Yo no fui, fue el pastor

Yo no fui, fue el pastor

Carolina Restrepo Cañavera*

Uribe recomendó. Sí. Lo hizo como jefe natural de un proyecto político, con influencia real y con una base que le creía. Hasta ahí, nada extraño, así funciona la política, con liderazgos, disciplina, coaliciones y apuestas.

Lo que a mí me parece inaceptable y profundamente infantil, es el uso posterior de esa recomendación como coartada moral. Ese cuento de: “yo no fui, fue Uribe”. O, dicho sin eufemismos: “yo no fui, fue el pastor”.

Porque una cosa es reconocer que un líder influye. Y otra muy distinta es fingir que el ciudadano es un objeto que se deja arrastrar, marca un tarjetón sin criterio y luego aparece, años después, a posar de víctima: “me llevaron”, “me engañaron”, “me tocó”. No. El voto se marca con la mano de cada quien. Y la responsabilidad también.

Además, esa excusa suele venir envuelta en una superioridad moral impostada.

El que repite “Uribe dijo” quiere quedar como persona sensata, casi obligada, casi inocente… y al mismo tiempo pretende juzgar desde arriba, como si nunca hubiera pertenecido, como si nunca hubiera recibido algo del “nosotros” mientras le sirvió.

Es curioso, cuando la decisión se toma, son parte del equipo. Cuando llega el costo, se vuelven espectadores. Cuando el resultado no les gusta, descubren de repente que son individuos autónomos… pero solo para acusar. Es una pirueta cómoda, quedarse con los aplausos y tercerizar la factura.

Por eso hay una pregunta que incomoda, porque desnuda la trampa, si no era Santos, ¿por quién habrían votado? Si no era Duque, ¿por quién? Quiero alternativas reales, nombres reales, país real. No indignación genérica. No moralina barata.

Porque el tarjetón no ofrece un menú de perfección: ofrece opciones imperfectas, en contextos difíciles, con información incompleta. Y escoger una opción, por cálculo, por disciplina, por confianza o por miedo, es una decisión. Legítima, discutible, criticable. Pero decisión al fin.

Y aquí viene la parte que muchos prefieren olvidar, mientras la mayoría “seguía con su vida”, Uribe pagó costos personales y políticos que pocos en este país estarían dispuestos a pagar.

Cargó odios, caricaturas, campañas, procesos, persecuciones. Soportó el peso de un país partido en dos. Esa es la verdad, le guste o no a quien hoy se siente con derecho a hablarle desde una cómoda superioridad.

¿Eso significa que Uribe sea infalible? No. Significa algo más básico, que la crítica seria no se hace con cobardía. Se hace con argumentos y con responsabilidad. Si usted votó por disciplina partidista, dígalo. Si votó por confianza en Uribe, dígalo. Si votó para evitar una alternativa peor, dígalo. Y si hoy cree que se equivocó, perfecto, cambie. Pero cambie como adulto, no como rebaño.

Porque si hoy van a tomar otra decisión, háganlo. Voten distinto, rompan con su pasado, cuestionen a sus líderes, la democracia lo permite.

Pero mañana, cuando llegue el resultado, el que sea, asúmanlo también. Sin persignarse. Sin buscar un culpable externo. Sin ese reflejo infantil de decir “me dieron la orden” para luego fingir inocencia.

Hay otro fenómeno igual de dañino que la idolatría, la deslealtad disfrazada de virtud.

Esa campaña agresiva contra el propio proyecto, emprendida por quienes se beneficiaron del “nosotros” mientras les sirvió, y hoy se presentan como si siempre hubieran estado por encima.

No estaban por encima. Estaban dentro. Y decidieron. Y votaron.

La democracia exige algo elemental, hacerse cargo. De lo que se elige y de lo que se deja de elegir. De los liderazgos que se siguen y de los liderazgos que se rechazan. De las consecuencias que se celebran y de las consecuencias que se lamentan.

Uribe recomendó, sí.

Pero usted votó.

Y en democracia, el pastor no firma el tarjetón. Lo firma el ciudadano.” (Marzo 5)

* Publicado en su cuenta de X (@carorestrepocan).