
Alfonso Monsalve Solórzano
La política de Trump es el de un dirigente de una superpotencia en el marco de una nueva guerra fría: está marcando territorio y asegurándose recursos y lealtades políticas en su confrontación por el dominio del mundo con el bloque de China, Rusia e Irán. Esta política se encarna en su accionar contra Venezuela y sus amenazas a Petro.
Durante la anterior guerra fría, el control férreo de los gobiernos y su lucha contra la insurgencia comunista en América latina, Africa y Asia, fue la regla. En la primera, la lucha contra insurgente promovida por Estados Unidos implicó la promoción de dictaduras anticomunistas en Chile, Argentina, Uruguay, Brasil, Nicaragua, El Salvador y Guatemala, y una relación especial con Colombia.
Sólo con el triunfo de USA en la Guerra Fría con la Unión Soviética que desapareció en 1990, se aplicó, por parte de USA, la doctrina de promover la democracia en los países latinoamericanos y ésta se instauró en Brasil, Chile, Argentina, entre otros. Venezuela, fue, junto con Colombia, un caso aparte. Con el Pacto de Punto Fijo de 1958, con la caída del dictador Pérez Jiménez, se estableció la Cuarta República, hasta 1999, cuando ascendió Chávez al poder y se inició la dictadura. En Colombia, el pacto consociacional (acuerdo entre fuerzas antagónicas de un país para garantizar su gobernabilidad repartiendo el poder entre ellas) entre liberales y conservadores para poner fin a la Violencia, con el Frente Nacional de gobierno compartido bipartidista, preservó nuestra democracia de 1958 a 1974, permitiendo, a partir de entonces, la democracia plena.
Con el ascenso económico y político de China y su alianza con Rusia e Irán, estas potencias contienden con USA por el dominio del mundo, dando origen a lo que más arriba llamé una nueva Guerra Fría, que se manifiesta en su máxima expresión en el gobierno de Trump.
Se trata de un hombre temperamental, narcisista, ególatra y amante del poder personal, del ejercicio de la amenaza y la fuerza. Pero no nos equivoquemos: no es sólo un asunto personal, pues ha dudado en poner en palabras su visión del mundo: va a tratar de implementar en América, distinta de USA, lo que él llama la nueva doctrina Monroe, es decir la doctrina Donroe: América para los americanos, es decir para USA, algo que incluye Groenlandia y Latinoamérica, en los campos económico y político.
Pues bien, Venezuela es el país con mayores reservas de petróleo y con grandes minas de oro y minerales raros, que tiene una dictadura que oprime ferozmente a sus compatriotas y que no ha cumplido ninguno de los acuerdos que firmó con Trump. Y que mantiene su poder con base en un aparato de represión sustentado en sus fuerzas armadas corruptas al máximo, dedicadas a saquear la riqueza venezolana y al ejercicio del narcotráfico, con el apoyo de grupos paramilitares originados en Colombia, protegidos y protectores, de la dictadura, cuya actividad económica principal es, por supuesto, el narcotráfico y el tráfico de oro y de minerales raros venezolanos.
Para Trump desmontar ese poder entrelazado es esencial en su idea de “administrar a Venezuela”.
El cerco militar permitió la acción de extracción de Maduro, que fue una extraordinaria demostración de fuerza y precisión matemática que sirvió para mostrar que el poder militar de Venezuela era insignificante e inoperante frente al de USA. Tal demostración le posibilitó imponer condiciones a la dirigencia venezolana con base en una amenaza extrema, para cumplir un plan que tiene tres fases: estabilización, recuperación y transición. El nodo del asunto es estabilizar el país para permitir la recuperación de la industria petrolera para las compañías norteamericanas y en la que la riqueza no favorezca sólo a la dictadura, sino a todo el pueblo venezolano, que se beneficiaría de la recuperación económica, según dijeron Trump y Rubio. La estabilización se está haciendo con funcionarios del régimen que ellos afirman tienen bajo control y la transición será realizada cuando se pueda y no necesariamente hacia un régimen democrático, aunque sería lo deseable, según han dejado entrever los dos dirigentes. La exigencia de la liberación de todos los presos políticos es una señal positiva y esperanzadora de Trump, en ese sentido; incluso su aseveración que la dirigente María Corina Machado podrá jugar algún papel en ese proceso.
Este proceso, que tiene tres fases, no es el que querían los venezolanos de a pie, pero es el que hay. La posición de Trump, dicha sin tapujos, es la manifestación de realismo político que no esconde sus verdaderos intereses estratégicos. Puede resultar repugnante -toda manifestación de dominación arbitraria lo es- pero, al menos la gente sabrá a qué atenerse. Y los venezolanos tendrán que decidir si es preferible el liderazgo de USA que abre espacio a la libertad y a la democracia y que afirma que beneficiará económicamente a todos los venezolanos, o la opresión de un puñado de individuos inescrupulosos que los han explotado y oprimido por 25 años. Y es importante tener en cuenta que una transición ordenada, como la que propone el gobierno de USA puede evitar un baño de sangre que, probablemente ocurriría si esta fuere abrupta. Muchos migrantes que pensaban retornar inmediatamente han reconsiderado esa opción y esperarán prudentemente.
