Venezuela no está regresando: está apareciendo de nuevo

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Venezuela no está regresando: está apareciendo de nuevo

Elizabeth Sánchez Vegas                                                                                                  

“Como Lázaro saliendo del sepulcro, como Jerusalén reconstruida tras el exilio, como Troya cantada por los poetas después del incendio, no se trata de la restauración de lo que fue, sino de la irrupción de lo que siempre estuvo latiendo debajo, contenido, silenciado, empujando desde lo profundo. No es la resurrección de un país que se durmió, sino la reaparición de una nación que fue arrancada del mundo, dispersada, humillada y, sin embargo, jamás vencida. Y eso, ese temblor que muchos sienten en el pecho sin saber aún cómo nombrarlo, es precisamente lo que anuncia que lo impensable ya comenzó.

Porque esta mezcla de escepticismo, de esperanza súbita, de miedo a volver a creer, de desconfianza que se pelea con el anhelo, no es un error, ni una trampa, ni una casualidad emocional: es la antesala. El desconcierto es siempre el lenguaje inicial de lo imposible haciéndose real. Esto no es solo una transición política ni una victoria electoral: es un fenómeno espiritual, cultural, histórico. Es la activación de una matriz profunda, largamente silenciada, que ahora pulsa con la fuerza telúrica de quienes sobrevivieron al abismo y no olvidaron quiénes eran.

Desde la selva hasta los llanos, desde los tepuyes que aún murmuran mitos precolombinos hasta las costas donde llegaron carabelas, cimarrones y naufragios, se ha tejido una historia intensa, híbrida, profética. Una mezcla irrepetible de pueblos originarios como los pemones o los wayúu, de africanos arrancados de sus tierras que aprendieron a resistir con tambor, de españoles que trajeron cruz, espada y contradicciones, de criollos que aprendieron a sobrevivir entre todos esos mundos, entre rezos y rebeliones. Fue tierra de caña, de cacao, de oro, de petróleo y de promesas rotas. Pero también fue cuna de repúblicas imaginadas por Bolívar, de universidades coloniales donde comenzó a gestarse un pensamiento criollo y desafiante, de mujeres y hombres que escribieron, cantaron, fundaron, sembraron, cuidaron y resistieron.

Y si fuimos saqueados, no fuimos vaciados. Fuimos dispersados, sí, pero llevamos dentro los códigos de una nación que se fundió con el mapa del continente. Ese pulso no desapareció: se refugió en las gaitas que suenan fuera de temporada, en las banderas de siete estrellas ondeadas con lágrimas, en las arepas hechas con nostalgia en apartamentos ajenos. Es como si algo, antiguo y nuevo a la vez, hubiera empezado a girar otra vez, como si se hubiese encendido un motor espiritual que no habíamos escuchado en décadas.

Todos estamos siendo llamados. Algunos ya lo oyeron, con la nitidez de una trompeta antigua que no admite confusión ni demora; otros apenas empiezan a sentirlo en los huesos, como un temblor sordo que crece con cada paso, como un susurro que se convierte en clamor, pero todos, sin excepción, tendrán que responder, porque este llamado no es de un hombre ni de una época: es de la historia entera, que vuelve a abrirnos una puerta con una sola pregunta entre líneas: ¿serás tú de los que reconstruyen?

Como los obreros del templo de Salomón que alzaron piedra sobre piedra guiados por un sueño común y una fe invisible pero firme; como los habitantes de Varsovia que, tras la devastación, reconstruyeron su ciudad con las manos, los planos rescatados de la memoria y una terquedad que no se doblega; como los sobrevivientes de Hiroshima que, en vez de rendirse al espanto, sembraron cerezos para que la belleza volviera a florecer entre las ruinas; así nosotros, venezolanos del siglo XXI, estamos siendo llamados a construir algo más grande que una estructura: una vida digna, una república decente, una democracia verdadera que no se degrade en simulacros ni se prostituya ante el poder.

Lo que está pasando no es solo político: es tectónico. Estamos siendo llamados a construir, a sanar, a recordar sin odio y a avanzar sin miedo; a sacar del subsuelo lo mejor de nosotros mismos, a dejar de huir y empezar a sembrar. Y si algo arde todavía, que arda para iluminar, no para consumir.

Y aunque este esfuerzo no tiene rostro único, ni uniforme, ni padrón partidista, hay nombres que ya quedaron inscritos en el mármol del momento. Edmundo González Urrutia, con su compostura serena, le devolvió al país el derecho a mirarse al espejo sin bajar la mirada. María Corina Machado, con su voz indoblegable, no cedió ni en la penumbra ni en el temor, y nos recuerda cada día que la libertad no se negocia: se conquista, sin cuotas ni postergaciones.

No estamos ante símbolos de papel ni consignas efímeras. Son seres humanos reales, de carne, historia y determinación, que se han puesto al frente de una generación decidida a clausurar la noche más larga de nuestra historia. Y no están solos. Detrás de ellos, millones. Frente a ellos, una nación que se despereza, se sacude el polvo y empieza a caminar otra vez.

No hay profecía más grande que esta: la Tierra de Gracia se levanta por derecho ancestral. Por herencia cultural. Por dignidad redescubierta. Por una esperanza que ni el hambre, ni los látigos, ni los exilios, ni los muros, ni los demonios del poder han podido apagar.

Y por eso tiemblan los que alguna vez creyeron que Venezuela estaba acabada. Porque no es que regresa: es que emerge, irreconocible y poderosa. Y lo hace con todos sus hijos, los que resistieron adentro, los que se marcharon, los que aún dudan, como piezas vivas de una sinfonía que vuelve a sonar.

Este no es el final. Es el principio del retorno.” (Noviembre 17)

* Publicado en su cuenta de X (@elhabito).

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