
Carolina Restrepo Cañavera*
“El espejismo de la bonanza
Cuando un gobierno no tiene resultados que mostrar, recurre a inflar espejismos. Eso hace el texto “La mezquindad de los opulentos”: presenta como milagro económico lo que apenas refleja un Estado que no sabe gastar, un Banco Central tratado como caja menor y una economía que resiste gracias al sector privado y a las remesas de quienes se fueron.
El COLCAP no es el país. Que el índice haya subido no prueba éxito del gobierno, sino rebote de un mercado deprimido tras incertidumbre política y fuga de capitales. La valorización bursátil es ajuste de expectativas, no prosperidad social. No hay nuevas empresas listadas ni emisiones significativas; lo que crece es la apuesta de quienes, a pesar del ruido oficial, aún confían en que Colombia no se desplome.
Tampoco las utilidades son pecado. Las mil empresas que ganaron 101 billones pagan impuestos, sostienen nóminas, asumen riesgos y cumplen regulaciones crecientes. Convertir sus resultados en reproche moral es pobrecismo disfrazado de análisis. El Estado no crea riqueza, la grava. Demonizar al que produce mientras se le exprime fiscalmente es incoherente. Si algo mantiene vivo al país es precisamente el tejido empresarial que no depende del presupuesto nacional.
Las remesas no son logro de Petro. Son el testimonio del éxodo: colombianos que se fueron porque aquí no ven horizonte. Ese dinero sostiene familias que el Estado no supo proteger. Llamar “bonanza” a la plata enviada por quienes se marcharon es una crueldad retórica.
El desempleo algo baja, sí, pero el empleo formal se estanca y la informalidad sigue siendo refugio masivo. Los incrementos del salario mínimo por encima de la productividad golpean a las pequeñas empresas. Las estadísticas celebran, pero el rebusque paga la cuenta.
La culpa es del Congreso y las Cortes por no aprobar más impuestos. Omiten lo esencial: este gobierno no ejecuta lo que ya tiene. La inversión pública se frena por improvisación, parálisis decisoria y uso político del discurso. No falta plata, falta gestión. Pretender nuevas reformas fiscales sin capacidad de ejecución es exigir más sacrificios a la economía real para financiar ineficiencia.
También necesitan un enemigo externo. Ahí aparece Donald Trump como villano perfecto. Se le atribuyen arbitrariedades y se sugieren agresiones sin sustento. Es narrativa, no evidencia. La victimización internacional sirve para cohesionar a la hinchada propia, no para explicar desaceleración, inseguridad o pérdida de confianza.
La oposición, presentada como mezquina, cumple una función republicana elemental: negarse a firmar cheques en blanco. Frenar endeudamiento sin plan serio no es sabotaje, es responsabilidad. Llamar “golpe” a todo control institucional revela una peligrosa incomprensión del equilibrio de poderes.
Rematan con encuestas y aplausos internacionales como si fueran indicadores macroeconómicos. No lo son. La popularidad es volátil; la solvencia, no. Un país serio mide resultados en inversión, empleo, seguridad jurídica y confianza, no en plazas llenas.
No hay porvenir de inclusión cuando se espanta la inversión, se castiga al que produce y se administra mal lo recaudado. Tampoco hay justicia social cuando los pobres son excusa y no prioridad. El progreso no se construye con consignas ni con culpables imaginarios, sino con un Estado que ejecute, rinda cuentas y respete a quienes generan riqueza.
Mezquindad no es que existan utilidades; mezquindad es mentirle al país usando cifras sin contexto para tapar la incompetencia. Por eso hay que decirlo sin maquillaje: la economía colombiana no mejora gracias al experimento ideológico en curso, sino a pesar de él; gracias a quienes siguen emprendiendo, pagando nómina y creyendo en Colombia incluso cuando el propio gobierno los trata como sospechosos. Defenderlos no es defender privilegios: es defender la base misma de la República.” (Noviembre 10)
* Publicado en su cuenta de X (@carorestrepocan).
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