La opereta

La opereta

María Clara Posada                                                                                                      

Hay imágenes que revelan todo. Ver a un gremio de empresarios reunidos con Iván Cepeda en un club social, sonriendo y compartiendo ideas con el supuesto “hombre pacífico, entrañable y dialogante”, es una de ellas. No porque la cordialidad sea un pecado, sino porque esa foto pertenece al género de la opereta política: El intento deliberado de suavizar a un doctrinario

cuya trayectoria ha estado anclada en una visión ideológica que, históricamente, ha despreciado todo lo que esos mismos empresarios representan.

La escena me llevó de inmediato a la gran enseñanza del siglo XX. El desencanto tardío de quienes, desde las élites económicas y culturales, coquetearon con ideas que solo muchos millones de muertos después, comprendieron que eran enemigas de su propia existencia. Les tomó demasiado tiempo entender que para el pensamiento comunista clásico el empresario no es aliado potencial, ni siquiera interlocutor válido, sino símbolo del explotador codicioso y despiadado. Y que, en ese mismo relato, los comunistas aparecen como redentores que liberarán a la sociedad de esas “sanguijuelas”.

Para llegar al poder, las revoluciones ideológicas han sabido combinar todas las formas de lucha: La violencia explícita, pero también la máscara del hombre moderado cuando están ad portas del poder. Es un libreto viejo que sigue funcionando porque la historia empezó a reescribirse.

Basta recordar a los empresarios -padres y abuelos de los que hoy posan en foros con Cepeda- que viajaban al Caguán a brindar con “Tirofijo”, convencidos de que ese gesto simbólico abría lazos de confianza. Años después, sus familiares fueron secuestrados por los mismos guerrilleros que ellos creían haber seducido con un whisky. La razón es que el mecanismo moral del comunismo no reconoce vínculos personales cuando se trata de su proyecto histórico.

Solzhenitsyn lo denunció con claridad luminosa. El comunismo justifica cualquier crimen en nombre del futuro. Orwell lo explicó con la misma precisión: La manipulación del lenguaje, el control informativo y la ingeniería emocional no son accidentes, sino métodos para conquistar el poder. Kołakowski mostró que el comunismo comienza con una promesa moral, pero termina convertido en opresión, porque su estructura doctrinaria desprecia la libertad individual. Václav Havel reveló cómo a través de la mentira organizada, de la obediencia vacía y de la complicidad estructural; se instala en la vida cotidiana. Miłosz relató cómo captura a las élites seduciendo su vanidad intelectual. Y Besançon lo sintetizó magistralmente: El comunismo no engaña por accidente, sino por vocación. Su fuerza radica en la estética de la revolución, que oculta su esencia destructiva con gestos dulces y escenas coreografiadas. Justo como el performance de Cepeda cercano a empresarios que parecen haber olvidado demasiado.

Pero si tuviera que recomendar una sola lectura para comprender lo que hoy presenciamos, sería “Cómo terminan las democracias” de Revel. Pocas obras muestran con tanta nitidez cómo el comunismo aprende a moverse dentro de las instituciones democráticas para debilitarlas desde adentro, apoyándose en la credulidad de empresarios y élites convencidas de que el halago los blinda frente al proyecto doctrinario que avanza silencioso, detrás de la sonrisa cortés. Revel expuso magistralmente ese tránsito de la amabilidad estratégica al control; del abrazo conciliador al desmantelamiento de las libertades; del tono pacífico al silenciamiento del disidente. No es un proceso abrupto sino, como en el aluvión, un accionar lento cuya eficacia depende, precisamente, de que pocos lo perciban.

Por eso el evento del club y el hecho de que muchos digan que “es solo un gesto democrático”, no es trivial. Es una advertencia. Una postal de la vieja ingenuidad burguesa que el siglo XX castigó inmisericorde y que, incomprensiblemente, amenaza con repetirse. No es satanizar la “conversación”, sino entender lo que representa, que no es otra cosa que la ilusión de que el abrazo de un doctrinario equivale a tregua ideológica.

Si olvidamos esas lecciones, volveremos a tropezar con la misma opereta de siempre, con actores que conocen bien su libreto y espectadores dispuestos a creer que esta vez será distinto. La democracia no se derrumba de un golpe. Se erosiona en encuentros aparentemente inocuos donde la cordialidad sirve de legitimador del daño, porque los sistemas de libertad no mueren entre estridencias. Mueren entre aplausos ingenuos y cómplices.

10 de Diciembre de 2025

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