“Abajo los antioqueños”

“Abajo los antioqueños”

Álvaro Uribe Vélez*

“Álvaro Uribe Vélez, sobre “Abajo los antioqueños” del General Rafael Uribe Uribe

Pensaba en estos días en Antioquia, en este lugar, en ustedes, apreciados coterráneos. Y rescaté por allá aquel discurso del General Uribe Uribe, de hace un siglo: ‘Abajo los antioqueños’.

Permítanme leerlo, porque no es muy largo y es bien interesante para recordar ese tramo de la historia de Antioquia, que él comprime tan bien en estas tres páginas:

´(…) En la Plaza de Bolívar y Calle de Florián se oyó, a propósito del desgraciado acontecimiento ocurrido el 19 de los corrientes, el grito de ‘abajo los antioqueños’, proferido no tanto por gente del pueblo que podía proceder por ignorancia, sino por personas de cierta ilustración y notoriedad.

Perfectamente. Vamos a gritar ‘abajo los antioqueños’, pero no así en globo, sino descomponiendo el grito en sus partes naturales. Tomando las cosas cronológicamente, desde el principio, empezamos por clamar:

Abajo Córdoba, el Héroe de Ayacucho.

Abajo Girardot, cayendo herido en la frente, en la cumbre del Bárbula, con la bandera de la República en la mano.

Abajo Liborio Mejía, el mártir compañero de García Rovira.

Abajo Zea, Presidente del Congreso de Angostura, Vicepresidente de la Gran Colombia y nuestro primer diplomático.

Abajo los demás jefes y legiones de antioqueños que contribuyeron a dar libertad e independencia a estos mismos que hoy emplean para darle ‘mueras’.

Abajo el dictador Del Corral, primer redentor de los esclavos.

Abajo su secretario, Doctor José Félix de Restrepo, que en el Congreso de Cúcuta hizo consagrar la medida, y luego fue hombre de nuestra magistratura, junto con Duque Gómez, Uribe Restrepo.

Abajo Don José Manuel Restrepo, el historiador y ministro de Simón Bolívar y Francisco de Paula Santander.

Abajo Juan de Dios Aranzazu, el único antioqueño que durante un siglo de República haya ejercido la Presidencia, y eso sólo por algunos días.

Abajo Alejandro Vélez, el estadista patriota.

Abajo Henao, el vencedor del Puente Bosa contra la dictadura de Melo.

Abajo Salvador Córdoba, Don Manuel Antonio Jaramillo, las víctimas de Cartago.

Abajo José María Salazar, autor de nuestro primer Himno Nacional.

Abajo el General Juan María Gómez, nuestro Primer Ministro en el Brasil.

Abajo Giraldo, el Gobernador íntegro y austero.

Abajo Pedro Justo Berrío, el administrador republicano y probo.

Abajo Manuel Uribe Ángel, el geógrafo, el sabio, el filántropo.

Abajo José María Pardo, Juan Crisóstomo, José Vicente y José María Uribe, grandes médicos y republicanos.

Abajo Gregorio Gutiérrez González y Epifanío Mejía, dulcísimos poetas.

Abajo Emiro Castos, Camilo Antonio Echeverri, autores de cuadros de costumbres.

Abajo el Doctor Carrasquilla, uno de los pocos sabios que en Colombia han sido.

Abajo otros tantos hijos de la montaña que se han distinguido en las letras, en las ciencias, en la política, en la milicia, en el foro, en el sacerdocio y en el arte.

Veamos el mejor modo de apear de su silla al ilustrísimo Doctor Bernardo Herrera Restrepo, Primado de Colombia.

Y abominemos de la memoria de su venerable padre.

Arranquemos y dispersemos al viento las cenizas del ilustrísimo Doctor Vicente Arbeláez, prelado virtuoso y manso.

Solicitemos del Presidente de la República que despida a dos de sus Ministros, al doctor Emiliano Isaza, de Instrucción Pública, y al Doctor Baldomero Sanín Cano, de Hacienda, y a todos los demás empleados antioqueños.