Ahora bien, hay que decir que el futuro de esta política no está garantizado: el fin de Trump puede comenzar este año con la pérdida de las mayorías en el congreso de USA en las elecciones de en noviembre: la renovación de la cámara y parcialmente del senado, puede significar un golpe rudo para el presiente, más si se tiene en cuenta que a hoy tiene apenas el 38% de aceptación. Esa fecha, me imagino, figurará como horizonte temporal para la estrategia de Trump. Pero faltan diez meses, que, en tiempos de ese presidente, puede ser una eternidad y es mucho lo que podrá hacer en estos asuntos.
En cuanto a Colombia, la posición de Petro y nuestro probable futuro.
He sostenido, desde que Trump bloqueó a Venezuela, que Petro tiene miedo, a pasar de sus insultos y bravatas. Cuando USA extrajo a Maduro, Petro denostó contra Trump, acusándolo, entre otras cosas, de “orinarse” en los tratados y acuerdos internacionales; pero cuando vio que la inminencia de una acción contra suya podría ser inminente, corrió a arrodillarse.
Ahora bien, Petro se vende como un luchador de toda la vida contra el narcotráfico y, en cambio, habla de que sus adversarios de la oposición son narcotraficantes a los que ha combatido. Ha atacado al paramilitarismo y atado a actores políticos de centro derecha con este fenómeno. De hecho, ya se lo planteó a Trump y lo hará de nuevo en su vista de febrero. Es su estrategia electoral ahora que ya no puede presentarse como antimperialista: presentar la oposición como enemiga de USA.
Es cierto que algunos políticos, de hecho, han estado ligados con ellos. Pero no son la mayoría y muchos han terminado en la cárcel. Petro ha llegado a relacionar al uribismo y al mismo expresidente Uribe y a su familia. Él y su candidato Iván Cepeda los ha convertido en blanco de esos ataques. Es algo completamente falso, como lo describe María Clara Posada en su artículo de ayer en El Colombiano. El su escrito plantea que la mentira deja de ser un problema ético y se vuelve una herramienta política y que “Ese patrón se hace evidente en el comportamiento del candidato del continuismo, Iván Cepeda, frente al expresidente Álvaro Uribe Vélez. No se trata aquí de una diferencia de opiniones o de una controversia ideológica legítima. Se trata de una contradicción vulgar entre lo que Cepeda afirma bajo juramento en los estrados judiciales y lo que declara sin pudor en escenarios mediáticos internacionales.
El abogado del expresidente, Jaime Granados Peña, lo ha expuesto con claridad: Cuando Cepeda fue contrainterrogado en juicio y enfrentado a la gravedad del juramento, tuvo que admitir que no le constaba ningún hecho que comprometiera penalmente a Uribe. Nada. Ninguna prueba. Ningún conocimiento cierto. Solo conjeturas. Sin embargo, lejos de contextos con consecuencias legales, Cepeda reaparece en España acusando al presidente de haber construido su poder económico en relación con el narcotráfico. La diferencia entre ambos escenarios es reveladora. Ante los jueces, la verdad fáctica se impone. Ante los micrófonos, la ideología se desborda”. (https://www.elcolombiano.com/opinion/columnistas/maria-clara-posadscepeda-el-neotrotskiano-EF32400501).
En cambio, todo el que está informado sobre lo que ocurre en Colombia sabe que Petro durante toda su vida ha apoyado la guerrilla, cuya esencia era el narcotráfico y ahora su política de paz total ha permitido que estos grupos se expandan; así como sabe que Cepeda era el defensor público número uno del narcotraficante alias Jesús Santrich. También está enterado de que el narcotraficante alias Iván Mordisco dijo públicamente, cuando Petro decidió perseguirlo, que su guerrilla había apoyado la campaña de este. Y personas como el sobrino de Iván Marquez y el Mono Carvajal tienen información que compromete gravemente al presidente actual con esa actividad. Y por supuesto, todo mundo sabe que en su política de Paz Total favoreció a los grupos narcoguerrilleros del ELN (según el decir del ministro de defensa) y disidencias de las FARC, a los que ahora, muerto del susto Petro persigue, mientras acusa el régimen venezolano de no hacer siempre su tarea; así como a los herederos del paramilitarismo, negociando con el Clan del Golfo. Y se sabe que, en la campaña de Petro, todos los indicios apuntan a que hubo dineros del narcotráfico.
En su ida a Washington Petro recibirá un ajuste de clavijas aun mayor –ya Trump dijo que aquél lo había tratado mal y que tenía que acabar con la producción de cocaína en el país-. Si nuestro presidente cree que podrá mentir a Trump sobre la oposición y los candidatos de centro de derecha, está equivocado. Puede que el norteamericano tenga empatía con él, por sus coincidencias de personalidad, pero de ahí a que le crea sus mentiras hay un abismo. Para eso tiene asesores de entera confianza. Volverá como un traidor para sus amigos y como un hombre más endeble para sus opositores. Con seguridad entregará la candidatura de Cepeda. Y recordemos que, para mayo y junio, fechas de la primera y segunda vuelta presidencial, Trump estará en plenitud de su poder.
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