
Carlos Salas Silva
En esta tarde de domingo, el zumbido de las hélices y el ruido del motor del espaciado desfile de helicópteros que cruzan en línea horizontal, a dos o tres kilómetros de mi ventana y apenas por encima de las crestas de las montañas, llevando colgada lo que apenas se veía como una gota de agua, daban un aire aún más misterioso a un paisaje invadido de lo que hubiese querido que fuera neblina pero que, casi con seguridad, se trataría de humo, en un día festivo que no es como cualquier otro porque la inquietud y la angustia nos ahogan en estos momentos cuando los incendios le han dado un toque dramático a unos días soleados que en otras condiciones no traerían tanta zozobra.








