La llamada que desmintió la marcha

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La llamada que desmintió la marcha

Carolina Restrepo Cañavera*                                                                                                                    

“La llamada que desmintió la marcha

El gobierno colombiano convocó marchas este 7 de enero a las 4 de la tarde, en defensa de la soberanía nacional. Con banderas, pancartas y arengas, intentó posicionar la idea de que Estados Unidos y en particular Donald Trump, representaban una amenaza inaceptable a la independencia del país. La narrativa fue clara: Colombia no se arrodilla. Colombia se defiende.

Y, sin embargo, menos de tres horas después, a las 6:53 pm, el propio Trump publicó en su red Truth Social que había recibido una llamada de Gustavo Petro para explicarle la situación de las drogas y otros desacuerdos. Que agradecía el tono de la conversación. Que se estaban haciendo arreglos para una reunión en la Casa Blanca, coordinada entre Marco Rubio y la canciller colombiana.

Ese mensaje desmoronó la puesta en escena de la tarde. No porque Trump haya sido agresivo, fue diplomático, sino porque reveló lo que realmente había ocurrido: el presidente de Colombia llamó a su contradictor, no para defender la soberanía, sino para explicarse. Para calmarlo. Para pedir encuentro. Para contener los daños.

Mientras los ciudadanos marchaban bajo la idea de que Colombia no se arrodilla, el jefe de Estado ya estaba al teléfono con Trump, en tono mesurado, gestionando una cita en Washington.

De la plaza a la línea diplomática

Si la marcha era un acto de dignidad nacional, ¿por qué apenas tres horas después se produce una llamada directa buscando un canal de entendimiento?

La respuesta es simple: nunca hubo soberanía en riesgo. La marcha fue una puesta en escena. Un gesto simbólico para cubrir con épica una evidente debilidad política. Una forma de agitar emociones para evitar hablar de lo esencial: un gobierno sin ejecución, sin resultados y sin estrategia internacional coherente.

Lo más grave es que no fue solo una sobreactuación emocional. Fue un intento de usar el sentimiento patriótico como escudo para una administración que ya no controla el debate público. Mientras la plaza gritaba, la diplomacia retrocedía.

Trump: el pragmático que no se inmuta

En su publicación, Trump no rectifica, no se disculpa, no cede.

Recibe la llamada. Agradece el tono. Y deja claro que los términos del encuentro los pone él: en Washington, con su equipo, en su espacio político. No hay concesión. Hay jerarquía.

Petro no aparece como defensor de una soberanía herida, sino como un mandatario que busca recomponer relaciones tras una semana de torpeza geopolítica. La narrativa de dignidad se derrumba sola cuando se revela que el líder que la impulsa está, en paralelo, intentando suavizar tensiones en privado.

El verdadero abuso no fue externo

Durante días, se agitó la idea de que una potencia extranjera interfería en asuntos internos. Pero el verdadero uso abusivo del lenguaje fue interno: el gobierno convirtió la palabra “soberanía” en una excusa para movilizar emocionalmente al país, mientras negociaba por teléfono con su contradictor.

Eso no es defensa nacional. Es cálculo. Es cinismo narrativo.

Y lo peor: deja a Colombia como telón de fondo de una estrategia mal ejecutada, en la que se pretendía mostrar firmeza hacia afuera y sumisión hacia adentro… pero terminó ocurriendo exactamente al revés.

¿Y ahora?

Ahora, tras la publicación de Trump, el gobierno guarda silencio. Porque no hay forma de sostener la ficción.

La misma tarde en que marchaban por la soberanía, Petro estaba explicándose al otro lado de la línea.

Queda claro que la llamada no fue un gesto de dignidad. Fue la confirmación de que la marcha no fue por Colombia. Fue por cálculo. Y fracasó.” (Enero 7)

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“La soberanía no se grita, se respeta

(Cuando el poder abusa del lenguaje para blindarse a sí mismo)

El viejo truco de gritar “soberanía”

Este 7 de enero, el gobierno de Gustavo Petro busca movilizar al país con un discurso grandilocuente: defender la soberanía. Un concepto noble, sin duda. Pero como suele ocurrir con este gobierno, lo que se presenta como virtud termina siendo una coartada.

No se trata de proteger la soberanía frente a una amenaza real. Se trata de instrumentalizarla políticamente para victimizar al poder y movilizar a las masas en defensa de un gobierno cada vez más cuestionado, más aislado y más incapaz.

Del derecho a la manipulación

Jean Bodin acuñó el término “soberanía” en el siglo XVI para referirse al poder absoluto y perpetuo del Estado. La Revolución Francesa lo desplazó del monarca al pueblo. Y la democracia moderna lo moderó aún más, con límites constitucionales y garantías individuales. En Colombia, el artículo 3 de la Constitución es claro: la soberanía reside exclusivamente en el pueblo, del cual emana el poder público.

Pero Petro no habla desde la teoría jurídica. Habla desde la narrativa populista: usa el concepto de soberanía como escudo y como látigo, como justificación simbólica para hacer lo que no puede justificar jurídicamente.

Lo que el gobierno pretende

Al convocar marchas “en defensa de la soberanía”, el gobierno busca tres cosas:

1. Fabricar un enemigo externo (Estados Unidos, Trump, el imperialismo, el FMI… el que sirva).

2. Blindarse ante las críticas internas, disfrazándolas de conspiración extranjera.

3. Reactivar su base política, que ha perdido fe en las reformas incumplidas pero puede movilizarse emocionalmente con el viejo relato de “la patria en peligro”.

Es la misma estrategia de Maduro, Ortega y Evo Morales: convertir la soberanía en un arma de plaza pública. No como límite al poder, sino como excusa para expandirlo.

La gran paradoja

Habla de soberanía un gobierno que:

•Entrega la política energética a ONGs extranjeras.

•Imita modelos cubanos y venezolanos que desmantelaron sus repúblicas.

•Usa organismos multilaterales cuando le conviene y los ataca cuando lo fiscalizan.

¿Soberanía? Este gobierno no la defiende. La manipula. La grita. La vacía.

Y lo más grave: la usa para blindarse frente a los límites republicanos, como si invocar al “pueblo soberano” bastara para justificar cualquier extralimitación.

La soberanía real

La soberanía verdadera no es la que grita el poder. Es la que protege al ciudadano del poder, la que garantiza que el Estado no se devore al país que dice representar.

La soberanía no se defiende en tarima. Se respeta en las instituciones.

Y cuando un gobierno la usa como disfraz, lo que está diciendo, sin decirlo, es que no le alcanza la legalidad para sostenerse. Le toca apelar al mito.

Eso, precisamente eso, son las marchas de hoy: una puesta en escena para blindar al gobierno detrás de una palabra que ya no representa su esencia, sino su coartada. No es soberanía. Es teatro. Es una administración que perdió el rumbo, que no gobierna ni ejecuta, y que necesita disfrazarse de causa popular para evitar rendir cuentas.

El país merece instituciones que funcionen, no multitudes que aplaudan. Y merece soberanía real: la que se ejerce con ley, con límites y con respeto al ciudadano. No esta caricatura autorreferencial que usa la calle como escudo y al pueblo como decorado.” (Enero 7)

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* Publicados en su cuenta de X (@carorestrepocan).

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