Hagamos en la Plaza de Bolívar un acto de fe con los libros escritos de Andrés Posada Arango, el gran botánico; de Fidel Cano, el periodista inmaculado; de Víctor M. Londoño, el altísimo poeta; de Fernando y Bonifacio Vélez y Luis Eduardo Villegas, insignes jurisconsultos.

De Tomás Carrasquilla, el célebre cuentista; de Eduardo Zuleta, el novelista de tierra virgen; de Samuel Velásquez, el autor de ‘Madre’; de Efe Gómez, Francisco de Paula Rendón, Gabriel la Torre, Max Grillo y cien romancistas, dramaturgos, críticos, prosadores, periodistas.

Y agreguemos a la hoguera el ‘Cristo’, de Montoya, y los cuadros de Francisco A. Cano, el pintor genial.

Exijamos al General Rafael Reyes que retire una de sus célebres y justicieras frases, la aplicada a Antioquia, cuando la llamó ‘pueblo del hogar cristiano y del trabajo honrado’.

Pidamos al legislador medidas urgentes para impedir la alarmante fecundidad de esta raza y limitar la expansión, porque esos hombres, hacha y azada en mano, van extendiéndose demasiado hacia todos los puntos cardinales, amenazando no dejar en pie por parte alguna selvas bravías, que deberíamos conservar con cuidado para morada de las fieras o para inmigración extranjera.

Pero, sobre todo, vámonos, lanceta en ristre, averiguando quiénes, hombres o mujeres, niños o ancianos, tienen sangre antioqueña en las venas, ya pura, ya mezclada con la de otras familias, y obliguémoslas a que se la deben sacar, porque es mucha deshonra uno llamarse José Ignacio Escobar, Rafael Tamayo, Diego Uribe, Marco Fidel Suárez, Francisco Uribe Mejía, Eduardo Posada, Antonio Gómez Restrepo, Antonio José Cadavid, Santiago Espinosa, o descender del patriarca Vespasiano Jaramillo, de Don Vicente Palacio, o llevar cualquiera de esos odiosos apellidos de Sánchez, Arbeláez, Montoya, Gutiérrez, Botero, Lorenzana, Santamaría, Posada, Pizano, Arteaga, Gaviria, Hernández, Martínez, Restrepo, Bravo, Correal, Uribe, Mejía, Álvarez, Toro, Vélez, Salazar, Tamayo, etcétera, que para nada han contribuido a la cultura nacional ni a realzar las virtudes colombianas.

Ni por qué limitarnos a gritar ‘abajo los antioqueños’. No deis a los partidos nombres geográficos, aconseja Washington a sus compatriotas, con profunda sabiduría. Y el día que lo olvidaron, llamándose sudistas y nordistas, corrieron ríos de sangre.

‘Apreciad o condenad a los hombres por su valor intrínseco, no por el lugar de su nacimiento, circunstancia fortuita de que no son responsables y que no envuelve culpa ni mérito’, dice un precepto filosófico.

Si desde ya damos aquel consejo y este precepto, preparémonos a ir gritando, por turno riguroso: abajo los boyacenses, abajo los caucanos, abajo los costeños.

Si son algunas las tribulaciones que disgustan, propéndase por modificaciones o cambios, pero no se equivoque el camino ni se incurra en confusiones llenas de injusticia (…)’.

Creo que este ensayo del General Rafael Uribe tiene tres lecciones muy bellas.

Primero, ese recuento de ese período tan importante de la historia de Colombia, que él lo hace a través de los personajes.

Segundo, el llamado a los hombres a hacer esfuerzos para merecer su gentilicio. Esa es la mayor reflexión que en esta hora me causa esta visita y esta lectura.

Y el tercero, la invitación a que esta nación sepa que es un producto de la diversidad, que es una conjunción de regiones, con una gran riqueza, que se origina en su diversidad.

Muchas gracias, apreciados coterráneos. Procuraré querer a Antioquia, profundamente, hasta el último día de la vida, como la única manera que tengo para agradecer tanta generosidad de mis coterráneos.”

* Por Álvaro Uribe Vélez, marzo 15, 2026

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