Eduardo Mackenzie
Hoy se cumplió el 102 aniversario de la muerte de Vladimir Ilich Oulianov, Lenin, el 21 de enero de 1924 en Moscú. En lugar de resumir su biografía y discutir por qué la Rusia de hoy le ha dado la espalda a ese personaje, creímos que es más interesante reflexionar sobre la terrible herencia que él le dejó a su país y al mundo.
Para ello escogí y traduje una parte del excelente ensayo de un especialista en esa materia, Alexandre Yakovlev, miembro del buró político del PCUS, y uno de los inventores de la Perestroika y de la Glasnost, en su calidad de consejero eminente de Mikhail Gorbatchev en 1986 y 1987. Yakovlev fue excluido del buró político en 1991. El ensayo de Yakovlev se intitula Le bolchevisme, maladie sociale du XX siècle. Yakovlev escribió también tres obras importantes Ce que nous voulons faire de l’Union soviétique (Paris, Seuil, 1991); Le Vertige des illusions (Paris, Jean Claude Lattès, 1993) y Le Cimentière des Innocents (Paris, Calmann-Lévy, 2007). Yakovlev murió el 18 de octubre de 2005 en Moscú, a los 81 años.
A comienzos de siglo, Lenin gritaba con una voz patética: “Dennos un partido de revolucionarios y nosotros cambiaremos por completo a Rusia”. Y la cambiaron, la pusieron patas arriba y cabeza abajo. ¿Y después? Nada, excepto la pérdida de un siglo entero, ese siglo de retraso que nos separa aún hoy de los países civilizados. El país es pobre, atrasado, y la nación ve su capital biológico empobrecido. En fin, ninguna perspectiva radiante emerge para la nación. ¿Por qué? Simplemente porque nuestra sociedad está enferma, contaminada por la mentira. Seguimos viviendo en una especie de pesadilla. Luchamos por la libertad, pero todavía vivimos a la manera soviética.
Una de las peores catástrofes es el envilecimiento de lo bello. El régimen bolchevique nació del ardor revolucionario, con temas fundados sobre ideales humanistas. Los leninistas estaban convencidos de que la violencia era el único instrumento para hacer triunfar sus ideales.
El bolchevismo y el fascismo son dos caras de una misma medalla. La medalla del mal universal. El terror bolchevique tenía por meta hacer nacer una sociedad sin clases, sin impurezas, como el agua destilada. El terror hitleriano tenía metas más previsibles: limpiar Europa, en un primer tiempo, después el mundo, de los pueblos inferiores. En primer lugar, los eslavos y los judíos, después los amarillos y los negros. Todo eso es claro: sólo los grandes rubios de ojos azules tenían derecho a vivir sobre la Tierra.
El testamento político de Lenin –que sirvió de base en la redacción del artículo 58 del Código Penal de 1926–, considera como un crimen toda acción o toda omisión que contribuya al debilitamiento del régimen. La presunción de culpabilidad reemplazó así la presunción de inocencia: “Quien no está con nosotros está contra nosotros”. Desde los primeros días de la guerra civil impulsada por Lenin, la población tuvo que vivir en una anarquía tiránica y criminal. Esos dos términos, anarquía y tiranía, no son incompatibles. Cualquier canalla chekista podía, por su cuenta, condenar a muerte a una persona que él consideraba como miembro de una clase inferior. Más tarde, Stalin democratizó esa práctica poniendo orden a esa anarquía criminal: fijó el número de canallas a tres y los incluyó en una “troika”. Gracias a la anarquía ese régimen criminal aparecía como inocente: “El poder es bueno, los hombres son los malos”.
Así fue como la única forma para arreglar los conflictos se transformó en batalla de todos contra todos.
Ese fue el reino del absurdo. En la URSS luchaban contra la ideología y las tradiciones burguesas, luchaban por aumentar la productividad del trabajo y por la victoria de los ideales del partido en el campo de la cultura, por el “hombre nuevo”, contra las escorias del pasado… Dirigíamos un combate incansable por las cosechas, por la tala de los bosques por encima del Plan, por el desbroce de las “tierras vírgenes”, por una colectivización al ciento por ciento y por la “paz sobre la Tierra”.
En comparación, el proyecto del hitlerismo es claro como el cristal. Los nazis quemaban los libros de manera pública en las plazas de las ciudades y pueblos. Pero los comunistas queman cien veces más, en secreto, según listas preestablecidas, con rigor. Queman la Biblia, el Corán, las obras de Dostoievski y de centenas de otros autores, primero por iniciativa de Nadejda Krupskaia, la mujer de Lenin.
