
Alexánder Cambero
Los tambores de la guerra sonaban con estruendo luctuoso. Los frenéticos discursos de Adolfo Hitler abonaban el terreno para la invasión de Polonia que comenzó el 1 de septiembre 1939. La intención era buscar un enemigo que lograse justificar la acción militar. Fue así como los sufridos judíos aparecieron como carne de cañón. Eran la excusa ideal para ir tras la huella de un proyecto hegemónico.