
Luis Guillermo Vélez Álvarez
“Yo no voy a marchas, pero a esta no podía faltar”, me dijo un buen amigo, veterano del escepticismo y poco dado al ruido de las plazas. Su frase, simple y honesta, resume el espíritu que recorrió las calles de Medellín el pasado 7 de agosto. No fue una marcha más. Fue una expresión cívica profunda, una manera de decir: aquí estamos, todavía creemos.







