Carolina Restrepo Cañavera
“Hay peligros obvios, ruidosos, casi folclóricos. Llegan gritando, insultando, prometiendo incendiarlo todo y exhiben su radicalismo como si fuera una virtud. Ese es Petro.
Pero hay otros más sofisticados y por eso mismo, más peligrosos: los que hablan en voz baja, se presentan como conciencia moral del país, se recubren de superioridad ética y terminan legitimando, con lenguaje elegante, las peores deformaciones de una democracia.
Iván Cepeda pertenece a esa categoría.
No es un caudillo carismático. No mueve multitudes por magnetismo personal. Más carisma tiene un pollo frito. Su fuerza no está en el entusiasmo que produce, sino en la respetabilidad que le fabrican.
Lo ensalzan, lo pulen, lo elevan a reserva moral de la nación, como si su trayectoria hubiera sido la de un republicano serio y no, demasiadas veces, la de un legitimador político de quienes jamás debieron ser tratados como interlocutores nobles, sino como criminales reincidentes.
Ese es el problema de fondo con Cepeda. No su tono. No sus maneras. No esa apariencia de hombre sereno, pausado, casi sacerdotal, con la que tantos se dejan seducir.
El problema es lo que ha ayudado a normalizar. Durante años ha defendido la idea de que ciertos actores armados podían recibir tratamiento político incluso después de reincidir. Eso no fue un matiz menor. Fue una señal política devastadora: en Colombia, al parecer, traicionar un acuerdo, volver al crimen y seguir armado también podía abrir la puerta a una nueva legitimación.
Y las señales importan. Importan porque moldean el lenguaje público, porque degradan la frontera entre crimen y política, porque convierten al terrorista en actor, al chantajista en interlocutor y al reincidente en gestor de paz.
La llamada paz total se edificó, en buena parte, sobre esa ambigüedad moral: la idea de que todo violento puede reciclarse indefinidamente si encuentra un gobierno dispuesto a otorgarle estatus, micrófono y excusa.
El resultado está a la vista. Estructuras que nunca desaparecieron, grupos que se fortalecieron y un país cada vez más confundido sobre lo que significa la autoridad del Estado. Y en ese contexto, el magnicidio de Miguel Uribe no puede leerse como un hecho aislado. Tiene que leerse también como una consecuencia de un ambiente político que durante años relativizó al criminal y debilitó la capacidad moral de la sociedad para rechazarlo sin matices.
No se trata de confundir responsabilidades penales con responsabilidades políticas. Se trata de entender algo más profundo: también destruyen un país quienes les lavan la cara a los violentos, quienes los presentan como rebeldes con causa y quienes insisten en llamar proceso a lo que hace mucho degeneró en negocio criminal y barbarie armada.
Ese ha sido, demasiadas veces, el papel de Cepeda.
No el del hombre que dispara, sino el del hombre que pone incienso sobre el arma ajena.
Y ahí está su verdadero peligro. No necesita parecer feroz para hacer daño. Su función ha sido más útil y más corrosiva: volver decente lo indecente, presentable lo repudiable y moralmente confusa una frontera que una república seria debería mantener nítida. Lo suyo no ha sido la violencia abierta, sino la coartada moral de la violencia ajena.
Basta mirar el mundo para entenderlo. Allí donde se romantiza al criminal, se debilita la autoridad y se convierte la claudicación en virtud, el resultado termina siendo el mismo: deterioro institucional, impunidad, polarización y fracaso.
Pero aquí todavía quieren vender esa misma fórmula como si fuera sofisticación.
No lo es.
Cepeda es un peligro para Colombia. No por el volumen de su voz, sino por lo que representa. No por lo que aparenta, sino por lo que ayuda a justificar.
