José Hilario López Agudelo
Nature en su edición online del día 7 del corriente mes de mayo publicó un artículo con los resultados de una investigación de Nico Wunderling et al de la Universidad Goethe de Frankfurt, titulado Deforestation-induced drying lowers Amazon climate threshold (La sequía provocada por la deforestación reduce el umbral climático del Amazonas)1.
El referido estudio revela que en 2020 la pérdida acumulada del bosque amazónico rondaba entre el 17 y el 18 %; además advierte que si la deforestación aumenta hasta un 22-28% con un calentamiento global entre 1,5 y 1,9ºC por encima de los niveles preindustriales, la selva amazónica cruzará un punto de inflexión y dos tercios de su superficie se convertirán en sabana. Ese mismo escenario sucederá si la deforestación se mantiene en los niveles actuales, pero el cambio climático eleva la temperatura global hasta los 3,7- 4 °C. A esta misma conclusión llega un estudio del Instituto Potsdam para la Investigación sobre el Impacto del Cambio Climático, cuyos detalles también se han publicado en Nature.
La Amazonia actúa como un inmenso sumidero de carbono, absorbiendo aproximadamente 1.500 millones de toneladas de CO2 al año. La vegetación y los suelos amazónicos almacenan entre 90 y 140 mil millones de toneladas de CO2, lo que ayuda a evitar que este gas de efecto invernadero llegue a la atmósfera y acelere el calentamiento global. Además de capturar CO2, la Amazonia regula los patrones climáticos globales mediante la liberación de vapor de agua, generando los llamados “ríos voladores” que influyen en el régimen de lluvias en la región andina, donde se encuentra la mayor parte de la población suramericana. Recuérdese el racionamiento de agua en la ciudad de Bogotá y municipios vecinos entre abril de 2024 y abril 2025, causado por el debilitamiento de los ríos voladores que se precipitan en el páramo de Chingaza, donde se encuentran los principales embalses que dispone el acueducto de Bogotá.
El estudio de la Universidad Goethe revela que la Amazonía recicla la mitad de su propia lluvia, y que perder ese mecanismo podría arrastrar a regiones situadas a miles de kilómetros hacia una espiral de sequías imparables. El problema consiste en que la pérdida de masa forestal, unida al calentamiento global, interrumpe el reciclaje de la lluvia, desestabiliza la humedad de la zona y provoca un peligroso efecto en cadena con consecuencias para todo el ecosistema y para el resto del planeta. “La deforestación hace que la Amazonía sea mucho menos resiliente de lo que habíamos previsto anteriormente. Reseca la atmósfera y debilita la propia generación de precipitaciones del bosque”, denuncia Nico Wunderling, coautor del estudio de la Universidad Goethe, atrás citado. A lo que agrega, “Incluso un calentamiento adicional moderado podría entonces desencadenar efectos en cadena en grandes partes del bosque”.
Johan Rockström, también coautor del referido estudio de la Universidad Goethe, comenta: “La selva amazónica ha desempeñado un papel fundamental en la estabilización del sistema terrestre como sumidero de carbono, regulador del ciclo del agua y hogar de la biodiversidad terrestre más rica del planeta, pero la deforestación continuada está socavando esta estabilidad, lo que acerca al bosque a un punto de inflexión”.
Frenar la tala y restaurar el bosque, la única salida
La comunidad científica coincide en que detener la deforestación reforzaría sustancialmente la resiliencia del bioma amazónico ante el calentamiento global. Sin embargo, existe un serio obstáculo que impide avanzar en este propósito: la presencia de múltiples grupos armados por fuera de la ley que promueven la tala del bosque para la siembra de coca, explotaciones mineras (principalmente oro aluvial) y ganadería extensiva, a lo cual se suma la construcción de las vías de acceso, que apoyen las anteriores actividades. Según el presidente Lula da Silva, en la Amazonía operan hasta 17 organizaciones criminales compitiendo por el control del territorio.
La V Cumbre de presidentes de los Estados Miembros del Tratado de la Cuenca Amazónica (OTCA) reunida en Bogotá en 2025, antesala de COP30 que se celebró a finales de 2025 en Belém de Pará, debatió el papel que los países amazónicos van a jugar para proteger la mayor selva y pulmón del mundo. En lo relativo a la presencia de grupos armados, el informe “Amazonía en disputa. Seguridad climática y conflictos socioambientales en la Amazonía noroccidental”, presentado por la V Cumbre de la OTCA, hace un llamado urgente a los Estados, la sociedad civil y la comunidad internacional a actuar de manera decidida ante una realidad crítica.
