Marcha del Silencio

Marcha del Silencio

Ernesto Macías Tovar                                                                                         

Nos convoca el profundo simbolismo del nombre dado a la jornada ciudadana de este domingo: Marcha del Silencio. Una expresión pacífica, pero contundente, que -por su amplitud, su magnitud, su trasfondo y el clamor unánime que encarna- marcará un antes y un después en esta etapa sombría que atraviesa Colombia. La indignación colectiva es

creciente. El hartazgo frente al abuso del poder, el desprecio por las instituciones y el discurso de odio promovido desde la propia Presidencia de la República ha tocado fondo.

La ciudadanía, cansada del desgobierno, la violencia y la destrucción del país, ha decidido alzar su voz sin estridencias, caminando en silencio, pero con la firmeza de quien sabe que su democracia está amenazada. Esta no será una protesta más: será el eco profundo de un país que, incluso callando, grita su verdad. Una nación que se niega a ser doblegada y que defenderá, al precio que sea necesario, sus libertades, su institucionalidad y su Estado de Derecho.

El detonante de esta movilización fue el atentado criminal contra el precandidato presidencial de oposición Miguel Uribe Turbay, quien aún sigue luchando por su vida. No fue un hecho aislado: fue un golpe directo a la democracia, alimentado por un entorno de permisividad frente a estructuras criminales que han recobrado su capacidad de hacer daño y el control territorial, con la pasividad y permisividad -o complicidad- de un presidente que renunció a ejercer autoridad y a su obligación de proteger a los ciudadanos.

A esta agresión se suman los hechos atroces de la última semana: más de una docena de policías vilmente asesinados, carros bomba, hostigamientos a la Fuerza Pública en Cauca y Valle del Cauca, y una cadena de masacres -especialmente contra mujeres- en la región del Catatumbo. Colombia arde, mientras su presidente juega a la revolución.

A la violencia sin control se suma el talante autoritario de Gustavo Petro, quien no ha gobernado: ha polarizado, incendiado, agitado. En vez de unir a la nación, ha promovido confrontaciones callejeras financiadas con el derroche de los recursos públicos, e intenta imponer un proyecto personalista, al margen de la ley y por encima de la Constitución. A ello se suma una corrupción desbordada y sistemática que hoy define el sello de su administración.

Pero el golpe más grave ha sido el institucional. Asesorado por el nefasto exfiscal Eduardo Montealegre -ahora designado ministro de Justicia-, Petro firmó un “decretazo” para convocar una consulta popular, sin autorización del Congreso, violando la Constitución y desafiando al poder judicial. Y como si fuera poco, anunció que, si dicho decreto es tumbado por el poder Judicial, recogerá firmas para imponerlo. Y si eso fracasa, convocará él mismo una asamblea constituyente. No tiene límites ni escrúpulos. Es la exaltación del delirio y la afirmación de su pasión dictatorial: “la democracia soy yo, el Estado soy yo, y las instituciones deben someterse a mi voluntad y a mis caprichos”.

Por todo lo anterior y por mucho más, la Marcha del Silencio no es un acto simbólico: es un grito sereno pero ensordecedor, una advertencia o sentencia ciudadana al poder Ejecutivo y una poderosa expresión de unidad nacional. Colombia está en nuestras manos. Que nadie se engañe: Petro es solo un individuo transitorio. Pero Colombia, inmensa y plural, es mucho más que sus ambiciones. Y la haremos respetar, como sea, y por encima de quien sea. Nos vemos en la calle.

@ernestomaciast

Viernes, 13 de Junio de 2025

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