Diego A. Santos*
“Voy a escribir algo que quizás suene fuera de moda. Quizás ingenuo. Poco me importa.
Quiero un presidente decente. Así es, decente ética y moralmente. Eso es lo que quiero.
No un estratega perfecto, ni un orador brillante. Tampoco un influencer de la política con buen manejo de redes. Quiero a alguien decente. Y en Colombia, en este momento en el que todo parece estar podrido, eso ya es pedir mucho.
Quiero a alguien que no le deba favores a un asesino. Que no haya defendido a quienes han ordenado la muerte de miles de colombianos. Que no haya estrechado la mano de un terrorista para conseguir votos. Que no haya mirado hacia otro lado mientras quemaban el país por conveniencia política.
Quiero a alguien que cuando hable de paz no sea una coartada y que cuando hable de justicia no sea una amenaza. Quiero a alguien que haya estudiado este país de verdad, no desde un balcón ideológico ni desde un manual de mercadeo importado de otro país. Alguien que conozca Colombia desde las entrañas, desde sus contradicciones, desde su geografía brutal, desde su historia de violencia y de resiliencia que conviven en el mismo territorio como si fueran hermanos.
No busco un presidente sin defectos. Los defectos no me asustan. Me asusta la ausencia de carácter. Me asusta el líder que sabe perfectamente lo que está pasando y calla porque le conviene callar. El que miente sin pestañear. El que usa el miedo como instrumento de gobierno porque sabe que un pueblo aterrado es un pueblo obediente.
Quiero a alguien que lidere con la verdad, aunque la verdad incomode. Con determinación, aunque la determinación genere enemigos. Con tolerancia hacia el que piensa distinto, no como gesto calculado, sino como convicción genuina de que la democracia no es el triunfo de una sola voz sino el acuerdo difícil entre muchas.
Lo que quiero no es una utopía. Es el estándar mínimo que cualquier persona que viva en democracia debería exigirle a quien la gobierna.
Hoy, mirando el mapa de lo que Colombia tiene enfrente —la incertidumbre económica, la crisis energética, la violencia que no cede, las instituciones desgastadas— creo que ese perfil tiene nombre.
Se llama Paloma Valencia.
Una mujer que ha demostrado que se puede hacer política en este país sin venderle el alma al mejor postor, que no es perfecta, pero cuya carrera ha sido intachable en lo ético y en lo moral. Que conoce el Estado desde adentro y lo critica con argumentos, no con consignas. Que ha dicho cosas incómodas cuando era más fácil quedarse callada. Que tiene la estatura moral de señalar lo que está mal, aunque eso le cueste. Que entendió que el país debe ser unido así le haya costado el apoyo de muchos miembros de su partido.
Colombia no necesita un mesías. Ya los tuvimos y han dejado una factura, y fractura, enorme. Colombia necesita un presidente a la altura de lo que este país merece ser. Alguien que entienda que gobernar no es imponer una visión del mundo sino construir un país donde quepamos todos.
Eso es lo que quiero. Y no me parece poco. No quiero un presidente violento ni uno que ha hecho de la violencia su principal arma política.” (Mayo 12)
* Publicado en su cuenta de X (@DiegoASantos).
