Darío Acevedo C.
Creo que para entender el alcance y significado de la cumbre Trump-Xi es preciso hacer un breve repaso sobre tiempos no muy lejanos cuyas huellas siguen vivas y luego, traer a cuento la situación particular del mundo ante el peligro de una guerra entre potencias.
Al concluir la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos se consolidó como la principal potencia militar por ser el único país que poseía armas nucleares. Sin embargo, no faltó quien preguntara la razón por la cual no hizo valer su condición de superioridad para aplastar a su rival, la URSS, y en vez de ello, haberlo tratado como un par a sabiendas de su propósito de apoderarse de Europa.
Quizás, el tiempo le dio la razón a los gobernantes norteamericanos quienes optaron por negociar y así evitar la prolongación de una guerra en un escenario de agotamiento, cansancio y oposición de la opinión pública mundial, cuyo resultado era perturbador por el muy probable desastre humanitario tal vez mucho mayor al que se acababa de concluir.
Estados Unidos mantuvo esa superioridad tan solo unos años durante los cuales no otorgó el rango de par a la Unión Soviética hasta que ella, bajo la dictadura de José Stalin se hizo al dominio de la tecnología para obtener la misma arma de su rival histórico.
Con el paso del tiempo, ambas potencias se reconocieron como pares en cuanto a la capacidad de destruirse mutuamente en una guerra sin ganadores. Así se dio inicio a lo que se conoció como la “guerra fría” con base en una actitud mutua de detente y disuasión que, en esencia, consistía en admitir una conflictividad y competencia, pero, conjurando la apelación al arma nuclear. Acuerdos y disputas sobre el orden económico y la vitalidad de cada modelo, el capitalista del mundo libre y el socialismo de las dictaduras proletarias. La carrera armamentista no estuvo al margen de ese modelo de coexistencia en el que sobresalen tres fenómenos.
El primero de ellos es el relativo a la construcción de dos grandes alianzas militares, de un lado, la OTAN cuyo liderazgo indudable y eficaz corrió por cuenta de Estados Unidos y que cubría de riesgos a los países democráticos de Europa. De la parte soviética, el Pacto de Varsovia, liderado de la misma forma por la Unión Soviética y esta por la Rusia estaliniana que ofrecía protección a los países de la llamada Cortina de Hierro, aquellos en los que se impuso el modelo comunista al final de la guerra en gracia de la presencia ocupacionista de las tropas soviéticas.
El segundo asunto de importancia en el enfrentamiento y rivalidad entre las dos potencias era el relativo a la competencia económica, en el cual se contemplaba el manejo de las finanzas internacionales, la eficiencia, la lucha contra la pobreza, la carrera científica, la carrera espacial y la influencia sobre los países del Tercer Mundo.
La tercera fue algo no escrito ni firmado en algún documento, de riesgos que pusieron en peligro los convenios y tratados de contención y disuasión, fue el de las guerras de liberación sobre todo en el continente africano y en algunos países del lejano oriente asiático, en algunos de los cuales, Corea, Vietnam, Laos, Camboya e incluso del continente americano desde el triunfo de la revolución castrista en Cuba que motivó y apoyó el surgimiento de guerrillas en casi todos los países de centro y sur América. Es lo que dio en llamar la guerra entre la URSS y los EE. UU. a través de terceros.
En el curso de todos estos fenómenos y otros de menor impacto, la ONU se consolida como espacio de conversación y solución de algunos problemas y conflictos bélicos. Pero, a pesar de la fragilidad de la paz vivida de esa manera, el mundo, y esto se debería señalar con mayúsculas, evitó, con ese modelo, lazos, nudos y escapes, evitar una conflagración que habría dado por resultado muy probable la extinción de la vida en el planeta.
El modelo de la detente, la distensión y la disuasión EE. UU.-URSS, en el sentido anotado, no fracasó ni fue un desastre, ni siquiera en el momento en el que el mundo presenció en 1989 el derrumbe de la infamia del Muro de Berlín, y, en 1991 la implosión sin guerra y sin uso de armas de exterminio, del gran imperio de Unión Soviética. No tengo elementos para medir las lecciones que la humanidad y las esferas internacionales de gobierno pueden extraer de esos maravillosos eventos de apertura y de cambio, pero, una de ellas, es, sin duda, que tales sucesos de tanta envergadura no condujeron, ni por un instante, al uso de armas de destrucción masiva. Desaparecieron el Pacto de Varsovia, la Cortina de Hierro, muchos países recuperaron o retornaron a la democracia liberal, el capitalismo se impuso en casi todo el orbe excepto en Corea del Norte y en Cuba, y el giro más sorprendente de tal transformación se produjo en la China Comunista que sin abandonar la doctrina marxista adoptó el modelo capitalista como el más viable para superar el hambre y la pobreza después de tres décadas en el murieron millones de hambre a causa del fracaso del experimento maoísta.
Entonces, Estados Unidos, se diría que sin explicitar eso como un propósito o meta por alcanzar, se convirtió en la potencia unipolar del mundo. Condición que no duraría muchos años en razón de la recuperación de Rusia por avances del capitalismo emergente y de la transformación de la China postMao en una sociedad capitalista avanzada que la ubica como una real potencia también en el plano militar.
Y es, precisamente esa, la razón por la cual, varios gobiernos norteamericanos en el presente siglo han adelantado tratos de alto valor estratégico con la potencia de oriente, sobre todo en el plano económico y geopolítico como el asumir un puesto como único representante de la China.
Y es en razón del progreso alcanzado que la China, en particular bajo la dirección de Xi Jing pin, ha obtenido la valoración de muchos países del mundo donde han puesto sus ojos tanto los estados como los grandes empresarios del orbe capitalista.
Estamos pues, en un momento singular de la geopolítica, de redificiones no fáciles de manejar y en medio de dos guerras Ucrania-Rusia y EE.UU. e Israel contra Irán, y de tensas expectativas por la aspiración China de incorporar a isla de Taiwán. Pero, también, y pienso que el paso dado por Trump al reunirse con Xi en esas condiciones y con tal exhibición de empatía y de búsqueda de acuerdos (la otra opción es que hubiesen madurado el conflicto hacia la crispación, las amenazas y los insultos), es el resultado más satisfactorio que se haya visto en los últimos diez años.
Dicho encuentro hace desparecer y tiende a consolidarse un trato de iguales entre estas dos potencias, que le hace sentir a la China ser reconocida como igual en el campo de las superpotencias, y que la muestra ante el mundo como nuevo protagonista con el que se debe contar.
Situación que conduce a mirar cómo no fracasado ni mucho menos enterrada la política de la distención y la disuasión entre quienes son, gústenos o no, hoy por hoy, las grandes potencias EE. UU. Rusia y China. El resultado de esa cumbre cimera no es despreciable, nadie salió perdedor por el hecho de que no se haya resuelto del todo el tema de los aranceles o la paz en el Golfo y entre Ucrania y Rusia, pero, se ganó algo que no cabe en las manos de alguien o en el escritorio de un jefe, a saber, que la humanidad le ha ganado terreno al peligro de una guerra entre esas potencias. En efecto, aunque las maletas al final no queden repletas de regalos o conquistas, es preferible que los jefes se reúnan, se reconozcan, se traten bien, y que se comprometan a buscar acuerdos en temas complejos que no hayan podido saldar en forma satisfactoria. La más reciente reunión entre Putin y Xi, puede mirarse en el mismo sentido, aunque haya versado sobre otros tópicos.