Alfonso Monsalve Solórzano
Petro y Cepeda siguen la doctrina de Carlos Marx, de mediados del siglo XIX, según la cual el motor de la historia es la lucha de clases.
Se basan en la dialéctica de G.W. F. Hegel, quien afirmaba, que la historia es un proceso racional y dialéctico de tesis, antítesis y síntesis, en el que cada periodo histórico (tesis), produce su contrario (antítesis) y de su confrontación surge una síntesis, una nueva etapa. Es independiente de la voluntad de los individuos y conduce progresivamente a la libertad humana.El final de este movimiento dialéctico es la Ilustración, que es la expresión del desarrollo pleno de la libertad. La Ilustración es, en este sentido, el final de la historia.
Marx, “invierte” el proceso histórico dialéctico hegeliano, desde una perspectiva idealista a una “materialista”, partiendo de la economía. En esta, salvo en la sociedad primitiva, siempre ha habido propietarios de los medios de producción (los ricos) y personas que carecen de estos (los pobres). Ricos y pobres se confrontan a través de la historia, dando origen a las sociedades esclavistas, cuyas contradicciones engendraron las sociedades feudales, que, a su vez, sufrieron contradicciones que dieron origen al capitalismo, en el que la lucha entre burguesía y proletariado terminará con este sistema y con la propiedad privada sobre los medios de producción, dando origen a la sociedad comunista, una sociedad sin clases. El Fin de la historia en la versión marxista.
Ahora bien, al invertir el proceso dialéctico hegeliano de la historia, desde una razón abstracta a unas bases materiales, lo que para Hegel es el desarrollo del Espíritu, se convierte en una ciencia de la historia y en una ciencia de la economía, de carácter absoluto e invariables, convertidas en ciencias exactas que permiten predecir con precisión y sin margen de error, es decir, con la fuerza de la ciencia, el fin del capitalismo.
Esa es la pretensión. La realidad es muy otra. Las leyes científicas en las ciencias exactas, que posibilitan la predicción, porque están escritas en lenguajes formales que garantizan la necesariedad de la verdad de las conclusiones, siempre se expresan en sistemas de referencia; es decir, son condicionales, tienen la forma: si se dan las condiciones A, en este sistema de referencia, se dará el estado de cosas B. Si se cambia el sistema de referencia, las conclusiones no son válidas. Ahora bien, en esas ciencias lo que se discute precisamente, es la verdad de los sistemas de referencia. Es lo que hace que las teorías científicas evolucionen: si se cuestiona el tiempo y el espacio absoluto newtonianos de la física clásica, por un tiempo y espacio relativos, tenemos la física relativista de Einstein, que tiene un mayor poder explicativo y predictivo. Y mientras que la relatividad es determinista, la física cuántica es indeterminista. Cambiado el sistema de referencia, cambiados los resultados.
Pero el marxismo no es así. Los marxistas piensan que el paso del capitalismo al socialismo y al comunismo es un hecho inevitable; y, con base en esa creencia lo justifican todo, desde mentir descaradamente, hasta ejercer la violencia contra sus adversarios, porque la “ciencia” no se equivoca.
Están errados de cabo a rabo. El movimiento histórico no puede predecirse como lo hacen las ciencias exactas; no es cíclico, ni repetitivo, ni está escrito en formalismos matemáticos que garantizan que la conclusión se cumpla siempre, si la condición es verdadera. En las ciencias exactas, cada término tiene un y solo un significado, mientras, que, en el marxismo, escrito en el lenguaje natural, los términos son de múltiple interpretación. De ahí, que exista escuelas distintas, con posiciones, a veces, antagónicas, mientras que solo hay una física clásica o una sola física relativista. El materialismo histórico y dialéctico no son una ciencia, sino un dogma, una ideología.
Continuando, el fundamento mismo de esa teoría, la lucha de clases y la inevitabilidad de que el proletariado sea la clase dirigente de la revolución para enterrar al capitalismo, es completamente inaplicable en la sociedad de hoy, la del capitalismo tardío, en la que el proletariado ya no es la fuerza productiva más importante del engranaje económico; ni siquiera la fuerza de trabajo determinante: ahora la gran producción y la industria de los servicios, pero también, las medianas y pequeñas empresas productivas, dependen más de los ingenieros y los técnicos especializados, que de los obreros. Pero aun ellos están en problemas.
En realidad, estamos inmersos en la Cuarta Revolución Industrial que integra tecnologías físicas y cibernéticas, como la inteligencia artificial y la robótica en la economía y en todas las áreas de actividad humana.
Si los marxistas piensan que estamos en la época de la Primera Revolución Industrial, en la que los obreros destruían las máquinas para protestar buscando conservar el trabajo, están muy equivocados. En la Cuarta Revolución Industrial, en especial, con la aplicación masiva de la IA, ingentes procesos productivos dependen cada vez más de las máquinas que “piensan”. De hecho, no solo muchísimos operarios, sino también, ingenieros y otros profesionales, como maestros, médicos, abogados, artistas, etc., serán desplazados por la IA. En palabras del sociólogo y filósofo Noa Harari (Homo Deus; Breve Historia del Mañana), es que en un futuro cercano “la mayor parte de la población no tendrá lugar en el mercado laboral: podrían quedar obsoletos”
Pues bien, el petrocepedismo profesa el dogma marxista de la lucha de clases con el que justifican todo, el terror, el narcotráfico y la destrucción del estado social de derecho y conquistas sociales extraordinarias como el sistema de salud, para instaurar un estado socialista, que en realidad será un archipiélago de señores de la guerra narcotraficantes.
En lugar de preparar al país para afrontar de la mejor manera la Cuarta Revolución Industrial encabezada por la masiva aplicación de la IA, están pensando en destruir a los empresarios y al inversión nacional y extranjera, así como la investigación y la innovación en la frontera de la ciencia; están pensando en robarse el ahorro nacional e instaurar una dictadura burocrática constitucional basada en el culto a la personalidad y en el empoderamiento de la ignorancia y el clientelismo servil; están pensando en el atraso del campo, cerrándole la puerta a la gran producción agrícola y minera -salvo, claro está, en los cultivos de coca y al extracción minera criminal, de las que se benefician sus socios narcoterroristas, como si en esta no cupiesen los campesinos-; todo a nombre de una “economía” popular que nos llevará al colapso productivo, que es lo que el petrocepedismo busca para recoger los pedazos de país que queden y moldearlo a su imagen y semejanza. Que es la de Cuba, la de Nicaragua, la del chavismo – madurismo de Venezuela.
¿Es lo que queremos para el país?
