
Ernesto Macías Tovar
Cepeda calla porque hablar implicaría dar explicaciones que no quiere ofrecer. Se ampara en supuestas gestiones de paz para justificar su mutismo.
Desde su elección como candidato del petrismo, en la consulta interpartidista de octubre, el senador Iván Cepeda ha hecho del silencio selectivo no solo una forma de acción política, sino una estrategia deliberada de supervivencia. Evita con pericia los asuntos que lo comprometen, esquiva las preguntas incómodas y, cuando no logra hacerlo, descalifica a quienes las formulan. No enfrenta los problemas: los elude, los diluye, los deja pasar, confiado en que el ruido de la coyuntura y el paso del tiempo hagan su trabajo. Su discurso no se define por lo que dice, sino por aquello que decide callar.
Tan pronto ganó la consulta anunció que no asistiría a debates porque –según él– allí se amenaza y se denigra entre candidatos. Luego, ante las críticas, incluso de sus aliados, rectificó y dijo que podría asistir, siempre que él mismo fijara las reglas. En otras palabras, no asistirá. El trasfondo es evidente: Cepeda no quiere responder por los temas que no le convienen y que, inevitablemente, surgirían en un escenario abierto y de interés nacional. Como su silencio frente a la financiación oscura de su campaña.
No quiere hablar de sus vínculos con las Farc y otros grupos ilegales, asunto recurrente en ruedas de prensa a las que llega prevenido y hostil. Guarda silencio frente a la abundante evidencia gráfica –videos y fotografías– con cabecillas de esos grupos; no explica la calle de honor en La Picota a la salida de alias Santrich, ni asume responsabilidad política por la posterior fuga de aquel. Calla porque hablar implicaría dar explicaciones que nunca ha querido ofrecerle al país. Se ampara en supuestas gestiones de paz para justificar su mutismo.
Denunciar hoy implicaría admitir que el proyecto que defiende con vehemencia terminó fracasando y agravando aquello que decía combatir. No es prudencia ni mesura: es cálculo electoral.
Como candidato tampoco se refiere a sus estrechas relaciones con el chavismo y el narcorrégimen venezolano. Resulta aún más grave si recordamos que Cepeda ha construido su carrera política como férreo defensor de los derechos humanos, pero jamás se escucha su voz frente a las violaciones sistemáticas cometidas en Venezuela, responsables de la peor crisis humanitaria del hemisferio, ni por los colombianos secuestrados y torturados por el chavismo.
En la Comisión Segunda del Senado, encargada de la defensa nacional y las relaciones internacionales, su conducta ha sido igualmente reveladora. Mantiene un discurso beligerante y severo contra altos oficiales de la Fuerza Pública cuando se trata de sus ascensos, pero guarda silencio frente a masacres, secuestros y crímenes perpetrados por grupos ilegales. El autoproclamado defensor de los derechos humanos no ha querido hablarle a la nación, menos repudiar, las acciones criminales que dejan 1.143 víctimas en 344 masacres durante el mandato de Petro. Y en lo internacional, calla frente al fraude electoral de Maduro, frente a la invasión rusa a Ucrania y frente a las barbaries de Hamás.
Ante los escándalos de corrupción que rodean al círculo más cercano de su mentor político, el silencio es absoluto: ni una palabra sobre el saqueo del erario a través de la UNGRD, ni sobre el caos de los pasaportes o la compra de aviones de combate, todos asuntos propios de su órbita congresional.
En síntesis, Iván Cepeda, ya convertido en candidato, optó por el mutismo selectivo: dejó de ser un vigilante moral del poder para convertirse en su aliado ideológico. Denunciar hoy implicaría admitir que el proyecto que defiende con vehemencia terminó fracasando y agravando aquello que decía combatir. No es prudencia ni mesura: es cálculo electoral. Un silencio funcional que protege alianzas, preserva el relato, sacrifica la coherencia y confirma que su voz crítica no responde a principios universales, sino a conveniencias políticas coyunturales. Cuando el silencio reemplaza a la ética, ahí, precisamente, se extingue la autoridad moral.
@ernestomaciast
02.02.2026
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