Y un país que no aprende a identificar esos peligros termina descubriendo demasiado tarde que los hombres más dañinos no siempre son los que gritan duro, sino los que logran que la degradación parezca virtud.” (Marzo 23)
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“Cepeda SI habla de la constituyente, solo que la disfraza
Carolina Restrepo Cañavera
Hay peligros políticos que llegan gritando. Y hay otros, más astutos, que llegan disfrazados de participación, de pueblo y de democracia viva.
El de Cepeda pertenece a la segunda categoría.
Porque, en realidad, sí habla de constituyente. Solo que no la llama así de frente. No escribe la frase completa, no anuncia una Asamblea Constituyente en términos abiertos, no la vende con ese rótulo.
Pero la lógica constituyente sí está en su programa. Está ahí, envuelta en un lenguaje más amable, más difuso y más táctico. Como suele ocurrir con los proyectos que saben que, si se nombran crudamente, generan rechazo.
Cepeda dice que, como lo ha pedido Petro, Colombia necesita un “poder constituyente activo, permanente, con capacidad transformadora”. Y lo explica en términos todavía más delicados, la ciudadanía, organizada “todos los días”, debe transformar las instituciones “constantemente” y ejercer “presión, iniciativa y control desde abajo”.
Eso no es participación cívica en el sentido clásico. Eso es otra cosa, una fuerza política sostenida para empujar, cercar y condicionar a las instituciones representativas.
Ahí es donde hay que prender todas las alarmas.
Porque una democracia constitucional no se basa en que el Congreso apruebe todo lo que el gobierno quiere. Se basa, precisamente, en que pueda discutirlo, frenarlo, modificarlo o negarlo.
Para eso existe. El Congreso no está para obedecer, está para representar y cuando un programa político empieza a sugerir que, si el Congreso no aprueba ciertas reformas, entonces debe entrar en escena el llamado “poder constituyente”, lo que en realidad está diciendo es algo muy grave, que la legitimidad institucional vale mientras no estorbe.
Ese es el verdadero riesgo.
Cepeda plantea, además, un “Acuerdo Nacional soportado sobre el poder constituyente”.
La frase suena elegante e incluso pretende ser dialogante. Pero al leerla completa, la cosa cambia, dice que la movilización social y el poder constituyente serían la garantía para evitar un “pacto de élites” o unas “reformas cosméticas”.
Traducido al español político, no basta con el diálogo entre instituciones y sectores del país; hace falta una presión organizada desde la calle para vigilar, empujar y asegurarse de que el resultado sea el que ellos consideran correcto.
Eso no fortalece la república. La debilita.
Porque el problema de estas fórmulas es que siempre se presentan con cara amable, de mosca muerta, de yo no fui.
Nunca llegan diciendo “vamos a erosionar los contrapesos”. Llegan diciendo “vamos a profundizar la democracia”.
Nunca dicen “vamos a relativizar al Congreso”. Dicen “vamos a oír al pueblo”.
Nunca dicen “vamos a correr el eje del poder”. Dicen “vamos a impedir pactos de élites”.
Y, sin embargo, el efecto práctico puede ser exactamente ese, deslegitimar la representación cuando no coincide con la voluntad del proyecto político dominante.
Lo más inquietante es que esto no aparece como una idea marginal. Está incrustado en una visión más amplia de segundo gobierno progresista, de reformas que deben profundizarse y de transformaciones que aspiran a volverse irreversibles. Es decir, no se trata solo de gobernar. Se trata de consolidar un rumbo mediante una combinación de mayorías, movilización y presión constituyente difusa. Y esa mezcla, en un país como Colombia, no es una travesura retórica. Es una amenaza institucional.
Por eso hay que decirlo sin rodeos, Iván Cepeda SI habla de constituyente en su programa. Solo que no lo hace con la franqueza de quien la propone abiertamente, sino con la marrullería de quien la disfraza de participación permanente, de presión desde abajo y de transformación constante de las instituciones.
Con las constituyentes declaradas hay que tener cuidado.
Pero con las constituyentes vergonzantes, todavía más.” (Marzo 24)
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* Publicados en su cuenta de X (@carorestrepocan).