
Luis Guillermo Vélez.
“Cuando un habitante de Medellín se asoma por uno de los puentes que cruzan el río, se encuentra con un agua maloliente, de aspecto turbio y denso, color tierra, oscuro y espeso, con sólidos flotantes, basura, y, probablemente, gallinazos que viven de los desperdicios acumulados en las orillas y en islotes”[1].





