
Iván Duque Márquez
Miguel Uribe Turbay nos enseñó que los principios se defienden sin rencor y que el amor a Colombia no se negocia ni se posterga.
El asesinato de Miguel Uribe Turbay es otro capítulo luctuoso en la historia republicana de Colombia, un episodio que trasciende las fronteras de la Patria y deja una herida abierta en el corazón de la Nación. Las balas infames del odio político no solo apagaron la vida de una figura nacional en pleno ascenso, llamada por su temple y preparación a alcanzar la más alta dignidad del Estado, sino que también truncaron una esperanza real de rescatar la dignidad perdida y emprender la reconstrucción del país.
Miguel era, sin exageración, uno de los más brillantes de nuestra generación. A sus 39 años había escalado con mérito propio los peldaños más exigentes de la política en la capital de Colombia y en el Congreso de la República. Hacía honor a sus apellidos: poseía un carácter recio y una convicción férrea, combinados con la virtud de tender puentes y conciliar. Creció sin su madre Diana —víctima del narcoterrorismo antes de que él cumpliera cinco años— y aquella tragedia, compartida con su hermana María Carolina, forjó en él una resiliencia y una valentía a toda prueba.
Nadie habría imaginado —menos él— que la historia cruel de su infancia se repetiría como un espejo roto en la vida de su hijo Alejandro, quien hoy, privado de su padre, deberá afrontar en orfandad el mismo sendero que recorrió Miguel, víctima de la violencia por sostener y defender sus ideales, principios políticos y amor a la Patria.
Tuve el privilegio de compartir con él largas conversaciones en las que afloraban sus convicciones más hondas y su inquebrantable determinación. Poseía una visión de país auténtica, moldeada por la urgencia de la coyuntura y proyectada hacia el futuro, con la mira puesta en una reconstrucción a partir de 2026. Bajo el liderazgo y el acompañamiento del expresidente Álvaro Uribe Vélez, recorrió el territorio nacional llevando un mensaje nítido: combatir la corrupción, reconstruir el país y alcanzar una paz verdadera para Colombia.
Su liderazgo, respaldado por encuestas que lo situaban en la vanguardia del Centro Democrático y en los primeros lugares de la opinión pública nacional, lo perfilaba como un contendiente sólido para disputar la Presidencia de la República. Su oposición frontal al actual régimen se convirtió en un sello de firmeza, garantía de autoridad y promesa de recuperar la seguridad perdida en los últimos tres años.
El mejor homenaje que podemos rendirle es honrar su legado con unidad de propósito, compromiso y patriotismo.
Su llegada al Senado con la más alta votación de todos los candidatos consolidó un liderazgo indiscutible, especialmente en el ámbito económico, donde, desde la Comisión Tercera, destacó por su solidez argumental para enfrentar las reformas tributarias y frenar los excesos impositivos propuestos por el Gobierno.
Durante más de sesenta días de lucha por su vida, lo acompañamos con oraciones y esperanza. Por eso la noticia de su muerte, tras resistir con estoicismo al atentado criminal, nos sorprendió con una mezcla insoportable de dolor e indignación: el terrorismo nos arrebató no solo a un hombre joven íntegro y transparente, sino a una de las más prometedoras esperanzas de Colombia.
En el mensaje que envié a mi apreciada María Carolina, y en el comunicado suscrito por el Grupo Libertad y Democracia junto a expresidentes de varios países, expresamos no solo la condena y preocupación por este crimen execrable, sino también el compromiso renovado de defender con más ahínco los valores democráticos que Miguel encarnó y defendió.
Hoy, cuando la sombra de la violencia amenaza con imponerse sobre la luz de la razón, la memoria de Miguel se alza como un faro moral para esta generación y las que vendrán. Que su sacrificio no se diluya en el torbellino de la indignación pasajera, sino que se transforme en un mandato colectivo: hacer de la política un acto de servicio, de la discrepancia un ejercicio noble, y de la patria un proyecto común. Porque si algo nos dejó Miguel, es que los principios se defienden sin rencor y que el amor a Colombia, cuando es genuino, no se negocia ni se posterga.
El mejor homenaje que podemos rendirle es honrar su legado con unidad de propósito, compromiso y patriotismo. Debemos recoger y hacer propio el mensaje que, en nombre de Miguel, ha transmitido con serenidad y grandeza su esposa María Claudia: ‘unión, paz y amor’.
La unidad, libre de mezquindades políticas o personales, es la única vía para salvar a Colombia en estos momentos aciagos. Miguel Uribe Turbay, paz en su tumba.
Expresidente de Colombia
12 agosto 2025
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