Andrés Felipe Arias*
“Estanflación criolla: lo que los datos de la semana pasada confirman sobre Petronomics
La inflación volvió a subir, el crecimiento se desploma, y la composición sectorial del PIB confirma un modelo sostenido en gasto burocrático, transferencias y rentas ilegales.
La semana pasada el DANE entregó dos cifras que, leídas juntas, cuentan la historia que el gobierno preferiría no narrar.
La inflación anual en abril aceleró a 5,68%, cuarto repunte consecutivo, presionada por restaurantes y hoteles al 9,61%, salud al 8,21% y carnes con incrementos cercanos al 13%.
El PIB del primer trimestre creció apenas 2,2% anual, por debajo de las expectativas del mercado y de las del propio Banco de la República.
Cuando los precios suben y la producción se desacelera al mismo tiempo, la economía entró en estanflación. La versión criolla, eso sí, con su propia farmacopea.
El 46% del crecimiento lo puso el contribuyente
El dato más revelador no apareció en el titular, sino en el desglose por demanda final. El gasto del gobierno explicó el 46% del crecimiento del PIB del primer trimestre. Casi la mitad. Sin ese impulso, la economía colombiana habría crecido alrededor de 1,2% anual —cifra que deja a la actividad privada esencialmente estancada o en recesión—.
El consumo de los hogares aportó otra parte importante, jalonado por las transferencias monetarias del programa Renta Ciudadana y los subsidios que el gobierno mantiene como columna vertebral de su estrategia política. De inversión productiva privada, nada.
El presupuesto general 2026, aprobado por la coalición de gobierno, retrata el modelo con precisión clínica. De $546,9 billones de pesos totales, el 65,5% va a funcionamiento, el 18,4% a servicio de la deuda y apenas el 16,1% a inversión pública. Inversión que, por lo demás, es la única fuente de ajuste fiscal a la que acude el gobierno: fue recortada 7,8% respecto al año anterior.
El Estado colombiano nunca había sido tan grande, tan caro, ni tan poco productivo a la vez.
Lo improductivo se expande, lo productivo se contrae
La fotografía sectorial confirma el diagnóstico. Los sectores que más crecieron en el primer trimestre son, en su orden:
Administración pública, defensa, educación y salud: +5,7% anual, aportando 0,9 puntos porcentuales del crecimiento total.
Comercio, transporte y alojamiento: +2,9% anual, jalonado por el consumo financiado vía transferencias.
Los que más se hundieron:
Construcción: −5,4% anual, golpeada por la parálisis en infraestructura, vivienda VIS y vivienda no VIS por igual.
Agricultura, ganadería y pesca: −1,4% anual, en un país que siempre ha considerado al campo la nueva frontera de productividad.
Minería: −0,1% anual, estancada pese al boom internacional del oro cerca de USD 5.000 por onza —los precios récord pasan por encima de la minería formal sin tocarla—.
La asimetría es feroz. Mientras el agregado dependiente del cheque público crece a más del doble del PIB total, los sectores que tradicionalmente generan empleo formal, divisas legales y encadenamientos productivos se contraen o se estancan.
El país se vuelve cada año más dependiente de la nómina estatal, los subsidios y el gasto de funcionamiento. Y menos capaz de producir lo que consume.
La enfermedad holandesa criminal
El peso colombiano está sostenido, en parte significativa, por flujos de divisas ilegales que entran por la puerta trasera del balance externo.
Hagamos la aritmética que el gobierno preferiría no hacer. El Informe Mundial sobre Drogas 2025 de la UNODC confirmó que Colombia alcanzó 253.000 hectáreas de coca en 2023 —el 70% del cultivo global— y produjo 2.664 toneladas de cocaína pura, un 53% más que en 2022. Con un crecimiento conservador del 10% anual, la producción supera las 3.200 toneladas en 2025.
Descontando incautaciones del 30%, al menos 2.240 toneladas llegan a los mercados internacionales. Al precio CIF de USD 8.000 por kilo en Centroamérica —siendo prudentes, en Europa es tres o cuatro veces más—, eso da USD 17.920 millones. Casi 20% más que todas las exportaciones de petróleo del país. Cuatro veces y media lo que Colombia exporta en café. Alrededor de COP 72 billones en divisas que entran por un solo commodity ilegal.
A eso hay que sumarle la minería ilegal de oro, con ingresos estimados en USD 8.414 millones anuales según el último informe de inteligencia. El 82% de las exportaciones formales de oro provienen de circuitos ilegales, se lavan en Antioquia y Valle del Cauca y terminan en once países.
Todos esos dólares presionan el tipo de cambio con la misma fuerza que cualquier exportación legítima. Entran, se cambian, de distribuyen a toda la economía, se gastan. Y el peso se aprecia.
Es la variante criminal de la enfermedad holandesa. En lugar de petróleo o café, los commodities que fortalecen la moneda son cocaína y oro ilegal. La minería legal, el agro y la industria pierden competitividad, las exportaciones formales se encarecen, las importaciones se abaratan, y el país se hunde en la dependencia de lo que no puede —o no quiere— controlar.
Un gobierno que se autoproclama de izquierda, antisistémico y anti-narco está siendo financiado, sin reconocerlo, por las dos rentas criminales más grandes del país.
La aritmética que no perdona
El déficit fiscal proyectado para 2026 oscila entre 6,5% y 7% del PIB, muy por encima del 5,1% que el propio gobierno había prometido en el Marco Fiscal de Mediano Plazo. El servicio de la deuda ya consume casi una quinta parte del presupuesto. La regla fiscal está rota. La inversión pública —el único componente del gasto con multiplicadores reales en el largo plazo— se sigue recortando para alimentar la nómina y los subsidios. Al ritmo actual, el próximo gobierno recibirá una caja en condiciones comparables a las peores crisis recientes del país.
Inflación que castiga el salario real del trabajador. Crecimiento que solo se mantiene porque el gobierno gasta a manos llenas apalancado en deuda carísima.
La factura llegará
Petronomics es, en últimas, el arte de cobrarle dos veces al ciudadano. Una por el impuesto formal que paga al fisco. Otra por la inflación que erosiona en silencio el poder adquisitivo del salario. Y eso sin contar la tercera factura, la futura, la que llegará cuando el próximo gobierno —cualquiera que sea— tenga que acometer el ajuste fiscal que este aplazó.
Era previsible. Un modelo que decidió, desde el primer día, gobernar con la chequera abierta y la productividad cerrada, no podía producir otro desenlace. Los datos de la semana pasada no son la sorpresa. La sorpresa será cuando el músculo fiscal ya no aguante seguir cargando el peso entero de una economía que dejó de producir, y la factura llegue entera y de un solo golpe.
Martes 19 de mayo de 2026
