Iván Tabares Marín
Pronostiqué la elección del exguerrillero Gustavo Petro como presidente de la República con un argumento elemental: si nuestra cultura es similar a la del resto de Latinoamérica, era lógico que cometeríamos el mismo error de otros países. Sin embargo, no tenía claros los determinantes específicos de ese fenómeno.
Solo tenía unos cabos sueltos de nuestra tradición religiosa. Por ejemplo, Loris Zanatta, el historiador y ensayista italiano, había planteado que el mito del “pueblo elegido” de judíos y cristianos había sido extrapolado a los seguidores del marxismo, motivo por el cual Gustavo Petro repite “yo soy el pueblo” al plantear que sus decisiones y proyectos son del “pueblo” que lo eligió, incluidos los votos logrados con un fusil o los comprados.
Otro indicio era el compromiso de algunos sacerdotes con la revolución marxista, tal vez basados en el evangelio: “Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico ingrese al reino de los cielos” (y si ese rico es uribista o hizo una carrera universitaria, menos posibilidades tiene de ir al cielo comunista). Además, la guerrilla del ELN fue fundada por sacerdotes.
Los jesuitas fueron expulsados de muchos países en el siglo XVIII porque se adelantaron al marxismo con las misiones creadas en Paraguay e intentadas en Colombia, y porque también se adelantaron a la guerra cultural de la Nueva Izquierda al asumir, desde su creación en 1540, la educación de los ricos y poderosos. El grupo Golconda, de sacerdotes, acogió la lucha de clases en remplazo de las bienaventuranzas del Galileo.
También conocía los intentos del régimen soviético de Stalin por parecerse a las religiones; pero faltaba un dato que encontré en el último libro de Axel Kaiser, el economista y filósofo chileno-alemán: “el comunismo conecta con algunos de nuestros impulsos más nobles, como la búsqueda de la igualdad para todos y el fin de la pobreza”. La cita es de Peter Singer.
Confundimos todo lo que aprendimos del cristianismo con la lucha de clases; pero los comunistas tienen otros planes: destruir la organización familiar, la negación de la diferencia de los sexos, la abolición de la democracia, la destrucción de la economía y la seguridad social, y establecer la doctrina del decrecimiento.
Por todos esos factores se explica que personas mal informadas o que apenas cursaron algunos cursos básicos, como la vicepresidenta de Iván Cepeda, voten por la izquierda y crean todas las mentiras de sus líderes del Pacto Histórico. El comunismo es una religión sin Dios y sin moral.
Tras el discurso de solidaridad y la lucha por la igualdad, de que habla Singer, se esconde un odio de clases que es la verdadera naturaleza del comunismo. Una prueba son los millones de muertes que ha dejado, su fracaso reiterado en donde se ha intentado y su conclusión, la más nefasta posible, la izquierda posmoderna. Tenemos la desgracia de soportar una izquierda fracasada de Petro y Cepeda en la que todavía creen millones de ingenuos.