realidad termina golpeando al mismo grupo: quienes ya pagan, quienes ya cumplen, quienes no tienen cómo evadir.
Mañana les mostraré cómo se derrumba este mito cuando se revisa el articulado: tarifas, umbrales y gravámenes que, en vez de tocar a los grandes evasores, terminan ensañándose con la clase media y con quienes producen.” (Septiembre 1)
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“El déficit fiscal no se resuelve con slogans
En Colombia y en buena parte de América Latina, la receta más repetida frente al déficit fiscal es tan simple como ineficaz: subir impuestos. Es la fórmula de los gobiernos sin imaginación y sin respeto por sus ciudadanos. Exprimir siempre a los mismos no solo destruye confianza y frena inversión, sino que además posterga indefinidamente el crecimiento.
El otro atajo es la tijera. Reducir gasto se anuncia como una solución mágica, pero en nuestro caso la realidad es otra: el problema no es cuánto se gasta, sino en qué se gasta. Cuando el presupuesto termina atrapado en burocracia, clientelismo y nóminas paralelas, no hablamos de inversión, sino de un cáncer que devora recursos sin devolver nada a la sociedad.
Muchos proponen entonces el camino virtuoso: atraer inversión. Sobre el papel, suena impecable. Pero no es soplar y hacer botellas. La inversión privada depende de tasas de interés razonables y de seguridad jurídica. Hoy las tasas en Colombia son altas, y tienen que serlo. No por capricho, sino porque la política monetaria del Banco de la República busca contener la inflación.
Y aquí está la paradoja: sí, es un freno a la inversión productiva, pero es un freno necesario. Es necesario porque este gobierno no tiene idea de cómo manejar la economía. Tenemos a un presidente que dice ser economista, pero que no entiende lo más elemental. Afortunadamente, el Banco de la República conserva independencia, y esa independencia es la que impone una disciplina que el gobierno nunca asumiría por voluntad propia.
Mientras el presidente presume que la inflación ha bajado como si fuera un número sacado de un sombrero, omite decir que ese resultado proviene de medidas impopulares que él jamás habría tomado. Al gobierno solo le sirve exhibir el aplauso del resultado, nunca cargar con el costo político de la causa.
En ese escenario, el rol del Estado debería ser evidente. La historia muestra que en tiempos de crisis corresponde al gobierno encender la chispa de la reactivación. Pero no inflando la burocracia ni multiplicando contratos innecesarios, sino impulsando obras, empleo real y proyectos que generen productividad. Confundir gasto burocrático con inversión es uno de los mayores errores de nuestra política económica.
La economía no se mide en conferencias de prensa ni en balances de PowerPoint. Se mide en la vida diaria: en la posibilidad de que una familia llegue a fin de mes, en la percepción de progreso o en la frustración de sentir que apenas se sobrevive. Esa es la verdadera radiografía de un país, más allá de cualquier cifra oficial.
El déficit fiscal no se resolverá con impuestos infinitos, recortes sin dirección o slogans de inversión. Se resolverá con un Estado capaz de gastar mejor, de dar reglas claras y de invertir donde se genera verdadero valor. Hablar de impuestos es fácil. Lo difícil y lo que diferencia a un gobierno serio de un gobierno populista, es hacer política fiscal con rigor.” (Septiembre 1)
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* Publicados en su cuenta de X (@carorestrepocan).
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