
Luís Alonso Colmenares R.
Nadie nace corrupto, pero decir "el poder corrompe" es más que un axioma; en el contexto colombiano, parece una trágica realidad cotidiana cuando se observa que quienes llegan a los cargos públicos traicionan los principios de servicio y responsabilidad que deben caracterizarlos. Este fenómeno no solo involucra a funcionarios corruptos, sino también a una cultura política que normaliza y justifica el abuso de poder como un efecto secundario del liderazgo. Así, se ha creado una impunidad tácita que permite a quienes ostentan el poder actuar sin consecuencias.
