
Aldo Cívico
Saliendo de su casa, mi hermano me indicó una puerta de hierro que esconde una cueva profunda al otro lado de la calle. “Durante la Segunda Guerra Mundial fue un refugio antiaéreo”, observó. “Quizás vuelva a ser útil”, agregó, pensando en lo que está pasando en Ucrania. Desde mi adolescencia no escuchaba conversaciones sobre refugios y, en particular, sobre refugios atómicos. Me ha pasado varias veces en estos días. Ninguna guerra debería dejarnos indiferentes, porque todas nos tocan, todas son cercanas, no importa en qué rincón del mundo se combaten. Todas las guerras deberían indignarnos porque todas hieren profundamente al cuerpo unitario de nuestra humanidad.