Carlos Salas Silva Las llamadas consultas, creadas durante el gobierno de Santos, no han sido otra cosa que una gran alcahuetería. Partidos débiles se agrupan para sacar ventaja de un sistema electoral que les otorga beneficios que no han sabido ganarse. Ya no se llega a acuerdos internos para decidir candidaturas; por el contrario, las disputas se trasladan a un costoso esquema de participación ciudadana financiado por el Estado.La falta de coherencia programática se disfraza en coaliciones temporales que no ofrecen garantías reales al votante. Con las consultas se instala una feria de vanidades a la que acuden, con entusiasmo, personajes de escasa trayectoria pública en busca de visibilidad mediática para fines personales.La Constitución del 91 abrió un boquete institucional que, con el tiempo, se ha ido ensanchando, por donde lo peor de la política ha sabido infiltrarse. Ese es un tema que quizá me sobrepasa como simple observador. Como ciudadano, sin embargo, me corresponde examinar con atención el devenir político y, desde el privilegio que me otorga esta columna en KienyKe, compartir mis inquietudes. No me pretendo imparcial: tomo posición según lo exijan las circunstancias y desde mi propia mirada.Desde esa perspectiva considero que las consultas distorsionan el sentido democrático de las elecciones legislativas. No solo desplazan la atención del debate sobre la conformación del Congreso, sino que pueden convertirse en terreno propicio para prácticas poco transparentes, especialmente en un contexto en el que incluso el mismo Petro ha denunciado posibles irregularidades electorales, que ya es mucho decir.El país parece más atento a quién gana una consulta que a la composición del nuevo Congreso. En un ambiente de desconfianza institucional, añadir un mecanismo adicional al proceso electoral no contribuye a fortalecer la credibilidad del sistema.En cuanto a los candidatos que aparecen afiliándose a última hora a partidos casi olvidados, esperando un milagro político, el espectáculo resulta desalentador. Que se les permita enfrentarse en igualdad formal de condiciones con partidos consolidados puede servir a sus intereses personales, pero difícilmente fortalece la institucionalidad.En un momento de tensión como el presente, en el que se juega la democracia como si fuese un lanzamiento de dados, lo que ocurra el 8 de marzo es de la mayor importancia. A que ese resultado cambiará el panorama para una primera vuelta que parecía ya definida entre Cepeda y Abelardo, se le debe añadir el fuego amigo de parte de los nuevos participantes en la contienda, lo que harán las cosas mucho más interesantes.Hay un punto que no quisiera mencionar por pura superstición, pero que no puedo pasar por alto: De hacerse realidad las amenazas contra la vida de Abelardo de la Espriella por parte de grupos armados, ya hechas públicas, y de quien sabe quién más, pondrán en suspenso la etapa decisiva que se avecina después del 8 de marzo.Estas elecciones se dan en un momento crucial para la región. El año 2026 se inauguró con la captura del narcodictador Maduro, un evento que, habiendo sido ampliamente cubierto, marcó la agenda política continental, ha pasado a segundo plano porque los objetivos inmediatos son otros: Cuba y Nicaragua. No ha habido un solo día sin que seamos testigos de una estrategia continental contra el progresismo de izquierda aliado con redes de crimen transnacional organizado. La baja de El Mencho puede ser interpretada como el comienzo del fin de los cárteles mexicanos, así como la captura de Maduro el inicio del fin del Foro de São Paulo. La política se impregnó de criminalidad y el crimen se politizó. Ese contexto está muy presente en la estrategia de Donald Trump y Marco Rubio y por eso, sin duda, las elecciones en Colombia están en la mira de ellos.KienyKe
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