
Mario García Isaza*
Si no en su totalidad, dada su exagerada duración, pudimos observar la ceremonia inaugural de los juegos olímpicos que se desarrollan en París. Ceremonia en la que hubo, sin duda, elementos bellísimos de arte, de cultura, de alegría, de historia hermosamente simbolizada. Pero ¡ay dolor!, esa magnificencia y riqueza quedaron enlodadas para siempre por la asqueante bufonada con que un grupo de personajes ultrajó a los millones y millones de espectadores del mundo entero. La ridícula y estrafalaria reproducción que quisieron hacer de la Última Cena, la obra inmortal de Da Vinci, más allá de no tener ni un ápice de gracia, fue una bofetada, no solo al cristianismo sino a la decencia y al respeto.








