Alfonso Monsalve Solórzano
Faltan 56 días para las elecciones en nuestro país. Y cada día que pasa aumenta la agresividad del gobierno de Petro y de su candidato Cepeda contra quienes osan oponerse a sus “designios”, así como su desprecio por nuestro orden constitucional, en medio de una campaña electoral en la que van por todo, al costo que sea, por la próxima presidencia.
En la semana que terminó, mostraron que para ganar el debate electoral cuentan con la violencia y la capacidad de intimidación de los grupos narcoterroristas encarnados esta vez en los 23 delincuentes jefes de las bandas de Medellín y su poder y de generar miedo y de corrupción en las comunas, a quienes a sólo dos meses del debate electoral, y a los que la fiscalía, a petición del gobierno de Petro, suspende las órdenes de captura que los cobija, para que participen en las negociaciones de la “paz total”. Por su parte, el candidato Cepeda regresó a Medellín para ratificar, sin pruebas, los señalamientos ominosos contra el expresidente Uribe.
Todo el país sabe que Medellín es un muro de contención al petrocepedismo y, por lo tanto, uno de sus principales objetivos electorales es cambiar esa tendencia. Y para ello cuentan con esos delincuentes y con seguir tejiendo la posverdad sobre las relaciones de Uribe con las autodefensas. Es que para Petro y Cepeda todo vale, la intimidación, la calumnia y la corrupción, en un ejercicio perfecto de la combinación leninista de todas las formas de lucha.
Avanzando en mi argumento, el desprecio por nuestros soldados y nuestras fuerzas armadas quedó completamente visibilizado cuando Petro dijo que el accidente en el que cayó un Hercules C-130 donado por USA, en el que murieron 69 militares, era una chatarra en la que no montaría a sus hijos. Se trata de una mentira como una montaña que ha sido desmentida por el mismísimo director de la Fuera Aeroespacial colombiana. Y si fuera cierto, sería un acto criminal y una vergüenza que durante casi cuatro años ha permitido que nuestros soldados utilicen esas aeronaves que consideraba “chatarra”.
Además, Pero la emprendió, usando, como siempre, toda clase de improperios, contra la junta directiva del Banco de la República, llegando al extremo de “romper” las relaciones del ejecutivo con ella (lo que sería un imposible constitucional y, por lo tanto, una acción ilegal), por el acto “neoliberal” de proteger nuestra economía contra sus desvaríos populistas, subiendo la tasa de interés para evitar que la inflación destroce el valor adquisitivo del peso. Y, peor, aún, en su ataque de ira, mostró una vez más su pretensión de transformar nuestra democracia liberal y plural, en un estado totalitario manejado a voluntad por un presidente dictador que desconozca la división de poderes, mediante la implementación de una nueva constituyente hecha a su medida, que es la gran amenaza que pende sobre nuestro futuro, si gana Cepeda,
Así mismo, puso a su ficha Wilmar Mejía, -hasta hace pocos días director de Inteligencia estratégica de la Dirección Nacional de Inteligencia, manejada desde el comienzo de este gobierno por una ficha del M-19, y suspendido por tres meses por la Procuraduría por filtrar información a alias Calarcá- en el cargo de director de la UIAF, para usarlo como mazo contra los opositores; y cambió las condiciones para nombrar de nuevo a Cielo Rusinque, que había sido destituía de la Superintendencia de Industria y Comercio por la procuraduría por no cumplir los requisitos para manejar ese cargo. Todo para que siga prosiguiendo.
Este es un recorrido al vuelo que deja ver las acciones torvas del binomio Petro – Cepeda en su carrera por retener la presidencia.
Mientras tanto, los defensores del estado democrático de derecho siguen divididos y en esta semana han comenzado a aparecer las descalificaciones entre ellos. Todo indica que llegaremos a primer vuelta fraccionados. Sólo nos salva que, a la fecha, Cepeda está lejos del umbral del 50% + 1 de los votos. Pero esto podría cambiar si la andanada de subsidios, contratos, etc., se acelerara, como está ocurriendo.
El panorama es confuso. Los agravios y las campañas autistas, encerradas en su propio desempeño, sin comunicación con oponentes que podría ser aliados, avanzan. Yo sigo la actividad electoral diariamente y sé que hay concentraciones y reuniones privadas para arañar votos; pero creo que hace falta concertar acciones y pronunciamientos conjuntos entre la campaña de Valencia–Oviedo y la de la Espriella–Restrepo, en la que participen partidos como el conservador, el liberal y cambio radical y sectores mayoritarios de del partido de la U. Situaciones como la crisis de la salud y la defensa de la constitución y independencia de los órganos del estado, así como la denuncia de la actuación de los criminales en el proceso electoral, podrían, hoy, unir propósitos y generar declaraciones y movilizaciones, incluso sin la condición llegar unidos a la primera vuelta. Por ejemplo, una gran movilización nacional sobre la defensa del derecho a la salud sería un mensaje definitorio de unidad respetando la diferencia.
En manos de quienes toman las decisiones en estos grupos y en las campañas está la posibilidad de hacer este tipo de acciones. Antes de que sea tarde y manifestarse sea un derecho, entre muchos, perdido.