Todos los regímenes—incluso los democráticos—recurren en caso de guerra al control de la información, limitan la difusión de ésta, y restringen el derecho de las personas y de las ideas a circular. Pero el bolchevismo estableció eso como su política en tiempos de paz. Las ondas de las radios extranjeras eran interferidas, la censura era empujada hasta el absurdo. Los viajes al extranjero estaban prohibidos; las mujeres engañadas tenían que ir a quejarse ante la célula del partido, quien intentaba entonces “educar” al marido infiel. Lenin prohibió todos los periódicos “burgueses”. Sólo la prensa comunista podía ser publicada. El partido decidía los libros que podían ser leídos, las canciones que podían ser cantadas, los temas de discusión, e incluso las formas de discutir.
El control de la información y el cierre de las fronteras, el gulag y la ausencia de leyes, todas esas humillaciones empujaron a la población soviética a tomar por verdadera vida esa pseudo realidad en la que la obligaban a vivir. La reeducación de masas llegó hasta un punto en que la gente cesó de ser para parecer y comenzó a jugar, en toda ocasión, el papel de los personajes modelo. En el extranjero tenían prohibido mostrar que no creían lo que oían ni lo que veían. Por ese reflejo la lengua sólo podía proferir mentiras.
Eso explica que la frase de Soljenitsyn “vivir sin mentir” se convirtió en el precepto de la nación en su lucha contra el totalitarismo. La decadencia y la degeneración del régimen se hicieron evidentes cuando llegó el periodo de la glasnost, el cual quedó en el recuerdo de todos y que yo quise tanto.
La Unión Soviética fue devastada por Hitler. Sin embargo, el estado de la URSS en 1945 –teniendo en cuenta todos los horrores—no tenía nada de comparable al de nuestra patria después de los siete primeros años de tiranía leninista. En esa época todo había sido robado a Rusia y a su pueblo. El oro, los diamantes, las divisas, todo lo que había sido confiscado era para las necesidades, decían, de la “Revolución Mundial”, y todo había ido a parar a las manos de los altos dignatarios del partido.
La nobleza había sido exterminada. Los comerciantes, los empresarios, la inteligencia y los oficiales, la fina flor del Ejército fueron liquidados. Millones de campesinos perecieron, la clase obrera no era más que polvo, aunque la banda de Lenin haya perpetrado sus crímenes en su nombre.
La economía se desintegraba. La más grande flota fluvial del mundo, orgullo de los comerciantes, terminó hundida. La hierba crecía sobre las vías de las mejores carrileras del mundo. El mejor sistema bancario mundial estaba quebrado, desintegrado. Las miles de explotaciones agrícolas –cuyas cosechas eran antes superiores a las de las haciendas de Europa occidental y de Estados Unidos—, habían sido pilladas y arruinadas. También fue destruido el mejor sistema de educación del mundo, erigido por el zar Alexandre II y mejorado por el ministro Stolypin.
Stalin era el más perverso, el más astuto de los bolcheviques. Él preveía sus golpes con años de antelación, conocía la vida de las prisiones y de los presidios, tenía una memoria fantástica y asimilaba los textos de manera casi fotográfica. El no soportaba ni los opositores ni los rivales. En eso él se parecía mucho a Lenin. El blasfemaba como un carretero, llevaba una vida simple, pero detestaba a todos los revolucionarios incluido su maestro, Lenin, y sobre todo a la mujer de éste, Krupskaia. No obstante, como buen cínico y pragmático, Stalin sabía mejor que nadie que, para convertirse en el Guía incuestionable debía permanecer bajo la sombra de Lenin. Por eso él se presentaba como su apóstol, su continuador, destilando en el espíritu de los miembros del partido el eslogan “Stalin es el Lenin de nuestro tiempo”. Y ningún hombre en la Historia fue más ruso fóbico que Lenin. El transformó todo en ruinas, la gente, la política, la economía. Todos fueron robados, los vivos y los muertos. Incluso las tumbas fueron profanadas. Todo fue robado. Todo era mentira. Todo fue destruido. Así culminó ese golpe magistral de octubre de 1917 –planificado por el estado mayor alemán y por el mismo Ludendorff, quien fue más tarde el apoyo y el ídolo de Hitler.
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