La Amazonía noroccidental, en su mayor parte territorio colombiano, compartido con Ecuador, Perú y Brasil es una región que cumple una función estratégica vital dentro del gran bioma amazónico. En la cuenca hidrográfica del río Putumayo y en parte del denominado Trapecio Amazónico se conforma la conexión entre las altas montañas andinas y la planicie amazónica. Justamente estas dos subregiones, las más vulnerables por su valor ecosistémico y geopolítico de la Amazonia, se han convertido en territorios en disputa por múltiples actores al margen de la ley, atraídos por actividades ilegales, que compiten por la extracción de los bienes naturales, generando una crisis multidimensional que amenaza no sólo la vida y el equilibrio ambiental, sino también la democracia, la seguridad climática y la estabilidad regional.
La realidad de una Amazonía en disputa remite a un complejo escenario de confrontación territorial multisectorial. No se trata únicamente de un conflicto entre actores legales e ilegales, sino de una lucha por el significado mismo del territorio, su uso, su gobernanza y su futuro. Según la OTCA, en el centro de esa disputa confluyen múltiples conflictos, que van desde disputas entre los mismos grupos del crimen organizado y entre las comunidades nativas y en las mismas instituciones gubernamentales.
Crisis Group, una organización International no gubernamental, acaba de publicar un artículo titulado “El saqueo de la selva: Blindar a la Amazonía del crimen organizado”2, que empieza por afirmar que el crimen organizado se ha convertido en un importante obstáculo para la preservación de la Amazonía. Las organizaciones criminales se expanden y conectan libremente por toda la cuenca, infiltrándose en organismos estatales, empresas formales y comunidades. Por ello, a los gobiernos nacionales se les dificulta lograr la colaboración de las comunidades para hacer frente a tan diversas dinámicas ilegales. El crimen organizado se ha convertido en uno de los principales obstáculos para los esfuerzos por frenar la destrucción ambiental en la Amazonía y salvar uno de los ecosistemas más importantes del planeta. Lo que antes era principalmente un desafío de conservación se ha convertido en una crisis de gobernanza y seguridad, lo que hace mucho más difícil que los Estados cumplan sus planes de protección ambiental”, expresa Bram Ebus, coautor del artículo de Crisis Group, atrás referido.
Dos actores principales hacen frente a la expansión del crimen organizado: las comunidades indígenas y las fuerzas estatales. Las primeras son el blanco más vulnerable a la violencia de los grupos criminales, mientras tanto las agencias de seguridad estatales sólo esporádicamente combaten las operaciones criminales, sin llegar a desmantelar el aparato financiero que sustenta estas redes ni emprender acciones contra sus cabecillas. Las operaciones de seguridad rara vez se coordinan con las comunidades indígenas.
Lograr una efectiva cooperación entre las fuerzas de seguridad estatales y las guardias indígenas es un desafío fundamental para la seguridad en toda la Amazonía; además es el mecanismo más prometedor para detener a los grupos ilegales. Muchas guardias indígenas (grupos de protección comunitarios creados para defender a sus pueblos, territorios y modos de vida) afirman querer colaborar con las autoridades nacionales para protegerse de los grupos criminales. Estas comunidades podrían detectar actividades ilícitas, alertar a los funcionarios estatales y coordinar una respuesta con las fuerzas de seguridad. En los territorios indígenas yanomami del norte de Brasil, por ejemplo, donde este tipo de colaboración ha tenido éxito, la deforestación y la actividad delictiva han disminuido sustancialmente. Sin embargo, en la mayoría de los casos, la desconfianza mutua, el temor a la colusión criminal y la falta de recursos dificultan la colaboración. Una mayor cooperación entre ambos (guardias indígenas y autoridades nacionales) debe ser el pilar de una campaña para proteger la Amazonía del crimen organizado.
Salvar la Amazonía no es sólo responsabilidad de los ocho países a los que pertenece este valioso bioma, de cuya conservación depende la estabilidad del planeta. OTCA debería ser nuestro vocero ante los organismos multilaterales para, conjuntamente con los gobiernos de los países amazónicos, crear un Plan de Defensa de la Amazonia, con el propósito de fortalecer financiera y logísticamente las fuerzas militares nacionales, en su lucha contra los grupos delictivos que controlan el territorio y promover el desarrollo social de las comunidades nativas, para que asuman la gobernanza del territorio y la protección de los ecosistemas naturales.
1https://www.actu-environnement.com/media/pdf/news-47960-etude-nature-foret-amazonienne.pdf
Amagá (Antioquia), 16 de mayo de 2026.
